Son las siete de la mañana y estoy trabajando. A esta misma hora, hay un loco sentado frente a su ordenador inventando un virus informático que luego me enviará para hacerme polvo. Cuando me llega un correo electrónico con un virus, suelo mirar la hora del envío y siempre ha sido durante la madrugada. Los locos no duermen. La locura no necesita dormir, porque se alimenta precisamente del insomnio. Cuanto menos duerme la locura, más loca está. La sensatez, en cambio, necesita unas horas de descanso. Cuanto menos duerme la sensatez, menos sensata es, si pudiera decirse de este modo. Sé lo que digo porque yo duermo y no duermo. No dormir me enloquece y dormir me aplaca. Cuando alcanzo determinado punto de locura, doy una cabezada y regreso al mundo de los cuerdos, que por cierto no tiene nada que envidiar al de los locos.
Ahora mismo, pues, hay unos cuantos locos pariendo un virus digital que destruirá los archivos de usted y los míos, a menos que nuestro antivirus lo intercepte. Mucha gente dice que los que fabrican el virus y el antivirus son los mismos. Tiene su lógica. Pero lo que quería decir es que también en el lado de acá, en la realidad analógica, hay locos creando virus analógicos para las guerras bacteriológicas que no sabemos cuándo empiezan ni cuándo acaban porque no se ven. La diferencia entre el loco de los virus digitales y el de los analógicos es que el de los últimos está a sueldo del Estado, o de los Estados. En el ejército de Estados Unidos, el país más poderosos de la Tierra, hay locos geniales estudiando el modo de cargarse poblaciones enteras lanzando unos polvos al espacio. Como sus estudios son secretos, no sabemos si el asma del abuelo procede de ahí. No sabemos qué virus son verdaderos o falsos.
El 40 % de los discos vendidos en el mundo son piratas, es decir, falsos, pero no hay modo de distinguirlos de los verdaderos. Ocurre lo mismo con los virus. Muchos de ellos son piratas, pero, al contrario de los discos, no están hechos ni distribuidos por las mafias, sino por los poderes legalmente establecidos. Socorro.
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2.751 – Caperucita Roja…
2.750 – La gente joven…
2.749 – Los que esperan
Bienaventurados los que esperan a que pase al fin su tren, sentados en un banco, contando las baldosas del andén, en la estación equivocada.
Bienaventurados los que esperan que ella vuelva, pese a todo. Los que esperan a que suene el teléfono, a que se abra la puerta, a que llegue la ansiada carta.
Y también los que esperan en los corredores encerados de los hospitales, ante las puertas de los quirófanos, en el umbral de los comedores sociales. Los que esperan ver su nombre en una lista en la pared, o a que se pronuncie el fatal diagnóstico.
Bienaventurados los que cuentan los días, las horas, los minutos. Los que esperan a que todo acabe, o que todo empiece.
Aguardan su turno, el momento que les pertenece. Aguardan la guinda, el gol en la prórroga, el cromo que completa el álbum. Y la caricia que les fue negada, el paraíso prometido a otros. Aguardan el final del cuento, lo que les deben, lo que se merecen: la parte mejor de la mejor parte.
Bienaventurados también los que nada esperan ya. Malgastaron sus ilusiones en la penumbra de la sala de espera de su adolescencia, planeando con detalle hermosos viajes que jamás emprendieron. Desde entonces habitan los mapas, los proyectos, los sueños: alerta siempre, listos para saltar la valla. Decididos a averiguar por sí mismos, de una vez por todas, a qué carajo saben las perdices.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.748 – L’école du regard
El ojo de la cerradura controla mis entradas y salidas. El ojo electrónico registra mis más mínimos gestos. El ojo de buey vigila mis navegaciones. El ojo de la aguja, al hilvanarlos, espía mis pensamientos. El ojo del amo me engorda. El ojo de bife escudriña mis vísceras. El ojo clínico calibra mis falencias. El ojo de la papa me abraza en sus tentáculos. El ojo del huracán me acecha. A ojímetro son medidos mis pasos y determinada la distancia que me queda por recorrer.
Furioso y fijo en mí, el ojo de Dios ni parpadea.
Luisa Valenzuela
Juego de villanos. Thule Ediciones S.L. 2008
2.747 – Sobre los celos
Desdémona se hace la ofendida, llora, patalea, pero no le pregunta a Otelo por qué está celoso. Se me dirá que para permitirle a Shakespeare los cinco actos de una tragedia. No voy a examinar un argumento tan pueril. La razón de la extraña conducta de Desdémona es otra. Se siente halagada por los celos de su marido y de algún modo se los estimula. Sabiéndose inocente, está segura de que no le ocurrirá nada malo. Toda mujer, aún la más fiel, aspira a excitar los celos del hombre que la ama: esa es, la señal de su propio valor. El hombre, pues, debe mostrarse discretamente celoso, pero sin caer en la trampa en la que cayó Otelo.
Marco Denevi
Falsificaciones. Thule ediciones S.L. 2006
2.746 – El insuperable arte de Ma Liang
Ma Liang fue un legendario pintor chino cuya imitación del mundo era tan perfecta que podía transformarse en realidad con la pincelada final. Un Emperador le exigió que pintara el océano y en él se ahogó con toda su corte.
Para superar el arte de Ma Liang, occidente inventó la fotografía y después el cine, donde sobreviven los muertos repitiendo una y otra vez los mismos actos, como en cualquier otro infierno.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
2.745 – Hipótesis de Borel
Después de incontables generaciones de monos golpeando teclas al azar durante miles de años, uno de ellos consigue por fin escribir El rey Lear. Hace tanto tiempo, sin embargo, que el idioma inglés fue completamente olvidado, que los sucesores del experimento no encuentran lógica alguna en aquel mazo de papeles y lo arrojan sin vacilar a la trituradora.





