Habíamos salido de vacaciones en dos coches, pues mi trabajo me obligaba a regresar a casa unos días antes. Viajaba primero yo, y unos metros más atrás, con los niños, venía Clara.
A medida que caía la noche, la autopista se había ido quedando en calma.
Escuchaba música en la radio cuando, surgido de la nada, apareció frente a mí el Kamikaze. Los ojos amarillos del Kamikaze.
Logré esquivarlo de un volantazo.
Miré hacia atrás sintiendo que yo era ya mi pasado, que el futuro estaba sucediendo a mis espaldas.
1.932 – Pérdidas
Estoy muy distraída. Pierdo todo. Acaso dejo las cosas en cualquier lado y me olvido.
Hace una semana, perdí mi sueldo. El domingo, el vestido rojo y tres camisetas. Antes de ayer, las llaves y la casa. Ayer, perdí la cabeza y las manos. Sin embargo, dormí tranquila. No tuve que tomar la pastilla (que tampoco encontré).
Desperté feliz, hasta que me di cuenta de que había perdido los sueños anoche. Esta mañana, en el mercado, me perdí a mí.
Envidio a las personas que, por lo menos, son asaltadas y apuñaladas.
¿Qué más voy a perder? Las piernas, los pechos, el sexo, la memoria.
Ildiko Nassr
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010
1.931 – La lengua de Cervantes
Se trataba de una pieza musculosa alojada entre los arcos dentarios propios de los vertebrados, alfombrada de papilas gustativas y propicia para la expresión verbal. En estos parajes habíamos dado en llamarla «lengua de Cervantes».
Luego, algunos colaboradores ingleses nos informaron que un órgano de similares características se conocía en el Reino Unido como «lengua de Shakespeare».
Por eso es que ahora estamos tratando de comunicarnos con colegas italianos para que nos expliquen qué cosa es lo que ellos denominan «lengua del Dante».
Glosofaríngeos, deglutores académicos, perversos de toda laya, más algunos filólogos internacionales preocupados en el tema de las mucosas (que de todo hay en este mundo) trabajan denodadamente para demostrar que Cervantes, Shakespeare y Alighieri son sinónimos. ¡Qué quieren que les diga! No sé. No sé.
Rogelio Ramos Signes
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010
1.930 – Ingenuidad
1.929 – El entrecano y las dos prostitutas
Un hombre con canas tenía dos amantes, una joven y otra vieja. La de más edad, avergonzada de tener trato con uno más joven que ella, no dejaba, cuando venía a estar junto a sí, de arrancarle los pelos negros. La más joven, tratando de disimular que tenía un amante viejo, le arrancaba los blancos. Y así, depilado por turno a manos de una y otra, llegó a quedarse calvo.
De esta forma, lo que anda desacompasado es perjudicial.
Esopo
1.928 – Palomas, mago
El mago se saca palomas de la manga, las hace aparecer de la galera. Después de un corto revoloteo, las palomas se posan en el dedo del mago, que las traslada a su vez a una percha.
¿Por qué no se escapan volando?, pregunta un niño. Porque les cortan las alas, explica el padre. Algunos magos les cortan las plumas de una sola de las alas y es suficiente para que no puedan volar. Otros, para evitar que el público se dé cuenta, les cortan una pluma por medio de los dos lados. Durante la actuación, cuando la paloma abre sus alas, parecen completas, pero así mutiladas no le permiten sustentarse en el aire. También hay algunos pocos magos, muy hábiles, que logran adiestrarlas de modo que no escapen.
Cuando termina su número, mago y palomas se van su carromato. Las palomas doblan al mago en cuatro y lo guardan en su caja.
Ana María Shua
1.927 – La melancolía de los gigantes
Sin compasión, hunde la hoja de su arma en el centro de mi cuerpo indefenso. No hubo provocación alguna por mi parte. Una ira ciega alienta cada tajo, cada incisión arbitraria y salvaje de la carne. Los míos dijeron que no opusiera resistencia, que ello involucraría a los demás en nuevos peligros. Él, mientras tanto, profundiza la herida. Qué puedo hacer yo ante quien contraría de ese modo la ley natural sino sentir una vaga tristeza y esperar aquí, bajo el camino de estrellas, la bárbara amputación final, el momento en que me desplome sin más quejidos que los de mis frondosas ramas al golpear agonizando contra el suelo.
Ángel Olgoso
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010
1.926 – Las siete tumbas del Sr. Barea
En el cementerio de Calonge, cerca del municipio foral de Etienne, en la Provenza francesa, hay siete tumbas con el mismo nombre. En ellas están enterrados los siete hombres que fue el señor Barea: educado los domingos, pusilánime en los hospitales, capaz ante sus empleados, tierno con ella a solas, iracundo sin motivo, obstinado en el error y, frente a los débiles, débil.
Su viuda le llora indistintamente ante ellas, dependiendo de a cuál de los siete hombres que fue su marido añore más.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.925 – La tinaja
Siempre me llamó la atención una curiosa tortura china. Introducen a la víctima en una gran vasija o tinaja, llena de aceite, que le llega hasta el cuello.. Allí la tienen sentada, reclinada, le dan de comer, de beber, hace sus necesidades en la vasija, durante días y días. Pasado el tiempo necesario, que un experto dictamina tocando y palpando las carnes, es liberada de su inmersión. La tarea para el verdugo es delicada: despojar al torturado de sus carnes, blandas como la manteca, respetando venas, músculos y órganos vitales. Con pericia y habilidad se consigue que la víctima continúe viviendo, despojada de su carne mortal. Me pregunto qué clase de aceite utilizarán para la experiencia. Se dan tantas mixtificaciones, se producen tantas adulteraciones, en la colza sin ir más lejos…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
1.924 – Dormidos
Hay poca gente en este bar. Cuatro camareros, en grupos de dos, hacen tiempo -¿para qué?- apoyados en el mostrador. El nuevo parroquiano trata de llamar la atención de alguno, pero no tiene éxito y decide concentrarse en la lectura de una novela. El tiempo comienza a pasar y él quiere un café, quizá con una aspirina para atenuar su permanente jaqueca. La novela se torna cada vez más complicada. Uno de los personajes se dirige a él, al lector, usando su nombre propio y en tono admonitorio: «Juan Esteban, no te metas con mi hermana o terminarás mal». Él mira en dirección a los camareros y sólo percibe un desinterés absoluto ante lo que está ocurriendo. Cierra el libro violentamente y lo deja sobre la mesa. Siente que algo salta de las páginas y se encuentra con el personaje que le ha hablado, ahora de carne y hueso, sentado frente a él. Intenta por última vez más llamar a un camarero, pero los cuatro están dormidos. No le queda más remedio que despertar.
