2.735 – Cuando alguien muere en Cejunta…

antonio fernandez molina  Cuando alguien muere en Cejunta, inmediatamente se le vacían los bolsillos y se reparte su contenido entre sus seres más allegados. Han de tragárselo en el momento, y, si no pueden, a pedacitos o con auxilio de alguna bebida.
A veces, por este motivo perece alguno de los familiares del difunto y se le vacían también los bolsillos y sus allegados tragan lo que hay en ellos. Si esto provoca las muertes en cadena, por esta causa, puede llegar a extinguirse una familia.
En ese caso, a la salida del pueblo, se plantan tantos árboles como personas han muerto, y el cuidado de estos árboles corre a cargo del municipio, que obtiene de la madera beneficios saneados.

Antonio Fernández Molina
Las huellas del equilibrista. Ed. Menoscuarto 2005

huellas equilibrista

2.734 – Pinocho

isabel-cienfuegos4  Hoy no va al instituto, le molesta la anilla en la nariz. Sentado en el parque, mientras espera la llegada del Gato y de la Zorra para pillar algo que le lleve al País de los Bobalicones, oye a una anciana de cabellera azul murmurar que los chicos de hoy son todos unos burros y nunca llegarán a ser personas.
No quiere pensar en Geppeto, al que una empresa de tiburones se traga de sol a sol. Aún no es capaz de cruzar el mar de rabia o el mar de sueños para rescatarle.

Isabel Cienfuegos
http://nalocos.blogspot.com.es/2013/03/isabel-cienfuegos.html

2.733 – El oficio III

rogelio-guedea  Si el deseo de decir fuera esa mujer que cruza el río: he dicho un beso acaso. Pero si el deseo de decir fuera el deseo de esa mujer que ya ha cruzado el río: no he dicho nada. Nada: salvo aquello que dicen las palabras perdidas en un país desconocido. Entre cruzar y no cruzar: hay una enorme distancia. Entre decir y no decir: un río. A menos que haya una mujer esperándonos en la otra orilla, una mujer parecida a su deseo, valdrá la pena atravesar sus aguas. Pero sólo yendo sin volver: para que tenga sentido.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010

2.732 – Un último favor

pedro herrero  Al final se ha hecho justicia. El joven de origen desconocido, que ingresó en palacio haciéndose pasar por mozo de cuadra con el objetivo de desenmascarar al asesino de su padre, ha batido en duelo al malvado marqués que, además de arruinar a la familia del muchacho, urdía un plan siniestro para apoderarse del trono de la nación. El rey, en reconocimiento al valor demostrado por el joven paladín, le restituye el título nobiliario que le había sido arrebatado y le hace saber que está dispuesto a concederle lo que desee. El joven se apresura a pedir la mano de su hija, la princesa, de quien está locamente enamorado. Como respuesta, el rey se complace en anunciar de inmediato el enlace de la feliz pareja. El joven aprovecha para pedir que él y su nueva esposa puedan quedarse a vivir en palacio, de manera provisional, mientras duren las obras de reconstrucción del castillo que legítimamente le pertenece. El rey, manteniendo en su rostro la misma sonrisa comprensiva, accede también sin poner objeción alguna. El joven añade que -si no es mucha molestia- les dejen ocupar las dependencias del ala norte, frente al puente levadizo, por donde él debía trepar cada noche para ver a su amada en secreto. El rey, notando ya un ligero dolor de tipo nervioso en la mandíbula, asiente con la cabeza en señal de conformidad. Entonces el joven, abrumado por tanta generosidad, se dispone a pedir un último favor. Pero el rey lo interrumpe diciendo que, aunque sólo sea por cambiar de tema, le gustaría saber exactamente por qué mataron a su padre.

Pedro Herrero

2.731 – Maternidad *

Manuel Moyano (1)  Una noche lo vi. Amorfo, traslúcido, babeante, del tamaño de un perro. No tenía patas. Se arrastraba por las baldosas del cuarto de baño igual que una gigantesca lombriz o, mejor, como un espécimen colosal de ameba. Traté de ahuyentarlo con el palo de la fregona, pero éste se hundía en su carne fofa y transparente, sin que mis golpes parecieran hacerle el menor efecto. Madre me oyó gritar. Entró de repente con una garrafa amarilla en la mano y dijo: «Sólo los mata la lejía». Cuando lo roció con ella, el ser cambió de color y empezó a retorcerse violentamente. A duras penas logró elevar su cuerpo bamboleante hasta el borde de la taza del retrete e introducirse de nuevo por él. Madre tiró de la cadena. En ese momento, mientras recibía sus miradas de reproche, comprendí por qué siempre insistía tanto en que dejáramos la tapa del váter bajada.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

* A Fernando Iwasaki

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2.728 – La mujer de mi sueño

araceli esteves3  Por favor, coja número y espere. Me siento en la única silla desocupada. Enrollo y desenrollo el número 93 haciendo un canutillo cada vez más apretado, la pantalla electrónica salta al número 27. Cambian las unidades y las decenas, algunos números se dilatan atascados en largos minutos, pero no tengo prisa. Llega mi turno. Después de grabar los datos y pagar mi dispositivo UST, vuelvo a casa. Tomo una cena frugal, inserto el UST en mi RB2 y me dispongo a disfrutar del sueño recién comprado. Pocos segundos después de apoyar la cabeza en la almohada, cae el pesado nido. Las imágenes llegan puntuales como prometía la publicidad del producto. Todo es tal como lo imaginé, como conseguí describirlo. Y ya por fin la tengo delante. A ella, mi amada, distante y hermosa, moviendo sus labios asalmonados que imagino rellenos de pulpa de fresa, suave y jugosa. Me habla a mí, me mira con estudiada coquetería. Mi corazón aletea ingrávido. Por favor, coja número y espere, dice la mujer de mi sueño.

Araceli Esteves

2.727 – Puentes

Rogelio Guedea  Entre la casa de mi vecina y la mía hay un puente. El puente lo construimos una mañana soleada. La mitad ella y la mitad yo. El puente lo utilizamos para comunicamos o para distanciamos. Cuando ella necesita una taza de café, cruza el puente y me lo pide. A veces incluso lo bebe conmigo, acompañado de un pan tostado. Lo mismo: cuando yo ocupo un poco de queso o una loncha de tocino, cruzo el puente y se lo pido. Ella misma, incluso, me lo envuelve en un pedazo de papel aluminio. Sin embargo, cuando no le parece algo que he hecho sin darme cuenta, quita su parte de puente que puso y la coloca sobre la rejilla del jardín. Y de igual modo: cuando no me gusta la blusa que trae o las visitas que recibe, desmonto mi parte de puente que puse y lo recargo en la bardilla del sótano. El puente nos ha servido para acercarnos, algunas veces, y para distanciarnos, otras, que es para lo que en realidad sirven los puentes o, en todo caso, los vecinos como nosotros.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010