3.097 – Magia de los espejos

ana maria shua 7  A los cuarenta y cinco años Moisés Cufari compró un tour a Israel y Grecia para él y su señora. El mercado de Jerusalén les pareció sucio y asombroso. Bebieron jugo de zanahoria, compraron un albornoz y un espejo. Si este espejo se mira de frente —les dijo el vendedor, en buen inglés— se ve lo que más se ama. Mirarlo de costado es peligroso.
En el hotel no funcionaba el aire acondicionado. Cufari miró el espejo de frente y vio su propia cara. Lo miró de costado y no sucedió nada. Entonces tuvo la certeza de que la magia no existe y le dolió el corazón y su decepción fue tan grande que no pudo sobrevivir a ella.
La mujer y el vendedor, unos días más tarde, se reían juntos en Corfú. Tenías razón, dijo él: era más crédulo de lo que yo calculaba. Y miraban el espejo de costado, como quien no tiene ilusiones. Sin embargo, al fin también murieron, como nos pasa a todos.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

3.090 – The canary murder case II

Julio Cortazar3  Es terrible, mi tía me invita a su cumpleaños, yo le compro un canario de regalo, llego y no hay nadie, mi almanaque de be estar defectuoso, al volver el canario canta a chorros en el tranvía, los pasajeros entran en amok, le saco boleto al animal para que lo respeten, al bajarme le doy con la jaula en la cabeza a una señora que se vuelve toda dientes, llego a casa bañado en alpiste, mi mujer se ha ido con un escribano, caigo rígido en el zaguán y aplasto al canario, los vecinos claman por la ambulancia y se lo llevan en una tablita, me quedo toda la noche tirado en el zaguán comiéndome el alpiste y oyendo el teléfono en la sala, debe ser mi tía que llama y llama para que no vaya a olvidarme de su cumpleaños, ella siempre cuenta con mi regalo, pobre tía.

Julio Cortázar
Último round

3.083 – Narrador

cesar_gavela  El novelista humilde Antonio Selmo subió la persiana, se sentó frente a la máquina de escribir, encendió un cigarrillo y miró por la ventana la plaza del comandante Toral, con su trajín de la gasolinera, las flores del parterre, la fuente bajo las acacias y una mujer que se perdía al fondo por la esquina de la calle del teólogo Peláez.
Muy poco después, todavía sin ponerse a escribir, Antonio Selmo notó que sobre su cuerpo descendía un gran pájaro transparente, como una gota gigantesca de lluvia que fue atravesando su mente y su vida hasta convertirlo en un hombre lejano y tenso, arrojado a las aguas del estupor.
Como algunas otras veces le había sucedido, Antonio Selmo creyó que se encontraba en los albores de un gran momento de creatividad que se traduciría en unas cuantas páginas felices, mecanografiadas con gran rapidez, en las que construiría un personaje, un diálogo, un capítulo o un tono.
Nunca hubiera podido imaginar que se estaba muriendo.

César Gavela
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

3.076 – Inestabilidad

jj millas2  Nos encontrábamos ya cerca de mi casa, cuando el taxista fue avisado por un colega de que había en nuestro camino un control de alcoholemia. Como resultara imposible dar la vuelta o escapar por una calle lateral, el conductor me confesó que llevaba dos copas, pues había comido con unos amigos de la infancia a los que hacía años que no veía. «¿Y qué quiere que le haga?», pregunté. «Que se ponga al volante —respondió—, como si usted fuera el taxista y yo el pasajero.» Me pareció una propuesta absurda a la que respondí con una sonrisa de desconcierto. Mientras sonreía, vi en sus ojos, a través del espejo retrovisor, un movimiento de pánico que produjo también en mí alguna inquietud. En cuestión de segundos me puso al corriente de su situación, responsabilizándome del drama familiar que se le vendría encima si le retiraban la licencia. Aunque intenté defenderme, lo cierto es que al cabo de un momento, dada mi debilidad de carácter, estaba al volante del taxi, con el conductor detrás.
Alcanzado el control, un guardia hizo señas de que nos echáramos a un lado. Luego se acercó, me informó acerca de sus propósitos y me pidió que soplara, lo que hice con miedo, pues aunque no había bebido creo que el organismo puede, en situaciones de estrés, producir todas las sustancias existentes. Por fortuna, estaba limpio y me dejaron seguir. Como no era cuestión de detenerse a unos metros del control para realizar el cambio, y dado que mi domicilio se encontraba muy cerca, continué conduciendo hasta el portal, donde el taxista, tras mirar el contador, sacó un billete, me lo dio, abrió la puerta, salió del coche y se metió en mi casa, todo con una rapidez tal que no fui capaz de reaccionar. Además, apareció enseguida otro cliente que me pidió que lo llevara a toda mecha al aeropuerto. Qué inestable es la realidad, pensé arrancando.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.069 – Telerrealidad

ajo_diz  Flérida es una castellana oronda, de ojos verde encina y piel cuarteada como la Tierra de Campos en agosto. Dos veces por semana, con los ojos suplicantes y voz cantarina, sacude en mi despacho las historias de cómo su marido perdió la pierna izquierda por la gangrena, de cómo ahora está algo mejor de la depresión, de que, ¡pobre!, ahora le van a cortar los dedos del pie derecho —otra vez la gangrena—, de cómo la rusa —que vino con su hijo y el bebé en la navidad de z000—empeora de la enfermedad de Krohn y una vez por semana la hospitalizan para darle no sé qué tratamiento. Esa rusa de manos suaves de princesa del Volga que no ha pegado palo al agua en su vida, blanca como la nieve de los Urales, ojos azules que tiritan y andar caliente.
Mientras pasea la fregona por el terrazo parduzco y esparce el polvo de carpetas y archivadores, desgrana con voz quejica cómo aquella noche navideña su hijo agarró la escopeta de caza y, de varios tiros certeros, casi liquida al dueño y una de las chicas del puticlub La Pasión en Las Veguillas; de cómo lleva más de cuatro años en la cárcel y le quedan tres; de cómo se volvería loco si no es por la rusa. Flérida acomoda el polvo sembrado con el impulso certero del plumero; la escucho absorta, con toses contenidas, buscando sobredosis de compasión entre legajos y papeles impacientes.

Ajo Diz
Futuro imperfecto.Clara Obligado Ed. lit.- 2012

3.062 – El vigilante

felipe_benitez_reyes  Que griten. Yo, como si fuese sordo. Que arañen sus elegantes forros de seda. A mí solo me pagan para que vigile esto, no para que cuide de ellos ni para que me quiten el sueño con sus gritos. ¿Que bebo demasiado? No sé qué harían ustedes en mi lugar. Aquí las noches son muy largas… Digo yo que deberían tener más cuidado de ellos, no traerlos aquí para que luego estén todo el tiempo gritando, como lobos, créanme. Ahora bien, que griten. Yo, como si fuese sordo. Pero si a alguno se le ocurre aparecer por aquí, lo desbarato y lo mando al infierno de una vez, para que le grite al demonio. Porque a mí que me dejen. Toda la noche, como les digo. Y tengo que beber para coger el sueño. Si no, ya me dirán. Si ellos están sufriendo, si están desesperados, que se aguanten un poco, ¿no? Nadie es feliz. Además, lo que les decía: tengan ustedes más cuidado. Porque luego me caen a mí, y ustedes no me pagan para eso, sino para cuidar los jardines y para ahuyentar a los gamberros, ¿no? ¿Qué culpa tengo yo de que los entierren vivos? Y, claro, ellos gritan.

Felipe Benítez Reyes
Mar de pirañas- Ed.Menoscuarto – 2012

3.055 – Los enemigos

Ruben Abella  La enemistad entre Landelino Ortega y Pepe Villa echó a andar una lluviosa tarde de primavera, cuando el segundo quiso comprar un paraguas y el primero, con la excusa de que era la hora de cerrar, se negó a vendérselo. Pepe Villa no tardó en resarcirse del desplante, aparcando su coche en la plaza que, por tradición vecinal, Landelino Ortega tenía reservada frente a la mercería.
Había estallado la guerra.
Al principio no fueron más que desaires de vecinos mal avenidos, sin víctimas ni consecuencias de peso. Pero con el tiempo la mera discordia se les fue de las manos y se convirtió en inquina. Pepe Villa compartía su ático con tres gatos mestizos que entraban y salían a través de la terraza. Un día los halló muertos entre espumarajos en la alfombra del recibidor, y no tuvo dudas sobre quién los había envenenado. En represalia, llamó a Hacienda e hizo caer sobre Landelino Ortega una inspección por sorpresa que lo dejó al borde de la ruina.
Así se colmó el vaso.
No se sabe a quién de los dos se le ocurrió la idea de batirse en duelo. Lo que sí se sabe es que una madrugada de septiembre se dieron cita en la Casa de Campo, junto al puente de la Culebra, sin testigos y armados con unas viejas pistolas Astra. Había tan poca luz que apenas podían distinguirse el uno al otro. Dispararon casi a ciegas y, sobresaltados por el eco de las descargas, se desplomaron creyéndose muertos.
Benigno los halló tumbados en la hierba, entumecidos pero ilesos.
—A ver si aprenden a arreglar sus diferencias jugando al dominó, que ya no tienen edad para hacer idioteces —les dijo, camino de la comisaría.
Desde entonces no han vuelto a atacarse.
Pero cualquiera que los conozca un poco sabe bien que esto no es la paz, sino sólo una tregua.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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3.048 – Cuestión de letras

Carolina Castro Padilla  “Juliancito está destinado a las letras desde antes de nacer”, así decía su padre al verlo jugar con los cubos de madera que lucían en sus caras letras grabadas en brillantes colores. “Cuando vaya a la escuela, sabrá ya el alfabeto”, predecía el señor mientras el niño acomodaba una a una sus letritas formando a capricho largas palabras impronunciables.
“¿Qué dice el futuro genio de la lengua?”, lo saludaba cuando Julián metido entre sus libros estudiaba en la Universidad.
“Ahora sí hijo, ¡a escribir se ha dicho!”, afirmó satisfecho al verlo regresar del extranjero con un doctorado en Letras Hispánicas.
“Mi hijo publicará muy pronto su primer libro”, comentaba el anciano a sus amigos. “Está realizando una obra que asombrará al mundo”, agregaba en voz baja para contener su entusiasmo y no revelar el proyecto que realizaba el ya doctor don Julián desde hacía varios años encerrado en su biblioteca, en donde estaba concentrado su sueño: emplear la tecnología para obtener la obra perfecta, la única, aquella que sería el compendio, o la síntesis del genio creativo en la literatura; para esto, escribía sin descanso frente a un modelo especial de computadora al que alimentaba con todo cuanto consignaba la Historia de la Literatura Universal. Hacía tiempo que había llegado a los autores contemporáneos, pero en ellos se había estancado al no poder saciar su prurito por obtener las últimas publicaciones y seleccionar aquellas que debía asimilar su aparato mágico. Esto lo hizo caer en un estado enfermizo del que vino a rescatarle el “¡Basta ya!”, enérgico y cortante, gritado por su padre para despertarlo de su sueño. Ambos se miraron y un suspiro contenido por años, puso punto final a la búsqueda de un don Julián ya envejecido, haciéndolo aceptar que había llegado el momento de ver nacer la obra maestra de su vida. El temblor en sus manos, golpeaba la ya cansada ansiedad de su padre que lo miraba hacer. Se acercó a la computadora, la preparó con minucioso cuidado a ritmo de resonancias internas que taladraban su piel. La accionó. Un prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr y sus ojos anegados de sorpresa quedaron estáticos ante el papel en el que aparece escrito:
A b c ch d e f g h i j k l ll m n ñ o p q r rr s t u v w x y z.

Carolina Castro Padilla

3.041 – Vacaciones

lola sanabria  Hace años íbamos a la playa: Virginia, la niña y yo. Nos hartábamos de sol y agua y volvíamos morenos y relajados. Cuando la niña se casó y se fue a vivir a una ciudad costera, comenzamos a pasar las vacaciones en su apartamento. El binomio suegros-yerno nos devolvía a casa más cansados. Después vino la nieta y ahora el nieto.
Escapamos de noche, sin avisar, tras diez días de infierno. Virginia se ha encerrado en su despacho. Yo en el mío. Cada uno repantingado en su sillón, con las persianas echadas, el aire acondicionado puesto y los teléfonos desconectados.

Lola Sanabria

3.034 – La guardadora de secretos

norma aleandro  Llenaba de secretos sus enormes orejas por el puro placer de recontarlos de noche y jurarse, solemnemente, con peligro de muerte, el solo pensamiento de difundirlos. Esta costumbre incentivaba en otros la costumbre antigua de contar secretos peligrosos que dejaban sin aliento al mismo diablo. Prometía olvidarlos, no sólo oírlos; pero no es verdad eso primero que acabó de decir. No podía olvidar, porque en el recuerdo de tenerlos para no decirlos consistía su secreto juego.
Un día de lluvia dejó de tender su cama a la mañana, para oír un misterioso asunto de unos amores a bordo de un crucero que navegaba con viento de través y sin sextante, y que acabó naufragando por ojo en la bajada del río Orinoco. Y de resultas de este acontecimiento, como vinieron unos a traspasar una herencia de cafetales y monedas de oro a manos no legalmente apropiadas.
Otro día de junio del año del Señor, teniendo ya dispuesta el agua de la tina, no llegó a bañarse, por atender el relato de una vieja leprosa y perfumada que narraba, silbando las vocales, como una delincuente de robos y muertes de arma blanca, con nombre falso, había jurado falsamente, sobre una falsa Biblia, un verdadero puesto de mando en el gobierno.
Y así fue abandonando lo que llamaba tonterías, como peinarse, sacarse el camisón, abrir los postigos, cocinarse y barrer el suelo, salir y ver el sol, por oír los secretos que tan celosamente sabía guardar, pero que no olvidaba.
Llegó a tener ochenta y nueve mil, y la mirada ciega de los santones, y de los simples, y de los guardadores de secretos.

Norma Aleandro
Poemas y cuentos de Atenázor (Bs As: Edit. Sudamericana, 1985) En: Brevísima Relación. Antología del microcuento hispanoamericano. Santiago: Mosquito, 1990).