Como la pornografía o el patinaje sobre hielo, las pruebas de acrobacia repiten siempre las mismas figuras en distintas combinaciones. Buscando con cierta desesperación la originalidad, el sindicato de acróbatas organiza un concurso para premiar aquel número que sea realmente nuevo.
La mayor parte de los competidores ofrece variantes menores, que se diferencian de las pruebas habituales por la altura a la que llegan los saltos o la cantidad de acróbatas que participan. Un grupo de cinco millones cuatrocientos mil artistas chinos propone saltos simultáneos y coordinados. Gran espectáculo, sin duda, opinan los jurados, pero menos original que caro.
El ganador es un delicado artista húngaro, de cabellos rubios y escasos, que sorprende al tribunal con un salto mortal fuera de la realidad, pero no consigue volver para recibir el premio.
Mes: abril 2013
1.501 – Narciso
Algunos creen que, si hubiera conocido los espejos, Narciso no se habría ahogado. Yo creo que tenía fuertes tendencias destructivas, y que con espejos o sin ellos hubiera logrado sus propósitos suicidas. La historia esa, de que se enamoró de su propia imagen, de la ninfa Eco, y que patatín, y que patatán, es un invento de sus parientes para ocultar la verdad. Porque los suicidas deshonran a las familias, pero los mitos las enaltecen.
María Inés Mogaburu
Por favor, sea breve 2. Edición de Clara Obligado. Ed. Páginas de espuma. 2009
1.500 – Un individuo humilde, modesto.
He decidido dejar de ser pedante y engreído. A partir de ahora, seré un individuo humilde, modesto, ya verán: seré el hombre más humilde y modesto del mundo, triunfaré en los principales torneos internacionales de modestia y humildad, accederé a los más altos estrados para exhibir mi nueva condición y nadie, pero nadie, será más humilde y modesto que yo: lo juro.
Armando José Sequera
Por favor, sea breve 2. Edición de Clara Obligado. Ed. Páginas de espuma. 2009
1.499 – Las cuentas claras conservan la amistad
Dos escritores se conocen en la presentación de sus respectivos libros. Dado que simpatizan de inmediato y ambos ignoran la obra del otro, acuerdan no leerla para prevenir que un eventual juicio desfavorable enturbie su naciente amistad. Los dos cumplen su promesa y, por ello, su estima mutua se afianza cada vez más hasta el final de sus días.
Carlos Vitale
Por favor, sea breve 2. Edición de Clara Obligado. Ed. Páginas de espuma. 2009
1.498 – Escribir a máquina
Hace años cultivé el método ciego de escritura a máquina, y aunque nunca logré teclear más de dos palabras seguidas sin cometer un error, conseguí llegar con los ojos cerrados hasta la cocina y regresar sin un solo tropiezo. No aprendí a escribir, pero practiqué la invidencia con resultados notables. En los hoteles, por las noches, no necesito encender la luz para llegar hasta el cuarto de baño, y por mi casa me muevo a oscuras sin problemas, lo que, siendo bueno para mi fotofobia, no resolvió mis problemas con la mecanografía. Quizá por eso durante mucho tiempo me manejé con bolígrafos de punta fina que se adaptaban perfectamente al ritmo de mi pensamiento. Los días en que amanecía torpe, la bola de tinta discurría a trompicones, como si fuera obligada a rodar por una superficie irregular. Pero cuando mi capacidad asociativa estaba a pleno rendimiento, la punta del bolígrafo se deslizaba a lo ancho de la cuartilla como un patinador de un extremo a otro de la pista de hielo.
Escribí así varias novelas que luego me pasaba a máquina un mecanógrafo profesional, de manera que no lamenté mi torpeza con las teclas hasta que empecé a trabajar para la prensa. Los periódicos son un medio rápido; no puedes escribir a mano para pasarlo luego a máquina si quieres entregar el artículo antes de que cierren la edición. Así que adquirí un ordenador, que me pareció un medio más caliente que la máquina, y comencé a practicar renunciando desde el principio al método ciego: si mirando las teclas tengo dificultad para acertar en el blanco, con los ojos cerrados el desastre está garantizado.
Poco a poco fui ganando velocidad, incluso ganándome la vida. Pero de vez en cuando regresaba al bolígrafo con el sentimiento de regresar a casa. Y no es sólo porque éste eyacule las palabras en lugar de escupirlas, lo que le da una connotación sexual muy querida a la escritura, sino porque la mano derecha, que es la que trabaja, se entera de todo, mientras que con el ordenador, al realizar la faena a medias con la izquierda, sólo se entera de la mitad. Escribe a ciegas, que no es lo mismo que hacerlo por el método ciego, y eso siempre desasosiega. O desasociega quizá; la cuestión es que cansa. Si no me entienden, otro día se lo explico a ustedes a bolígrafo.
Juan José Millás
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Ed. Menoscuarto. 2005
1.497 – De fácil acceso
Estuvo trabajando quince días en Madrid, y a lo largo de sus investigaciones localizó en la Biblioteca Nacional tres asuntos que podían servirle para su tesis: una leyenda piadosa morisca, un cuento maravilloso sefardí y una historia simbólica gitana. En los tres era una mujer la protagonista, los tres hablaban de purificaciones y sacrificios propiciatorios. Regresó a los Estados Unidos, e intentaba encontrar el hilo conductor que le aclarase la verdadera naturaleza de los tres asuntos. Mágico, Memoria, Misterio, Mito, Mujer. También Multicultural. Habló de ello con la #adviser# de su tesis. Mas entre aquellas ficciones antiguas, la profesora, que era ferviente posmoderna, no veía otro hilo que la perpetuación de la violencia doméstica.
José María Merino
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Ed. Menoscuarto. 2005
1.496 – La seducción
El hombre logra en sueños lo que no logró despierto: seducir a una mujer carnal, perfumada y esquiva.
Lo despierta un golpe en las costillas: la esposa, que duerme con él, le ha hundido el codo en el costado.
Ha soñado que el marido se ha dejado seducir por una mujer carnal, perfumada y esquiva, a quien ella no conoce.
Antonio Di Benedetto
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Ed. Menoscuarto. 2005
1.495 – Mujer que dice chau
Me llevo un paquete vacío y arrugado de cigarrillos Republicana y una revista vieja que dejaste aquí. Me llevo los dos boletos últimos del ferrocarril. Me llevo una servilleta de papel con una cara mía que habías dibujado, de mi boca sale un globito con palabras, las palabras dicen cosas cómicas. También llevo una hoja de acacia recogida en la calle, la otra noche, cuando caminábamos separados por la gente. Y otra hoja, petrificada, blanca, que tiene un aguperito como una ventana, y la ventana estaba velada por el agua y yo soplé y te vi y ése fue el día en que empezó la suerte.
Me llevo el gusto del vino en la boca. (Por todas las cosas buenas, decíamos, todas las cosas cada vez mejores, que nos van a pasar.)
No me llevo ni una sola gota de veneno. Me llevo los besos cuando te ibas (no estaba nunca dormida, nunca). Y un asombro por todo esto que ninguna carta, ninguna explicación, pueden decir a nadie lo que ha sido.
Eduardo Galeano
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Ed. Menoscuarto. 2005
1.494 – De funerales
Hoy asistí al entierro de un amigo mío. Me divertí poco, pues el panegirista estuvo muy torpe. Hasta parecía emocionado. Es inquietante el rumbo que lleva la oratoria fúnebre. En nuestros días se adereza un panegírico con lugares comunes sobre la muerte y ¡cosa increíble y absurda! con alabanzas para el difunto. El orador es casi siempre el mejor amigo del muerto, es decir, un sujeto compungido y tembloroso que nos mueve a risa con sus expresiones sinceras y sus afectos incomprensibles. Lo menos importante en un funeral es el pobre hombre que va en el ataúd. Y mientras las gentes no acepten estas ideas, continuaremos yendo a los entierros con tan pocas probabilidades de divertirnos como a un teatro.
Julio Torri
Por favor, sea breve. Edición de Clara Obligado. Ed. Páginas de espuma. 2001
1.493 – Un pequeño error de cálculo
Regresa el Cazador de su jornada de caza, magullado y exhausto, y arroja el cadáver del tigre a los pies de la Recolectora, que está sentada en la boca de la caverna separando las bayas comestibles de las venenosas. La mujer contempla cómo el hombre muestra su trofeo con ufanía, pero sin perder esa vaga actitud de respeto con que siempre la trata; frente al poder de la muerte del Cazador, la Recolectora posee un poder de vida que a él le sobrecoge. El rostro del Cazador está atirantado por la fatiga y orlado por una espuma de sangre seca; mirándole, la Recolectora recuerda al hijo que parió en la pasada luna, también todo él sangre y esfuerzo. Se enternece la mujer, acaricia los ásperos cabellos del hombre y decide hacerle un pequeño regalo: durante el resto del día, piensa ella, y hasta que el sol se oculte por los montes, le dejará creer que es el amo del mundo.