3.046 – Eros y tábanos

Carmela Greciet  -Llévame a los acantilados- le pidió su novia al empleado de la funeraria.
Él, complaciente, arrancó el coche fúnebre y atravesaron la ciudad rumbo a la costa.
Ya habían rebasado las afueras, cuando ella se quitó la blusa:
-Te espero ahí detrás- dijo, pasando entre los asientos. A la luz del atardecer sus senos oscilaron como dos frutos cálidos.
Durante las obligadas esperas del trabajo, había ido él desgranando con disimulo ramos y coronas de los difuntos transportados aquel día, dejando la carroza funeraria convertida en un lecho de flores.
Ahora, en el retrovisor, mientras ascendían por las estrechas carreteras, la contempló allí tendida, desnuda toda ya, sonriente, bellísima, con sus largos cabellos esparcidos…, pero cuando llegaron a lo más alto vio con sorpresa que a ella se le mudaba el gesto y empezaba a gritar dando manotazos:
-¡Tábanos, hay tábanos! – se podía oír su zumbido oscuro y pegajoso.
De inmediato, paró el coche y se bajó con intención de abrir el portón trasero para liberarla, pero sólo pudo esbozar un ademán ridículo en el aire, pues se había olvidado de echar el freno de mano y el vehículo con ella dentro se le estaba yendo, se le había ido ya, de hecho, ladera abajo.
Y aunque corrió detrás para alcanzarla, apenas tuvo tiempo de ver tras el cristal su bello rostro aterrado y, después, al fondo del abismo de la noche, contra las rocas del acantilado, aquel estallido colosal de fuego y flores.

Carmela Greciet

3.043 – Parábola de los dos ejércitos

manuel Moyano2   El sastre del Rey concibió el ardid de vestir a sus soldados con la misma indumentaria que empleaban las tropas enemigas. llegada la batalla, el desconcierto fue general: ningún arquero se atrevía a disparar sus flechas por temor a matar a alguno de sus compañeros; cuando ambos ejércitos chocaron, nadie osó desenvainar su espada. Finalmente, la contienda se saldó sin una sola baja. Muy irritado por este hecho, el Rey Enemigo ordenó que todos sus hombres acudieran al día siguiente al campo de batalla con la cara tiznada de hollín: de este modo, podrían fácilmente reconocerse entre sí y distinguirse de sus contrincantes. Sin embargo, nada más amanecer, el cielo descargó un fenomenal chaparrón que lavó sus rostros: tampoco esta vez hubo bajas. Tras montar en cólera, el Rey Enemigo resolvió que sus soldados lucharan desnudos. Como era invierno, el frío paralizó sus miembros y, desprovistos de toda protección, sucumbieron fácilmente. El Rey Enemigo perdió su reino. Esta antigua historia, extraída del Libro de los Monarcas de Erúnide (c. 1020), esconde sin duda alguna moraleja, pero hasta hoy nadie ha sabido desentrañarla.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

3.042 – Los descubridores

Humberto-Mata  Cierta vez- de eso hace ahora mucho tiempo- fuimos visitados por gruesos hombres que desembarcaron en viejísimos barcos. Para aquella ocasión todo el pueblo se congregó en las inmediaciones de la playa. Los grandes hombres traían abrigos y uno de ellos, el más grande de todos, comía y bebía mientras los demás dirigían las pequeñas embarcaciones que los traerían a la playa. Una vez en tierra –ya todo el pueblo había llegado-, los grandes hombres quedaron perplejos y no supieron qué hacer durante varios minutos. Luego, cuando el que comía finalizó la presa, un hombre flaco, con grandes cachos* en la cabeza, habló de esta manera a sus compañeros: Volvamos. Acto seguido todos los hombres subieron a sus embarcaciones y desaparecieron para siempre.
Desde entonces se celebra en nuestro pueblo –todos los años en una fecha determinada- el desembarco de los grandes hombres. Estas celebraciones tienen como objeto dar reconocimiento a los descubridores.

Humberto Mata
Imágenes y conductos (Caracas:Monte Avila, 1970. En: Brevísima Relación. Antología del microcuento hispanoamericano. Santiago: Mosquito, 1990).

*Cachos: Cuernos

3.041 – Vacaciones

lola sanabria  Hace años íbamos a la playa: Virginia, la niña y yo. Nos hartábamos de sol y agua y volvíamos morenos y relajados. Cuando la niña se casó y se fue a vivir a una ciudad costera, comenzamos a pasar las vacaciones en su apartamento. El binomio suegros-yerno nos devolvía a casa más cansados. Después vino la nieta y ahora el nieto.
Escapamos de noche, sin avisar, tras diez días de infierno. Virginia se ha encerrado en su despacho. Yo en el mío. Cada uno repantingado en su sillón, con las persianas echadas, el aire acondicionado puesto y los teléfonos desconectados.

Lola Sanabria

3.040 – Chuang Tzu

manuel Moyano2  Soñé que me convertía en una silla y que me veía obligado a soportar durante todo el día el peso de una enorme señora haciendo calceta. Cuando desperté me dolía muchísimo la espalda, y no hubiera sabido decir si era un hombre que había soñado ser una silla o, por el contrario, una silla que ahora soñaba ser un hombre.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

3.039 – El día siguiente

Genny-chavez  El día estuvo extraño con un sol cálido y una brisa estacionada, las flores del jardín no abrieron, como si supieran que ya no estaría él para admirarlas.
En la cocina los trastes, en perfecto orden, parecían temer que yo fuera a echar a perder una tarea que nunca más será repetida por las mismas manos.
Salí despacio sin tocar nada.
En el baño, dejó su recuerdo en cada espacio.
Ahora, mientras el agua me recorre el cuerpo en un intento por lavar la angustia, no puedo quitar la mirada de una toalla que quedó olvidada.
Pienso que también la gente que muere debería de hacer equipaje.
Son tristes sus cosas abandonadas.

Genny Guadalupe Chávez Rodríguez