Yo, por ejemplo, misántropo, hosco, jorobado, pudrible, inocuo exhibicionista, inmodesto, siempre desabrido o descortés o gris o tímido según lo torpe de la metáfora, a veces erotómano, y por si fuera poco, mexicano, duermo poco y mal desde hace muchos meses, en posiciones fetales, bajo gruesas cobijas, sábanas blancas o listadas, una manta eléctrica o al aire libre, según el clima, pero eso sí, ferozmente abrazado a mi esposa, a flote sobre el río de los sueños.
Mes: agosto 2016
3.020 – Palos de ciego
En el día los videntes se apoderan de la ciudad y miran con lástima a los que titubean en las esquinas, tratando de adivinar el cambio de luces, y luego tratan de abrirse paso entre la muchedumbre tanteando la vereda con sus bastones blancos.
En la noche los no videntes se aventuran sin problemas por las calles, cruzan de uno a otro extremo de la ciudad, tratando de no atropellar a esos pobres transeúntes que titubean en las esquinas, aferrados a unos bastones blancos que alguien les ha prestado.
Juán Armando Epple
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005
3.019 – La caseta del huerto
Dos compañeras se han encerrado en las cocinas del Local para amarse. Como necesitamos las cocinas, la asamblea ha propuesto habilitar la caseta del huerto como recinto alternativo para las amantes. El espacio de la caseta del huerto no es, ni mucho menos, tan amplio como el de las cocinas. Pero acondicionada y bien limpia, la caseta puede resultar un lugar agradable para cuatro o cinco personas.
Serán necesarios unos colchones, una despensa, mantas y almohadas, una estufa que funcione.
Habremos de convencer a las dos compañeras de que la caseta del huerto es tan buen lugar para amarse como las cocinas del Local y que, aunque es más pequeño, podrán establecerse en la caseta todo el tiempo que deseen. Quizás así, abran la puerta de las cocinas y se trasladen a la nueva ubicación.
Pero tardaremos todavía unos días en acondicionar la caseta. De manera que durante ese tiempo, salvo que las compañeras decidan darse un respiro, las meriendas vecinales se repartirán en la sala de baile.
Víctor García Antón
Volanderas. Ed Tres Rosas Amarillas.2014
3.018 – Belerofonte y Quimera
Una vez en cada función, en ocasiones dos veces por día, Belerofonte, montado en Pegaso, mata a Quimera.
Belerofonte es atractivo y usa prendas que dejan al descubierto sus músculos de héroe griego. La parte trasera del cuerpo de Quimera es de serpiente, el torso y las patas delanteras son de león, su incongruente cabeza de cabra despide llamas.
Belerofonte coloca un trozo de plomo en la punta de su lanza. Las llamas que despide la boca de Quimera derriten el plomo, que se cuela líquido por su garganta y la mata.
La lucha, por supuesto, es fingida. Exiliados de su lugar y su tiempo, Belerofonte y Quimera tienen muchos recuerdos en común. Una y otra vez, la bestia finge morir ante los aplausos del público tonto, que tampoco cree que Pegaso sea capaz de volar, a pesar de verlo con sus propios ojos.
Ana Maria Shua
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015
3.017
3.016 – Fidelidad
3.015 – Ristel
Ristel estaba convencida de que, si se disfrazaba de tigre y no se quitaba el disfraz nunca, todos acabarían tratándola como a un tigre. Es más: pensaba que por ese procedimiento se convertiría en un verdadero tigre. Así que consiguió un buen disfraz y salió a cazar.
Su piel hermosa, la ferocidad de sus rugidos y la rapidez con que dio alcance a la gacela no dejaban lugar a dudas: aquel animal era un tigre. La selva lo aceptó como tal. Sin embargo, en el instante en que iba a ser devorada, la gacela miró a Ristel a los ojos y dijo: «Tú eres una serpiente».
Ristel silbó de ira y de impotencia, se irguió en el aire y se desprendió del disfraz. Antes de morir fatalmente envenenada, la gacela comprendió que hubiera preferido las ficticias garras.
Susana Camps
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
3.014 – El fin de la excursión
Los excursionistas gozaban del paisaje. Lucía el sol y la temperatura era templada. Algunos apacibles animales pastaban en el prado. En medio de ellos había un hombre junto a una maleta abierta y vacía.
-¿Por qué no cierra la maleta? -le preguntó un excursionista entrometido.
El hombre no le hizo caso, pero el excursionista volvió a insistir una vez y otra.
Al final, haciendo un gesto decisivo, aquel hombre la cerró de golpe. Al mismo tiempo la luz se fue de repente, los excursionistas se quedaron a oscuras y muy pronto empezaron a notar cómo les faltaba el aire.
Antonio Fernandez Molina
3.013 – La muñeca
En Madrid, en una casa de unos conocidos, elegante y alfombrada, entonces gran lujo, al encender la criada la chimenea, al principio del invierno, saltaron algunas chispas, y comenzaron a arder la alfombra y las cortinas, y después, dos o tres sillones, que quedaron estropeados. Se dieron pronto cuenta del incendio, y lo sofocaron.
La dueña de la casa, días después, contaba a una amiga el pequeño siniestro delante de su hija, de siete u ocho años:
-Se pudo atajar el incendio pronto, afortunadamente -añadió.
-Sí; pero yo he perdido mi muñeca -exclamó la niña, llorando.
-¡Qué le vamos a hacer, hija mía; ya te compraremos otra!
-Es que yo quiero la misma.
-Bueno; tonterías, no.
Y la chica se fue enfurruñada y llorando, creyendo que tenía razón al pedir, no otra muñeca, sino la misma que se había quemado.
Pio Baroja
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
3.012 – Continuará
¿Recuerdan a aquel individuo al que trasplantaron hace dos años la mano de un cadáver? Seguro que sí. No nos desayunamos con noticias tan biodegradables cada mañana. Durante todo este tiempo, los periódicos han venido informándonos de los progresos de esa mano. Un día, sus dedos golpeaban las teclas de un piano. Al poco, podían atar los cordones de un zapato. También habían aprendido a entrecruzarse con los de la mano contraria, en un gesto parecido al de la oración… Se trataba de una mano inteligente, en fin, que incluso escribía, aunque no nos dijeron si prosa o verso, novela o ensayo, biografía o humor. ¿Qué puede escribir la mano de un cadáver?
Nadie ha vuelto del mundo de los muertos para decirnos si hay vida al otro lado, y de qué tipo. Nadie ha vuelto, excepto esa mano que llegó a estar enterrada, que acarició la seda del ataúd, el tejido de la mortaja, la oscuridad reinante debajo de la lápida. Quizá cuando esa mano fue arrebatada a un muerto para colocársela a un vivo, había conocido ya los placeres de la caricia de ultratumba. Es posible que se hubiera enamorado de un esqueleto, de un alma, de una momia. Tal vez, cuando le pusieron un bolígrafo entre los dedos, esa mano empezó a escribir un diario terrible sobre los sufrimientos que comporta regresar a la vida. O tal vez sólo escribía recetas de cocina para difuntos. No sabemos lo que comen los muertos. Ninguno ha regresado para decírnoslo. Pero quizá esa mano tuviera un instinto periodístico y después de atar los zapatos para satisfacer al respetable, se pusiera a describir los ingredientes de una paella para cuatro cadáveres.
No sabemos qué escribió, la verdad, cuando le pusieron una cuartilla delante. El caso es que el receptor, que vive en Australia, ha viajado hasta Lyon, donde se produjo el trasplante, para pedir de rodillas a los médicos que se la quiten. «No puedo ni verla», ha dicho. Pero los médicos han respondido que santa Rita Rita, lo que se da no se quita, y que el trasplante ha sido un éxito. Más que un éxito, yo diría que ha sido un best seller, pero un best seller de literatura de terror. Continuará.
