Aquel mosquito obtuvo como condena ir al teatro.
José Víctor Martínez Gil
Aquel mosquito obtuvo como condena ir al teatro.
José Víctor Martínez Gil
Newton: La gente que come manzana cae mas aprisa.
Rafael Pérez Estrada
El viajero no acababa de llegar. Sus familiares le esperaban nerviosos. No se explicaban su tardanza. Se habían gastado una buena suma de dinero en la compra de aquella trampa y en adornarla con aquel pedazo de queso de la mejor calidad.
Julia Otxoa
Cambiaron el anuncio de la entrada: antes decía Lasciate ogni speranza; ahora, Welcome to your mid-life crisis.
Ciertamente había un letrero: «Campo minado”, pero igual hubiera podido decir: «Se vende lote” o «Cultivo de tomates”. Total, sólo el alcalde y el cura saben leer en el pueblo; los demás adivinan por obvias, la tienda, la iglesia, la prendería, la inspección de policía…
Que es todo lo que necesitan conocer. O necesitaban… porque después de lo ocurrido saben que los caminos transitables tienen ahora un dueño intransigente y explosivo.
Jorge Julio Echeverry
El comandante, por el micrófono del avión: «Señores pasajeros, la compañía lo siente mucho».
Álvaro Menén Desleal
Tenía tal preocupación por no causar molestias que volvió a cerrar la ventana detrás suyo, después de haberse lanzado al vacío, desde lo alto del sexto piso.
Jacques Sternberg
El aro lloraba desconsolado. El niño, rodando y rodando, se le perdía cuesta abajo.
Antonio Martínez Polo
Nunca verás un amanecer tan hermoso como ella.
Rafael Pérez Estrada
Estoy en el jardín de un antiguo palacio que no sé de quién fue ni cuál es hoy su dueño. La tarde es húmeda y otoñal el ocaso; en el blando suelo las hojas mueren adheridas al barro. No hace viento, no oigo ningún ruido entre los árboles que forman paseos en los que mudas estatuas, sobre pedestales de hiedra, alzan su desnudez.
Quisiera recorrer este extraño jardín, pero estoy quieto. Nadie lo visita, nadie hace crujir el puentecillo de madera sobre el constante arroyo. Nadie se apoya en las balaustradas del parterre ante la fila de bustos que la intemperie enmascaró con manchas verdinegras.
Estoy ante la gran fachada cubierta de ventanas que termina en altas chimeneas sobre el oscuro alero del tejado. Todo en ella muestra haber sufrido los ataques del tiempo pero estos rigores no dañaron a la única ventana que yo miro. Cada día, tras los cristales, aparece ella, su delicada silueta, y aparta la cortina de tul y largamente pasea su mirada por los senderos que se alejan hacia el río. Vestida de color violeta, siempre seria, eternamente bella, conserva su rostro juvenil, su gesto de candor, atenta a la llegada de alguien que ella espera. Inmóvil, tras el cristal, no habla, no muestra si acepta mi presencia, acaso no me ve. Resignada se dobla mi cabeza sobre el hombro mordido por las lluvias; desearía que sus dedos me rozasen antes de que su mano se haga transparencia. Desfallece mi cabeza enamorada; tras mis ojos vacíos atesoré palabras y palabras de amor dedicadas a ella. Acaso un día logren mover mis labios de durísima piedra.
Juan Eduardo Zúñiga