Uno arranca el cuchillo y queda el suspenso de la carne que aún no sabe de la herida. Es el único instante de inocencia: el cuchillo ha sido clavado y retirado y la carne queda boquiabierta un segundo antes de empezar a sangrar y manifestarse.
Categoría: General
1.085 – El discurso
«Seré breve», dijo el homenajeado, levantándose de la mesa. Algunos bisbiseos trataron de acallar a los comensales, que ajenos a lo que sucedía charlaban animadamente. El homenajeado, en pie, esperó pacientemente. Las charlas continuaban. Molesto y cariacontecido se volvió a sentar y continuó comiendo su postre. Casi nadie se apercibió del hecho.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
1.084 – Obcecación
Entre ir al cielo o quedarse en casa, prefirió esto último, a pesar del poder de la propaganda en contra, y del hecho de que en su casa había goteras y muchas y muy variadas privaciones.
Pere Calders
1.083 – Despedida
Hasta la próxima, dijo él con ojos de recién enamorado.
Hasta el próximo, dijo ella sonriente con los billetes en la mano.
Daniel Sánchez Bonet
Finalista cuarta semana de noviembre del Concurso de microrrelatos Radio Castellón Cadena SER 2011
http://microrrelatoapeso.wordpress.com/2011/11/28/despedida/
1.082 – Ensayos
Repaso sus ropas, las plancho, las doblo, les introduzco caramelos en los bolsillos del pantalón. Coso el ojo al hipopótamo, los lunares a la mariquita, la estrella a la varita del hada madrina. Les preparo macarrones con tomate, arroz, croquetas, albóndigas y hamburguesas. Lo guardo todo en tupers etiquetados, dentro del congelador. Dejo leche y pan con chocolate sobre la mesa de la cocina, para la merienda. Escribo con mayúsculas una nota de despedida y la sujeto con un Bob Esponja a la puerta del frigorífico. La última vez llegué hasta la estación, tal vez hoy pueda coger ese tren.
Lola Sanabria
1.081 – Defensa propia
Antes no me pegaba. Me gritaba, me insultaba y rompía cuanto estuviese cerca. Como esa puerta. ¿La ve? Era un infierno, pero no me pegaba.
Hasta hace tres años, que me dio el primer puñetazo y me rompió la quijada. Justo aquí. ¿Lo nota? Sí, me pidió perdón en el hospital, pero desde entonces cada vez fue peor. Se enfadaba antes y los golpes eran más duros.
No, nunca me defendí y nunca lo denuncié; a pesar de lo que me aconsejaban las tres amigas que tengo. Una sabe que las vergüenzas no hay que airearlas.
Por eso hoy puso una cara de incredulidad como nunca le había visto, cuando lo encañoné con la escopeta de mi difunto.
¿Lo último que me dijo? «Te faltan huevos para disparar, mamá».
Pedro Sánchez Negreira
http://entrenuncayquiensabe.blogspot.com/
1.080 – Alimentos del mar
Le gustan los calamares y los erizos, en Chile ha probado los locos y las vieiras, en Shangái aceptó encantado una medusa helada que sus anfitriones le enseñaron a comer con cucharita, ha saboreado el krill en omelettes no muy cocidos, los pepinos de mar en Indonesia, todas las variedades de algas japonesas y sin embargo algo se rebela en sus entrañas, que se niegan esta vez a retener los canapés guarnecidos (ojalá no lo hubiera sabido) con una rodajita de sirena en lata.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida.. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.079 – Pie de página
Escribí la novela para que, al leer la dedicatoria, Elena comprendiera su crueldad de dieciséis años. No buscaba una excusa, una explicación, que también. Pretendía que me supiera vivo, incluso asumiendo su orgullo como artesana de la herida perfecta.
Alguien me dio la noticia en la caseta de firmas.
Sentí, primero, alivio. Su imagen sería para siempre la que recordaba, sin facturas del tiempo. Sentí, luego, pena y sensación de tiempo perdido. ¿Qué me importaba quien leyera aquellas páginas ahora que su destinataria ya no existía? Un sueño largo y roto, una venganza inconclusa.
La misma persona me dijo: has triunfado, al fin.
Miré la pila de libros que me rodeaba, la hilera de rostros esperando mi firma a pie de página, y supe que el hombre tenía razón, y gocé el triunfo de la inutilidad perfecta.
Julio Riquelme
1.078 – Lo que pudo ser
A ella le hubiera gustado su nariz porque parecía tallada con un cuchillo viejo, un poco desafilado, que no servía para tallar. A él le gustaba el coñac. De ella le hubieran gustado las tetas y la forma de mirar, fuerte y distraída al mismo tiempo, como si desafiara a una persona invisible o ausente. Pero como no eran personajes de la misma historia, nunca llegaron a conocerse. Vaya usted a saber los amores que nos perdemos cada día por culpa de nuestro autor.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Páginas de espuma, 2009
1.077 – Buena voluntad
Créeme, de ayer no pasa que yo te quiera…