El torturador lo sujetó del brazo para que las piernas no se le doblaran y el muchacho pudiera salir sobre sus propios pies del cuarto de los interrogatorios. Luego el muchacho quedó tendido en la banca de la prevención pensando en las caras de brazos remangados soltando golpe tras golpe y ahora nos dices todo lo que sabes y te vas tranquilo, y les juro que no sé nada, que yo nunca me he metido en política. Y respondía así, no porque pretendiera ocultar ningún secreto, sino sencillamente porque ésa era la verdad, de ahí que ni siquiera intentara esconderse cuando la guardia de asalto entró a la Universidad y se lo llevó junto con los otros, pese a que él dijera yo no tengo nada que ver, éstos son mis libros. Y después el dolor de la tortura como una marca para toda la vida. Y ya libre, otra vez en la Universidad, y recibiendo el abrazo de los amigos y aceptando inscribirse en el grupo más recalcitrante, pensando que una sola vez capan al gato, y si esto lo hubiera hecho antes no me habrían dado los golpes que me dieron, porque ahí sí habría tenido qué responderles cuando me interrogaban.
Mes: noviembre 2017
3.486 – Enamorado
3.485 – Colorín colorado
3.484 – El pelado
Por fin ha nacido la criatura. Ese ser de menos de tres kilos la tiraniza. No comprende su afán de fruncir la cara morada para destaparse la nariz. La maneja con el llanto, el sueño cambiado y los cólicos intestinales. El odio y el miedo, sus dos grandes compañeros, la invaden, la marean. Creía que, expulsándolo, mermarían la angustia y el peso entre las piernas. Cambió por el ardor del tajo recosido, los entuertos y la casi muerte, con las piernas colgadas como cristos. Y ahora él, ahí, para siempre, metido en su intimidad y a su merced. Demasiado. Los dos, atados al mundo por casualidad y expulsados por el ogro del palacio. Solos de toda soledad. Con ese desamor cuando se miran. Le pasa un dedo por el cráneo lampiño, aún abierto.
Cristina Elda Nieto
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010
3.483 – La solidaridad está de moda
Aunque trabajan a pocos metros nunca han cruzado palabra. Un mundo las separa. Pilar, dueña de una boutique, siempre viste de marca y cualquiera de sus complementos conlleva un nombre con muchos ceros. En el caso de María, hablar de trabajo parece ofensivo. Ataviada con vestido azul, pañuelo rojo, y deportivas, mendiga ayuda.
Desde que el lunes Pilar reparó en María vive mortificada. Ayer, intentando calmar su conciencia se acercó, le entregó una bolsa y, sin intercambiar palabra, se marchó. Hoy cada vez que Pilar ve a María con su nuevo pañuelo azul sonríe orgullosa. ¡Ahora sí va conjuntada!
Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ediciones de Baile del Sol. 2016
3.482 – Eructando
Alguien dijo que todos estamos de antemano condenados a muerte y que la vida no es más que una espera del momento ignorado de la ejecución. Todas las noches duermo ojo avizor, porque he visto muchas películas y sé cómo suceden estas cosas… por lo menos en América. De repente se abre la puerta de la celda y aparecen los guardias, un capellán, el director de la cárcel… Te ofrecen antes un buen menú, y yo lo tengo ya pensado. Agua mineral sin gas, desde luego. No me veo eructando en la cabina de cristal, ante los ojos de los curiosos, mientras me colocan esos aparatos para la descarga eléctrica; o esperando a que salga el gas…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.481 – Los espejos
Estaba soñando que la perseguían, como cada noche de esa semana y, como cada vez, se dio cuenta de que era una pesadilla. Así que repitió el método que la había regresado tantas veces al alivio de la vigilia: mirarse en un espejo y pronunciar su nombre. Despertó pero no reconoció las sábanas ni las paredes, ni al hombre que dormía a su lado. Algo había salido mal, había que volver a dormir; regresar y abrir otra puerta. Después de encontrar otro espejo y repetir las letras de su nombre, y otro espejo, y otro, y otro más, y de despertar siempre en una cama que no era la suya, entre paredes y unos brazos jóvenes y musculosos, se resignó a vagar entre los inextricables muros del sueño.
Katalina Ramírez
3.480 – Ajustando cuentas
A mi marido me lo trajo una tormenta. Y no es un decir, me lo entregó envuelto en lluvia. Estaba de romería con mis amigas, las pocas que quedamos, cuando empezó a caer un chaparrón de los que empapan el ánimo. Salimos corriendo mientras nos tapábamos con las sillas plegables. Y al pasar por el abrevadero viejo lo vi allí tirado. Hice como si no lo hubiera visto, seguí mi camino con ellas. Cuando llegamos a casa, esperé prudentemente a que cada una llegara a la suya. Me puse la gabardina y salí a buscarlo. Estaba empapadito. No hablaba. Me lo llevé a casa, lo bañé, le di de comer, y hasta hoy. Lo llamo Paco, y él a mí, vida mía. No sabe de dónde viene, y ni falta que me hace. A ellas les he dicho que lo conocí en el Carrefour de la capital y que se quedó prendado de mí. Yo no sé si me creen, pero tampoco me importa. Que se alegran, me dicen. Ya, les digo yo. Ahora a la romería voy de su brazo. Y si llueve, nos quedamos en casa, recuperando lo que la vida me debe.





