2.957 – El enfermo

Sastre  No comprendo este nuevo síntoma de mi enfermedad. He perdido por completo la vista y tengo la asfixiante sensación de estar encerrado.
No sé cuántas horas (o días) habré estado sin sentido.
Lo último que recuerdo es el brillo de una lamparilla y un rumor de sollozos en el cuarto.
Ahora quisiera decir a todos que he vuelto en mí; pero he perdido, aparte del habla, también todo movimiento salvo el del brazo derecho, que, al moverme, tropieza con algo que debe de ser la pared de la habitación pero que, por causa de la perturbación de la sensibilidad que sufro, a mí me parece como una tabla. También experimento extrañas sensaciones, como un perfume de flores que parece ascender desde mis pies. Son penosos fenómenos que, evidentemente, confirman la extremada gravedad de mi estado.

Alfonso Sastre
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

2.950 – El viaducto

alberto_escudero  -Haga usted el favor de no empujarme más.
-Ni a mí de pisarme. Ya es la segunda vez. Le voy a decir yo a usted una cosa: si tiene tanta prisa, ¿por qué no se lo ha hecho en casa?
-Eso digo yo. ¿No tiene usted una buena cuerda? O si no con pastillas de ésas, como los artistas.
-A ver si por una vez hacemos una cola como Dios manda, que va a ser la última que hagamos.
-Eso mismo creía yo, y ya es la tercera vez que tengo que venir.
-¿Pues qué le faltaba a usted?
-La primera vez el certificado médico, y la segunda la fe de vida.
-Pues estamos aviados. Yo no los traigo.
-Ni yo. ¿Para qué querrán esos papeles?
-Hombre, yo lo veo bien, porque si te vas a morir de una enfermedad, ¿para qué te vas a andar tirando? -Bueno, eso todavía; pero la fe de vida, ya me dirá usted.
-Eso mismo fue lo que yo les dije, pero me contestaron que no había nada que hacer, que había habido casos de personas que, al irles a hacer el certificado de defunción, ya estaban muertas.
-Pero esto es el colmo; son incapaces de llevar el censo
como Dios manda y encima nos echan la culpa a nosotros. -Sería que en vez de venir a matarse venían a rematarse.
-Qué gracioso es usted. No sé qué puede hacer alguien
tan ingenioso en un sitio como éste. Ya vé.
-No hace ni diez años que venía la gente dándose un paseo desde la parada del metro de ópera, y cogían y se tiraban y Santas Pascuas.
-Le voy a decir yo a usted una cosa: la burocracia; eso es lo que nos está matando.
-A mí, no. Yo me muero de otra cosa.
-… Y de qué, si puede saberse.
-De ganas de saltar el pretil y perderles de vista.
-Ya le dije que es usted muy gracioso.
-Sí, ya me dijo.

Alberto Escudero
https://albertescudero.wordpress.com/
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

2.943 – El proyecto

angel olgoso 2  El niño se inclinó sobre su proyecto escolar, una pequeña bola de arcilla que había modelado cuidadosamente. Encerrado en su habitación durante días, la sometió al calor, rodeándola de móviles luminarias, le aplicó descargas eléctricas, separó la materia sólida de la líquida, hizo llover sobre ella esporas sementíferas y la envolvió en una gasa verdemar de humedad. El niño, con orgullo de artífice, contempló a un mismo tiempo la perfección del conjunto y la armonía de cada uno de sus pormenores, las innumerables especies, los distintos frutos, la frescura de las frondas y la tibieza de los manglares, el oro y el viento, los corales y los truenos, los efímeros juegos de luz y sombra, la conjunción de sonidos, colores y aromas que aleteaban sobre la superficie de la bola de arcilla. Contra toda lógica, procesos azarosos comenzaron por escindir átomos imprevistos y el hálito de la vida, desbocado, se extendió desmesuradamente. Primero fue un prurito irregular, luego una llaga, después un manchón denso y repulsivo sobre los carpelos de tierra. El hormigueo de seres vivientes bullía como el torrente sanguíneo de un embrión, hedía como la secreción de una pústula que nadie consigue cerrar. Se multiplicaron la confusión y el ruido, y diminutas columnas de humo se elevaban desde su corteza. Todo era demasiado prolijo y sin sentido. Al niño le había llevado seis días crear aquel mundo y ahora, una vez más en este curso, se exponía al descrédito ante su Maestro y sus Compañeros. Y vio que esto no era bueno. Decidió entonces aplastarlo entre las manos, haciéndolo desaparecer con manifiesto desprecio en el vacío del cosmos: descansaría el séptimo día y comenzaría de nuevo.

Angel Olgoso
Relatos para leer en el autobus. Ed. Cuadernos del Vigia. 2006

2.936 – Cualquiera podría haberlo hecho

fernando ainsa  Esta es la historia de cuatro personajes llamados Todos, Alguno, Cualquiera y Nadie que trabajaban en una Burocracia Ministerial. Había una tarea administrativa importante a realizar. Todos estaban seguros de que Alguien lo haría. Cualquiera podría haberlo hecho, pero Nadie lo hizo. Alguien se indignó porque era el trabajo de Todos, pero Nadie se dio cuenta de que no lo haría Cualquiera. Al final Todos protestaron a Alguno cuando Nadie hizo lo que Cualquiera podría haber hecho.

Fernando Aínsa
Ciempiés. Los microrelatos de quimera. Ed. Montesinos

2.929 – El sicario

raul brasca  Con inflexible rigor, su padre lo había echado de la casa cuando aún era un muchacho. Sin embargo ahora, pasados veinte años, quiso que volviera y mandó que le adelantaran dinero a cambio de un borroso servicio por cumplir.
Él volvió. Era temido y tenía fama de ser tan estricto con su palabra como inexorable en el trabajo. La noche convenida le señalaron a su víctima. Silencioso, se le acercó por atrás y amartilló el arma. El padre se dio vuelta. Sin el menor signo de turbación, los dos hombres se sostuvieron la mirada. Perdió el sicario: bajó los ojos y puso el revólver en la mano que el padre le extendía.
-Gasté el dinero -dijo-. Pero nunca he robado ni faltado a mi palabra.
-Y no va a ser por mí que lo hagas -dijo el padre y, tan inflexible como hacía veinte años, se llevó el revólver a la sien y disparó.

Raúl Brasca
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005

2.922 – El tiovivo

Ana_MariaMatute  El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro al blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía:
«Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Sólo da vueltas y vueltas, y no lleva a ninguna parte». Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro, que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos por entre la gente, como él no vio nunca. Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. «Qué hermoso es no ir a ninguna parte», pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo.

Ana María Matute
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

2.915 – Con la mayor cordialidad

Carmen_simon  P.S.  El geranio prendió.  Sus flores son blancas; el próximo verano las volveré a ver.  O no.  Eduviges la de la esquina ya no me fía, pero el Flaco aún invita los tragos; eso sí, cuando se le da la gana.  Supe por Laura que estás bien.  Tu vestido azul, como mandado a hacer.  Me hiere.  Ya ni modo.  ¿Qué te mueras?  No.  ¿Para qué?  De todos modos así será.

Carmen Simón

2.908 – Ser estatua

rafael perez estrada  Amó con pasión desmedida a una estatua. Fue un juego de caricias y deseos. Para hacerse igual a ella, permanecía silencioso y quieto, esperando de este modo entenderse mejor con aquella figura apasionante. Si al menos -pensaba- las palomas retuvieran el vuelo sobre mi cabeza, o la yedra se enredara a mis pies, o un loco estudiante dibujara grafitos demagógicos en mi espalda, o un niño brutal me destrozase de un pelotazo la nariz, sabría que estoy en el buen camino de ser estatua, de ser correspondido.

Rafael Pérez Estrada
Después de troya.(Edición de Antonio Serrano Cueto). Menoscuarto Ediciones. 2015

2.901 – Compañero de cuarto

Queta Navagomez  Venía todas las noches a las once, entraba fatigado y transparente seguido de gemidos y cadenas, para colocarse en una esquina de mi cuarto mientras miraba fijo hacia mi cama. Su insistencia me conmovió: venciendo mi temor, me acerqué, lo tomé del brazo y con gesto diligente lo acosté en mi cama, cobijándolo.
Durante el mes que durmió a sus anchas mejoró muchísimo, mientras yo, resignada, pasaba fríos en el sofá.
Desde que le hablé del pago compartido en la renta del departamento, no lo he vuelto a ver.

Queta Navagómez

2.894 – Infidelidad a la luz de la teoría de la relatividad

Rene Aviles Fabila 2  Fue descubierto en plena infidelidad por su esposa (¡Y en mi propia casa, canalla!), pero no se preocupó mayor cosa: simplemente —recordando al viejo Einstein— avanzó a tal velocidad, a la de la luz, que regresó al punto anterior a la vista de su amante. Sin embargo, tuvo la sensación de que no había hecho el amor: comenzó a acariciar a la hermosa mujer y el pasado se reprodujo. Una vez que se amaron la esposa apareció en la recámara. De nuevo no tuvo más salida que moverse rápidamente y reinició el adulterio. Otra vez quiso evitar el terrible encuentro y fue imposible. Así quedó atrapado (condenado) dentro de un incómodo e infinito círculo vicioso. Todo por no aceptar la escenita de los celos.

René Avilés Fabila