1.867 – El descanso eterno

jose_antonio_ayala  Había llevado una vida bastante penosa, precaria, de trabajos serviles, de desgracias familiares. En su lecho de muerte su rostro reflejaba todas estas amarguras y, sobre todo, un infinito cansancio. Dejó dicho que en su tumba grabaran el siguiente epitafio: «Por favor, no me resuciten».

Jose Antonio Ayala
Chispas. Editora Regional. Murcia.2005

1.866 – Opus 8

Armando José Sequera  —Júrenos que si despierta, no se la va a llevar -pedía de rodillas uno de los enanitos al príncipe, mientras éste contemplaba el hermoso cuerpo en el sarcófago de cristal-. Mire que, desde que se durmió, no tenemos quien nos lave la ropa, nos la planche, nos limpie la casa y nos cocine.

Armando José Sequera

1.865 – Mecánica de las novelas

gines cutillas  Al abrirse la portada del libro sonó la alarma.
Todos los personajes tomaron posiciones mientras el prologuista entretenía al lector, que no tardó en doblar la esquina del primer capítulo. Allí apareció el héroe de la historia recolocándose todavía la vestimenta ante lo imprevisto de la lectura.
Una vez más, recitó de memoria su papel sin dejar de mirar de reojo el borde de la página, desconfiado de que el siguiente figurante estuviera preparado para hacer su entrada.
No hubo ningún problema. Nada más adentrarse en la próxima hoja apareció el villano exponiendo sus intereses, siempre antagónicos a los del que acababa de abandonar el escenario que componían aquellas dos páginas abiertas del libro.
Ante lo extenso y elaborado del discurso el resto de los intérpretes respiraron aliviados, teniendo tiempo de vestirse como era debido, repasar sus papeles e incluso fumarse algún que otro pitillo para aplacar los nervios.
En el momento en que el bellaco estaba a punto de abandonar el marco de la lectura, el autor ya había ordenado correctamente a todos los actores lanzándolos a escena como el que empuja paracaidistas desde un avión.
Uno tras otro, fueron desarrollando la historia que acabó otra vez con la muerte del rufián a manos del héroe.
Apenas cerrado el libro, cuando el elenco todavía estaba felicitándose por la enésima representación de la novela, el prologuista dio la voz de alerta. Alguien había abierto de nuevo la portada del libro.

Ginés S. Cutillas
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010

1.864 – Instrucciones

david_lagmanovich_jmv  Alba y Rafael habían estado casados muchos años. Llegados a la vejez, Rafael advirtió que, durante toda la vida en común, su mujer se había relacionado con él emitiendo constantes instrucciones. Las cosas que debía hacer, las que no había hecho y las que había cumplido sin satisfacer a su cónyuge se transformaban en instrucciones precisas y ásperas, recibidas por él como descargas eléctricas. «Haz esto», «No hagas aquello» y «No lo hagas así» eran las fórmulas básicas. Rafael no osaba decir nada por miedo a que Alba le respondiera con un conjunto de instrucciones para quejarse. Sólo una vez dejó traslucir sus sentimientos. En el desván encontraron su cadáver con un papel prendido en la solapa, en el que había escrito: «¿Está bien así?».

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007

1.863 – El hijo pródigo

alonso-Ibarrola32  ‘Ahora vuelvo», dijo cierto día a sus padres y en diez años no supieron nada más de él. (Al día siguiente de su marcha descubrieron que se había llevado todo el dinero del arcón). Su novia guardaba la ausencia y esperaba vanamente una carta que jamás llegaría. Su padre, por el contrario, se sentaba todos los días, al atardecer, bajo la gran cruz del calvario, a la salida del pueblo y observaba con impaciencia y ansia el horizonte. Estaba firmemente convencido de que un día regresaría… Y así fue. Su silueta inconfundible comenzó a perfilarse y el padre no pudo por menos que exclamar: «¡Es él!». Acto seguido cogió una piedra del camino y se la arrojó con fuerza. El hijo, asombrado, se detuvo y logró esquivarla. Ante la segunda, que pasó rozando su cabeza, puso pies en polvorosa. «¡Sinvergüenza!», exclamó su padre, limpiándose con saliva las manos mientras observaba cómo se perdía de vista la figura de su hijo. La novia lloró cuando le contó lo sucedido. «No te preocupes, volverá…». Efectivamente volvió… diez años más tarde. Ya para entonces sus padres habían muerto y su novia se había casado y tenía cinco hijos.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.862 – Sirena en silla de ruedas

carmela greciet2  La sirena pidió a los servicios sociales que la llevaran con urgencia tierra adentro porque iba a surcar los mares el atractivo, astuto, fecundo en ardides, saqueador y felizmente casado Ulises. Algunos días de sol la llevan al parque de paseo y a veces se la puede ver con su hermoso pelo suelto, leyendo a Joyce junto al estanque. Lleva una mantita de cuadros sobre —la que dicen es— su majestuosa cola plateada, y ya nunca nunca canta.

Carmela Greciet
http://www.revistaclarin.com/505/carmela-greciet/#sthash.OQ1Nsocr.dpuf

1.861 – Última cena*

angel olgoso 2  El día de los ácimos, mientras celebra la pascua con sus discípulos, dice el Maestro: «Antes de que yo padezca, tomad y comed, este es mi cuerpo. Bebed todos de mi sangre de la alianza. Haced esto en recuerdo mío y para remisión de los pecados». Pronto se advierte la simpleza de los doce, pues hacen una interpretación literal de los deseos del Hijo del hombre: comen su cuerpo y beben su sangre, según lo decretado por Él, aunque prevalece la abnegación sobre el apetito. Es así como, en lugar del Maestro, se crucifica a uno de los doce discípulos; el mismo que, al dudar de la misteriosa naturaleza de aquella comida de Pascua, pensaba irse de la lengua.

Ángel Olgoso
La máquina de languidecer. Páginas de espuma.2009

*A Norberto Luis Romero

1.858 – 7. El discípulo

marco_denevi  Durante largo tiempo el discípulo es atendido por un ayudante del Maestro.
¿Cuándo conoceré al al maestro?, pregunta el discípulo. Todas las veces el ayudante le responde de mal modo: Cuando seas digno de él. El discípulo inclina humildemente la cabeza y estudia con ardor para ser digno del Maestro. Hasta que comprende que el ayudante es el propio Maestro y que ha sido él, el discípulo, quien lo rebajó de categoría. El Maestro lo había sabido desde el primer momento y se había vengado con aquella arrogante contestación.

Marco Denevi
Diez ejercicios