El matrimonio de Rosalía y Pedro hubiera sido perfecto de no ser porque Pedro se negaba a viajar. Se excusaba diciendo que ya lo había visto sin necesidad de salir de casa, pues la televisión, el cine, los periódicos se lo habían mostrado en exceso. Pero tanto insistía Rosalía que fueron varias las ocasiones en que hicieron las maletas. En una, recién llegados a París, un niño se acercó corriendo a Pedro y le llamó repetidas veces papá. En otra, visitando una pequeña ciudad de Inglaterra, una niña hizo lo mismo, llamándole daddy. Y, claro, ya no hubo forma de sacarlo de casa, pues ahora Rosalía era la primera que se negaba.
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3.489 – Hay amores que matan*
Ante lo sublime del paisaje él sintió la necesidad de expresar sin palabras lo que resonaba en su corazón desde que la conoció. Estaban en lo más alto del monte, a sus pies se encadenaban los lagos y frente a ellos, tras los lagos, la cordillera se erguía majestuosa y nevada.
Él buscó por el suelo rocoso alguna mínima flor, no digamos ya un edelweiss, y sólo encontró una varita de plástico verde flúo, de esas que se usan para revolver el trago. Se la brindó a ella como una ofrenda: es mágica, le dijo.
Y ella, que compartía sus sentimientos, la aceptó como tal y para demostrárselo elevó la varita mágica en el aire y con gracioso gesto señaló el pico más alto que asomaba inmaculado a través de las azules transparencias pintadas por la lejanía.
—Quiero una mancha roja allá, conminó.
Y ambos rieron.
Quien no pudo reír en absoluto fue el alpinista solitario que perdió pie en ese preciso instante y se desplomó sobre las afiladas aristas del barranco, poniendo una mancha roja precisamente allá, en el pico más alto.
Allá donde ni los dos enamorados ni nadie lograrían jamás verla.
*Para Claude Bowald
Luisa Valenzuela
Más por menos. Sial Ediciones.2011
3.488 – El mundo
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
Eduardo Galeano
Más por menos. Sial Ediciones.2011
3.487 – Una sola vez capan al gato
El torturador lo sujetó del brazo para que las piernas no se le doblaran y el muchacho pudiera salir sobre sus propios pies del cuarto de los interrogatorios. Luego el muchacho quedó tendido en la banca de la prevención pensando en las caras de brazos remangados soltando golpe tras golpe y ahora nos dices todo lo que sabes y te vas tranquilo, y les juro que no sé nada, que yo nunca me he metido en política. Y respondía así, no porque pretendiera ocultar ningún secreto, sino sencillamente porque ésa era la verdad, de ahí que ni siquiera intentara esconderse cuando la guardia de asalto entró a la Universidad y se lo llevó junto con los otros, pese a que él dijera yo no tengo nada que ver, éstos son mis libros. Y después el dolor de la tortura como una marca para toda la vida. Y ya libre, otra vez en la Universidad, y recibiendo el abrazo de los amigos y aceptando inscribirse en el grupo más recalcitrante, pensando que una sola vez capan al gato, y si esto lo hubiera hecho antes no me habrían dado los golpes que me dieron, porque ahí sí habría tenido qué responderles cuando me interrogaban.
Jorge Díaz Herrera
Más por menos. Sial Ediciones.2011
3.486 – Enamorado
3.485 – Colorín colorado
3.484 – El pelado
Por fin ha nacido la criatura. Ese ser de menos de tres kilos la tiraniza. No comprende su afán de fruncir la cara morada para destaparse la nariz. La maneja con el llanto, el sueño cambiado y los cólicos intestinales. El odio y el miedo, sus dos grandes compañeros, la invaden, la marean. Creía que, expulsándolo, mermarían la angustia y el peso entre las piernas. Cambió por el ardor del tajo recosido, los entuertos y la casi muerte, con las piernas colgadas como cristos. Y ahora él, ahí, para siempre, metido en su intimidad y a su merced. Demasiado. Los dos, atados al mundo por casualidad y expulsados por el ogro del palacio. Solos de toda soledad. Con ese desamor cuando se miran. Le pasa un dedo por el cráneo lampiño, aún abierto.
Cristina Elda Nieto
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010
3.483 – La solidaridad está de moda
Aunque trabajan a pocos metros nunca han cruzado palabra. Un mundo las separa. Pilar, dueña de una boutique, siempre viste de marca y cualquiera de sus complementos conlleva un nombre con muchos ceros. En el caso de María, hablar de trabajo parece ofensivo. Ataviada con vestido azul, pañuelo rojo, y deportivas, mendiga ayuda.
Desde que el lunes Pilar reparó en María vive mortificada. Ayer, intentando calmar su conciencia se acercó, le entregó una bolsa y, sin intercambiar palabra, se marchó. Hoy cada vez que Pilar ve a María con su nuevo pañuelo azul sonríe orgullosa. ¡Ahora sí va conjuntada!
Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ediciones de Baile del Sol. 2016
3.482 – Eructando
Alguien dijo que todos estamos de antemano condenados a muerte y que la vida no es más que una espera del momento ignorado de la ejecución. Todas las noches duermo ojo avizor, porque he visto muchas películas y sé cómo suceden estas cosas… por lo menos en América. De repente se abre la puerta de la celda y aparecen los guardias, un capellán, el director de la cárcel… Te ofrecen antes un buen menú, y yo lo tengo ya pensado. Agua mineral sin gas, desde luego. No me veo eructando en la cabina de cristal, ante los ojos de los curiosos, mientras me colocan esos aparatos para la descarga eléctrica; o esperando a que salga el gas…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.481 – Los espejos
Estaba soñando que la perseguían, como cada noche de esa semana y, como cada vez, se dio cuenta de que era una pesadilla. Así que repitió el método que la había regresado tantas veces al alivio de la vigilia: mirarse en un espejo y pronunciar su nombre. Despertó pero no reconoció las sábanas ni las paredes, ni al hombre que dormía a su lado. Algo había salido mal, había que volver a dormir; regresar y abrir otra puerta. Después de encontrar otro espejo y repetir las letras de su nombre, y otro espejo, y otro, y otro más, y de despertar siempre en una cama que no era la suya, entre paredes y unos brazos jóvenes y musculosos, se resignó a vagar entre los inextricables muros del sueño.


