3.102 – Cronología

Ruben Abella  A las dos de la mañana Isabel llegó a casa. A las dos y un minuto su padre la interceptó en el pasillo y le echó la reprimenda de siempre, rematada esta vez con un comentario inédito: «Y si no te gusta, ahí tienes la puerta». A las dos y trece Isabel cogió la puerta y se fue. A las dos y veintiocho entró en la estación de Chamartín, consultó una pantalla y se enteró de que el próximo tren no salía hasta las seis. A las tres menos veinticinco se acurrucó en un banco y trató de dormir. A las cinco y media abrieron la ventanilla: Isabel se acercó a comprar el billete, pero al ir a pagar se dio cuenta de que no llevaba dinero encima. A las seis menos cinco se subió al tren de todos modos. A las siete menos diez el revisor la obligó a bajarse en Villalba. A las siete prosiguió su huida a pie. A las ocho y cuarto las rozaduras de los zapatos la hicieron detenerse a la entrada de Galapagar. A las ocho y diecinueve un hombre se acercó a ella, la miró de arriba abajo y le preguntó cuánto cobraba por un ratito de amor. A las ocho y media Isabel entró en una cabina telefónica, llamó a casa a cobro revertido y, rompiendo a llorar, suplicó a su padre que viniera a recogerla.

Rubén Abella

3.098 – La sopa

jj millas2  Me compré en la Feria del Libro un diccionario de citas y estoy asombrado de la cantidad de sentencias trascendentales excretadas por la humanidad a lo largo de su historia y de lo poco que nos han servido. Pero lo que más me extrañó fue no dar con la frase «la sopa está fría». .O su contraria: «La sopa está caliente». Crecí oyéndoselas a mi padre y no he olvidado el fatalismo con que las pronunciaba. Quizá no pretendía tanto culpar a mi madre de la situación como constatar un hecho objetivo, pero trágico: como cuando te asomas a la ventana y dices: ha habido un terremoto.
De ello deduje a muy temprana edad que la sopa sólo puede estar fría o caliente, o sea, que carece de estados intermedios. Siempre que las personas moderadas intentan explicarme que en la vida no todo es blanco o todo negro, sino que entre ambos hay una gama de grises, yo contesto: «Sí, sí, de acuerdo, pero la sopa sólo puede estar fría o caliente». Y si no se convencen añado que a su vez puede tener pelo o no tener pelo. Sería absurdo decir: esta sopa tiene muchos pelos. O pocos pelos: basta con que tenga uno para que sean muchos. Se demuestra de este modo que la sopa es un alimento muy radical en el que con frecuencia me veo reflejado.
Pues bien, no di con estas máximas fundamentales. A decir verdad, la sopa es muy poco citada, aunque encontré una frase de Hemingway que merece la pena: «Un idealista es un hombre que, partiendo de que una rosa huele mejor que una col, deduce que una sopa de rosas tendría también mejor sabor». Se trata de una cita excelente: lo malo es que viene en el apartado de ideales porque ni siquiera hay una sección de sopas. Un error: uno ha aprendido a leer con la de letras, y gracias a ello todavía es capaz de distinguir una palabra fría de otra caliente. Tomen nota los autores.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.096 – Desenlace

Ruben-Abella-copia  Tras décadas de rencor enquistado, malas pasadas y aborrecimiento mutuos, Landelino Ortega murió y, para asombro de sus seres queridos, Pepe Villa se presentó en el funeral con una corona de flores, sollozando como un viudo estragado.
Por la noche se bebió dos botellas de orujo en el bar Oasis. Antes de perder la lucidez, le dijo a Virgilio que no había querido ofender a nadie yendo a la iglesia. Pensara lo que pensara la gente, su dolor era sincero.
—Porque sin el odio —confesó con los párpados a media asta, en los instantes previos al desplome—, ya no tengo excusas para seguir viviendo.

Rubén Abella

3.092 – Se traspasa

xenia   Mi madre fue, durante más de una década, la librera del barrio. Dicen que desfalleció una noche por vivir tantas historias ajenas. Husmeaba con esmero cada libro que llegaba a sus estantes, manoseando desgracias de muertes y amores como si fueran propias. Palpitando con ellas. Rezumando palabras advenedizas.
Cuentan en el vecindario que su negocio nunca dio más que para pagar las deudas, pero jamás lanzó un lamento que sirviera de argumento a mi padre para cerrarle el local. Ella leía de día y de noche en la soledad de aquel cuartucho, tal era su desmedida afición por las palabras. Hasta que un día, cansada de descifrar siempre los mismos finales imaginados, comenzó a arrancar las páginas más predecibles y reescribirlas. Descubrió con esta práctica la forma de descuartizar rutinas.
Desde entonces la recuerdo sobre el taburete de la librería deshojando desenlaces de novelas, mezclando tramas policíacas con surrealistas; confabulaciones románticas con giros de terror. Una noche, mientras destripaba su último ejemplar, desapareció. Desde entonces intenta mi padre traspasar el negocio, pero los libros continúan mezclando sus páginas huérfanas buscando finales imposibles y no conseguimos poner orden para atraer a ningún comprador.

Xenia García
http://www.xeniagarcia.com/

3.089 – Esperanza

jesus-esnaola  No sabría deciros por qué, de tantos recuerdos, justo me viene éste, de jugar a indios y vaqueros, de él haciendo de indio con mucho respeto y seriedad y muriendo abatido por mis tiros, mi dedo índice humeando, y los del primo Toni y del Babas, el compañero de pupitre. No sé por qué justo pienso en lo bien que se moría el condenado, doblándose sobre el estómago, cayendo de rodillas, retorcido, hasta quedar muerto y bien muerto sobre la hierba del parque, inmóvil hasta que nos acercábamos y lo sacudíamos de los hombros y resucitaba sonriente, borrándonos un poco la cara de susto.
No sabría deciros, pero seguramente por el recuerdo venido, me acerco al ataúd donde descansa sereno, con las manos cruzadas un poquito por debajo del pecho y me inclino sobre él, me acerco a su oído y le digo, ya está bien de hacer el indio, y lo sacudo de los hombros, hasta que me detiene su hijo, ¿pero estás loco viejo chocho?, y después me siento a esperar, aunque creo que no quieren que me quede, para ver la cara que ponen, los demás, cuando se levante.

Jesús Esnaola Moraza
Los años de la lluvia

3.087 – El agua, 7

EspidoFreireP  El ahogado apareció días más tarde, hinchado, azulado, tumefacto. Su madre lloró por él, le dio un buen tirón de orejas, le mandó a la cama sin cenar y le riñó severamente por escaparse de casa sin avisar y meterse en peleas.

Espido Freire
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

3.085 – Fe, esperanza y caridad

luciano_g_egido

         —¿Hay un cielo, Nancy?
         —No lo sé. Creo.
         —¿Crees en qué?
         —No lo sé. Pero creo.
                                       WILLIAM FAULKNER

Antes de trasladarlo a un pueblo de la provincia de Zamora, don Manuel Bueno, nuestro cura párroco, no creía en Dios; pero les hacía creer a sus feligreses que creía para no desesperarlos más de lo que estaban. Sus feligreses tampoco creían; pero le hacían ver que creían para que él creyera que lo necesitaban.

Luciano G. Egido
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

3.084 – La visita

jose jimenez lozano  La única que dio la mano al director general, cuando vino a ver las chabolas, fue la señora Margarita, que estaba recogiendo la colada para que el director general no viese allí ropa tendida. Pero, de repente, paró un coche y casi no la dio tiempo a nada, aunque ya tenía recogida toda la ropa menos dos o tres pañuelos precisamente, que uno estaba un poco deshilachado.
—¿Cómo está usted? —dijo el director general que se bajó del coche como una exhalación.
—¡Bien! ¿Y usted? —dijo ella.
—¡Bien! —dijo el director general.
—¡Pues me alegro! —contestó ella.
Y, luego ya, el director general se puso allí a mirar unos planos con los que venían con él y, mientras la gente se fue acercando, ya había acabado de mirar los planos y de echar las miradas que echó al terreno donde estaban las chabolas, y dijo:
—Ustedes tendrán casa. ¡Y pronto!
Y se montaron todos en el coche, y se fue. Así que todos se acercaron a la señora Margarita para preguntarla qué es lo que la había dicho el director general, y ella dijo:
—No, nada, sólo me dio la mano.
—¿Y cómo tenía la mano? —la preguntaron entonces.
—¡Pues fría, ya veis! ¡Y como el asperón!
Y no la querían creer.

José Jiménez Lozano
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

3.082 – Cuando cerraron el Salón Parisiana

oscar_esquivias  Cuando cerraron el Salón Parisiana, se hizo almoneda de todos sus enseres. Salieron a bajo precio los telones, las lámparas, los apliques, las mesitas, los vestidos de las cupletistas, la vajilla, la preciosa cafetera de cobre… Hasta se arrancaron los zócalos de mármol y se vendieron por metros. Aquel coronel retirado, que había pasado muchas horas muertas en el local tiznando su alma y sentía una gran pena por su clausura, se hizo con un espejo de vestir y se lo regaló a su señora, sin indicarle la procedencia. Ella, muy feliz por aquel arranque tan inusual de su marido, lo colocó en la alcoba. A partir de entonces, empezó a rechazar su antiguo vestuario: todas las faldas le parecían demasiado severas y feas y ningún escote hacía justicia a su hermoso pecho. Le tomó gusto a vestirse de colores, a cargarse de joyas, a buscar los sombreritos más atrevidos. Pronto circuló la especie de que la coronela tenía un lío con un mozo de cuadra (decían unas lenguas) o con un rejoneador (aseguraban otras). Lo cierto es que fueron decenas los jóvenes que se desbravaron entre sus muslos. Ella era ahora alegre, cantarina y muy, muy cariñosa.
Todo acabó cuando el coronel quebró la luna e hizo astillas el marco de aquel espejo ante el que tantas veces se desnudaron las alegres chicas del Salón Parisiana.

Óscar Esquivias
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012