3.061 – La salsa portuguesa

a_m_SHUA43  Un matrimonio mal avenido recibe invitados. Hay pollo con salsa portuguesa. La esposa le sirve la parte blanca al invitado y le ofrece salsa. El marido sospecha de su mujer. Con ridícula cortesía le ofrece salsa a la invitada. La esposa sospecha de su marido. Insiste en agregar salsa al plato del invitado. Los invitados sospechan fuertemente del pollo.

Ana María Shua
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

3.060 – La corrección en el lenguaje

millas23  Un chico y una chica muy jóvenes, de instituto, discutían acaloradamente en el metro. Me acerqué disimuladamente a ellos en el momento en el que la chica decía:
—¿Y por qué las mujeres tenemos que tomar somníferos en lugar de somníferas? Lo lógico es que hubiera somníferos para hombres y somníferas para mujeres.
—Eso es lo mismo que decir que los hombres deberíamos tomar aspirinos en lugar de aspirinas. Pues mira, yo me he pasado la vida tomando aspirinas y soy tan hombre como el que más.
—Ya está. Si no te sale el macho no te quedas contento. Naturalmente que los hombres deberíais tomar aspirinos. Yo, si algún día tengo hijos, les daré aspirinos, del mismo modo que a las hijas les administraré antibióticas cuando les haga falta.
—Y los chicos se sentarán en sillos en vez de en sillas, me imagino.
—Pues sí, se sentarán en sillos y dormirán en camos y comerán el sopo, no la sopa, con cucharos. Las cucharas son para las mujeres.
—Tú estás loca. Vete al psiquiatra.
—Y tú al psiquiatro.
El tren se detuvo, se bajaron y yo continué perplejo cinco estaciones más pensando que la chica llevaba razón. ¿Cómo era posible que una lengua tan sexuada como la nuestra cometiera unos fallos, o quizá unas fallas, de ese calibre? Todo el mundo, muy pendiente de que los niños no jueguen con muñecas ni las niñas con tanques, y sin embargo se obliga a las mujeres a viajar en el metro (en lugar de en la metra) y a los hombres a subir al tranvía (en lugar de al tranvío).
Angustiado por esta imperfección que acababa de descubrir en mi lengua materna (perdón, en mi lenguo materno), miré alrededor y vi a una chica leyendo un libro, lo que me pareció una perversión (debería leer una libra) y a un hombre rascándose la rodilla, cuando lo suyo es que se rascara el rodillo y así sucesivamente.
Llegué a casa (a caso en realidad) y le dije a mi mujer que todo estaba patas arriba. Cuando le expliqué por qué me miró de un modo raro y me pidió que hiciera unas tortillas para la cena.
—Unos tortillos, si no te importa —le respondí—, puesto que me voy a ocupar yo del asunto. Si quieres tortillas, las tendrás que hacer tú misma.
Por la noche, la oí hablar con su madre por teléfono (por teléfona, para decirlo con propiedad), y tuve la impresión de que me criticaba. Al día siguiente, se fue de casa, dejándome una nota en la que me pedía que no intentara localizarla. Le daba miedo («o mieda, por emplear tu lenguaje») vivir conmigo. La echo de menos, pero no podría estar con alguien que se expresara tan mal como ella. Así es la vida, o el vido, qué le vamos a hacer.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.057 – Voluntades

leon_de_aranoa  Raúl Santos Garciátegui, oficial del ejército de Pancho Villa, recibió el encargo de elaborar una lista con las últimas voluntades expresadas por los condenados ante el pelotón de ejecución, instantes antes de morir. Su redacción final consigna entre paréntesis, después de cada petición, el número de veces que fue realizada, y constituye un variado muestrario de los caprichos, miedos y debilidades de la naturaleza humana, a saber:
Fumar un cigarrillo (132)
Tomar un último trago (204)
Ser escuchado en confesión por un sacerdote (78)
Ser ejecutado sentado (32)
Ser ejecutado de espaldas (17)
Rezar una oración (64)
Escuchar el himno nacional (12)
Cantar un corrido muy mentado (3)
Contemplar a una mujer desnuda (6)
Contemplar a una mujer (24)
Revelar un crimen cometido u otro acto vergonzante (8)
No recibir disparos en la cara (7)
Hacer llegar una misiva a esposa e hijos (41)
Hacer llegar una misiva a una mujer sin especificar (32, de los cuales 30 son coincidentes con los anteriores; no se extraen conclusiones)
Conocer los nombres de los soldados que componen el pelotón (9)
Estrechar sus manos (5)
Abrazarles uno a uno (3)
Bailar con el capitán al mando (1)
Dar él mismo las órdenes al pelotón de ejecución (1)

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

3.056 – El misionero

alonso-ibarrola2-300x200  Toda la familia rodeaba al venerable misionero de barba blanca, recién llegado de las selvas africanas. Inquirían con avidez noticias del hijo que un buen día (hacía quince años) se fue «a salvar almas y a merecer la palma del martirio». Había muerto, ciertamente, pero en cama, aquejado de unas fiebres malignas. «¿Entonces no sufrió martirio?», preguntó ansiosamente su madre. El venerable misionero tuvo que explicarles que murió cristianamente rodeado de todos los suyos, de su mujer, de sus hijos… Antes de que nadie pudiera reaccionar les mostró una foto del ex-misionero («había perdido la vocación», explicó) con su esposa, una hermosa negra, de abultados y deformados labios, y sus hijos, cuatro simpáticos negritos… Consternada, toda la familia guardó un profundo silencio.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.055 – Los enemigos

Ruben Abella  La enemistad entre Landelino Ortega y Pepe Villa echó a andar una lluviosa tarde de primavera, cuando el segundo quiso comprar un paraguas y el primero, con la excusa de que era la hora de cerrar, se negó a vendérselo. Pepe Villa no tardó en resarcirse del desplante, aparcando su coche en la plaza que, por tradición vecinal, Landelino Ortega tenía reservada frente a la mercería.
Había estallado la guerra.
Al principio no fueron más que desaires de vecinos mal avenidos, sin víctimas ni consecuencias de peso. Pero con el tiempo la mera discordia se les fue de las manos y se convirtió en inquina. Pepe Villa compartía su ático con tres gatos mestizos que entraban y salían a través de la terraza. Un día los halló muertos entre espumarajos en la alfombra del recibidor, y no tuvo dudas sobre quién los había envenenado. En represalia, llamó a Hacienda e hizo caer sobre Landelino Ortega una inspección por sorpresa que lo dejó al borde de la ruina.
Así se colmó el vaso.
No se sabe a quién de los dos se le ocurrió la idea de batirse en duelo. Lo que sí se sabe es que una madrugada de septiembre se dieron cita en la Casa de Campo, junto al puente de la Culebra, sin testigos y armados con unas viejas pistolas Astra. Había tan poca luz que apenas podían distinguirse el uno al otro. Dispararon casi a ciegas y, sobresaltados por el eco de las descargas, se desplomaron creyéndose muertos.
Benigno los halló tumbados en la hierba, entumecidos pero ilesos.
—A ver si aprenden a arreglar sus diferencias jugando al dominó, que ya no tienen edad para hacer idioteces —les dijo, camino de la comisaría.
Desde entonces no han vuelto a atacarse.
Pero cualquiera que los conozca un poco sabe bien que esto no es la paz, sino sólo una tregua.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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3.054 – Los libros

fabian_vique2  Tengo un libro titulado El reino de los réprobos. Tengo otro que se llama Relatos. Tengo uno de tapa verde: Respiración artificial. Y uno francés: Robespierre. Todos los libros que tengo empiezan con erre. Todavía no leí ninguno. Compré algunos en la avenida Corrientes y otros en la Feria del Libro.
Un día los voy a leer; y después los voy a vender. ¿Para qué los quiero si ya los leí? Además, ¿quién va a notar que los usé? Es posible que los compradores no los lean. El otro día un tipo dijo por la radio que se venden libros pero que mucha gente los compra y no los lee. Lo dijo en un tono despectivo, subrayando el «pero» y el «no los lee».
Yo no estoy de acuerdo con él. A mí me parece bien que la gente compre libros y no los lea. Así los escritores ganan plata y pueden comer, y la gente puede ocupar su tiempo en cosas más importantes.
Yo creo que con los libros va a pasar algo parecido a lo que ocurrió con las cacerolas de los incas. Las cacerolas fueron hechas por los incas para calentar la sopa. Sin embargo, hoy están en el British Museum para que los turistas les saquen fotos. Por eso yo digo: si nadie se queja de que los peruanos no calienten la sopa en la cacerola de los incas, ¿por qué se quejan de que la gente no lea los libros que compra?

Fabián Vique
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

3.053 – Juegos de palabras

millas23  Astenia primaveral y tarjeta de visita son dos expresiones hechas y, en esa medida, algo vacías. En cambio, si las cruzamos obtenemos astenia de visita y tarjeta primaveral.
—Pero astenia de visita no quiere decir nada. Y tarjeta primaveral tampoco.
—Pero están llenas de algo.
—No lo entiendo.
—De acuerdo, probemos con resplandor glacial, que se utiliza mucho para describir la luz de la Luna, y paraíso fiscal, que sale todos los días en la prensa. Cruzándolas adecuadamente dan paraíso glacial y resplandor fiscal.
—Eso ya va teniendo más significado. Puedo imaginar un cielo del tamaño de un congelador, con un dios de hielo sentado sobre un paquete de delicias Findus. También puedo concebir un titular de periódico como este: «Hallado un resplandor fiscal en un paraíso glacial».
—O sea, que vamos entendiéndonos. Crucemos ahora aire indolente con choque emocional, que arrojan el siguiente resultado: aire emocional y choque indolente.
—Yo tuve un amigo que tenía un aire emocional.
—¿Y has tenido noticia de algún choque indolente?
—Pues también, la verdad. Un día, me embistió un coche de ese modo, como sin ganas, en plan perezoso. Sin embargo, me practicó un siniestro total.
—¿Un siniestro total a causa de un choque indolente?
—Lo que te digo.
—Prueba a cruzar las dos expresiones, a ver qué sale.
Siniestro indolente y choque total. —¿Qué te parece la nueva combinación?
—Bien, fue eso más o menos.
Hay quien cruza un mastín con un bulldog y se asombra del resultado. Pero las palabras también tienen una capacidad reproductora increíble. Mezclen Alvarez Cascos con Miguel Angel Rodríguez y verán cómo les sale López Amor. Por eso han corrido los tres la misma suerte.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011