Sus gestos no coincidían con sus circunstancias. Bostezaba cuando se enamoraba, si se sentía cansada se sonrojaba, y se rascaba la espalda de puro contento. Cuando tenía frío sacaba la lengua, bajaba la voz para gritar y encogía los hombros cuando estaba furiosa.
Esta particularidad le ocasionaba graves inconvenientes.
Incapaces de interpretarla, los doctores equivocaban sus diagnósticos, sus amigas la evitaban y los hombres se aproximaban a ella como se aproxima uno a un enigma, y después se distanciaban, confundidos.
Nadie era capaz de descifrarla. Por eso ella se entristecía, pero reía sin parar.