Incontinencia

Por ce o por be, algunos lo cuentan todo. Pero lo cuentan ce por ce y be por be. O sea, punto por punto, sin faltar una coma. Mejor es no contar nada de nada, como que tú ni fu ni fa, ni bueno ni malo. No hay que andar con dimes y diretes, contando las cosas con pelos y señales de tal y tal, ni irse por los cerros de Úbeda, ni andar de la Ceca a la Meca, sino plis plas, en un abrir y cerrar de ojos. La cosa no está ni aquí ni allí, sino que es un toma y daca, hoy por ti mañana por mi. Si no, tiempo al tiempo porque eso es así de la cruz a la fecha. Es más, ni tuge ni muge, porque todos sabemos de qué estamos hablando.
Antonino Ney

Ventura

Un día fue a ver a la mujer para la que las cartas, dispuestas con cierto rigor y sometidas al azar de su desvelamiento, eran como un libro abierto.

—¿Cuánto viviré?

—Tienes una larga vida —informó la pitonisa.

—¿Cuánto? —insistió.

—Hasta los 90.

“¡Me quedan 60 años de vida!”, pensó. Pero sus ganas de creer eran tan fuertes como su deseo de demostración. Entonces subió al edificio más alto, para retar esa sabiduría en la que la mitad de su convicción se afincaba, y se lanzó del último piso.

Tardó 60 años en caer.

Guillermo Bustamante Zamudio

Programa de entretenimientos

Es un programa de juegos por la tele. Los niños se ponen zapatillas de la marca que auspicia el programa. Cada madre debe reconocer a su hijo mirando solamente las piernitas a través de una ventana en el decorado. El país es pobre, los premios son importantes. Los participantes se ponen de acuerdo para ganar siempre. Si alguna madre se equivoca, no lo dice. Después, cada una se lleva al hijo que eligió, aunque no sea el mismo que traía al llegar. Es necesario mantener la farsa largamente porque la empresa controla con visitadoras sociales los hogares de los concursantes. Hay hijos que salen perdiendo, pero a otros el cambio les conviene. También se dice que algunas madres hacen trampa, que se equivocan adrede.

Ana María Shua

Diálogo sobre un diálogo

A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z- (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron

A- (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Jorge Luis Borges