1.116 – Parásitos de los paraguas

 Lo peor no son los pequeños, los que son casi invisibles, los que se arrastran en fila por el mango, anidan en la contera, desovan en el varillaje y terminan a veces por perforar el paraguas con sus minúsculas deyecciones ácidas, allí donde la tela se ha desgastado por el uso. Entre los parásitos de los paraguas, lo peor son los grandes, aquellos que los fuerzan a dejar sus hogares cálidos y secos, los abren brutalmente a la intemperie, los exponen sin piedad a las peores lluvias.

Ana maría Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Páginas de espuma, 2009

1.115 – Los hados propicios

 La mañana era sucia y medio lluviosa. Ahora daba vueltas a su café sobre el mostrador de zinc de un bar perdido en cualquier calle. La noche había sido sudorosa y larga, llena de sueños trabados y vueltas en la cama, y otra vez se le había metido dentro esa bruma amarga que le impedía pensar con claridad y lo convertía a sus propios ojos en la figura solitaria de una gris acuarela. La tristeza se le atrincheraba dentro y le faltan las fuerzas para hacer frente a los días, vencido prematuro, propenso a morir.
A través de las cristaleras vio de repente a una mujer joven y bellísima. Debía de estar embarazada de seis o siete meses y su mirada estaba hecha de luz. Pensó por un instante que todo valdría la pena si la tuviese a su lado, envidió con todas sus fuerzas al padre de aquella criatura que crecía en su vientre, bajo el vestido azul.
La muchacha parecía caminar en busca de algo. Cuando lo vio en el interior del bar se acercó hasta él, que, sentado en lo alto del taburete, sintió un temblor en su corazón. «Otra vez lo has hecho, cariño, no te tomas las pastillas que te dio el doctor para la amnesia, te largas por ahí sin dejar aviso, un día de estos te perderé».

Carlos Castán
(Del libro Sólo de lo perdido)

1.114 – Desnudo

                                      Lo más profundo del ser humano es la piel.
                                                                                         Paul Valery

  Le dije: «Desnúdate». Y ella me dijo: «¿Tan pronto?». Y yo le dije: «Entiéndeme; lo que quiero decirte es que me hables de ti». Y ella me dijo: «Entonces, mejor será que me desnude».

Luciano G. Egido
(Cuentos del Lejano Oeste, ed. Tusquets. 2003)
http://es.wikipedia.org/wiki/Luciano_G._Egido
http://www.lecturalia.com/autor/1019/luciano-g-egido

1.113 – El inmovil

 Amó con pasión desmedida a una estatua. Fue un juego de caricias y deseos. Para hacerse igual a ella, permanecía silencioso y quieto, esperando de este modo entenderse mejor con aquella figura apasionante. Si al menos -pensaba- las palomas retuvieran el vuelo sobre mi cabeza, o la yedra se enredara a mis pies, o un loco estudiante dibujara grafitos demagógicos en mi espalda, o un niño brutal me destrozase de un pelotazo la nariz, sabría que estoy en el buen camino de ser estatua, de ser correspondido.

Rafael Pérez Estrada
El ladrón de atardeceres

 

1.110 – Centrifugado

 La cabeza del hombre que amó da vueltas en el interior de la lavadora, acompañada de una colada de desquiciadas bragas viejas. Ella sonríe cuando se encuentra con sus ojos de ahogado iracundo anegados de jabón, al otro lado del bombo. Ya verás cómo pronto se te pasa el enfado, amor, le dice mientras añade un cazo de suavizante aroma frescor de primavera y programa media hora más de centrifugado.

Patricia Esteban Erlés
Por favor, sea breve 2. Ed páginas de espuma

1.109 – Infusiones

 Todas las mañanas, discuten por cualquier cosa. Si ella prepara té, él quiere café. Si sirve café, él lo encuentra demasiado dulce, frío o muy pequeño, o se le antoja con leche, o prefiere que le cebe un mate. Pero, a partir de hoy, ella no quiere discutir más. Satisfará obedientemente todos los gustos de su esposo en el desayuno. Total, cualquiera de las infusiones servirá para esconder el sabor del veneno.

Martín Gardella
http://www.cuentosymas.com.ar/blog/?p=8146

1.108 – Diestro y siniestro

 Esta es la historia de dos hermanos siameses, irremediablemente unidos por el costado. Diestro, el hermano bueno, ocupa la parte derecha del cuerpo doble. Siniestro, de perversa índole moral, la parte izquierda. Movido siempre por impulsos malévolos, Siniestro cometió desde niño múltiples fechorías, llegando a convertirse con el tiempo en un delincuente de renombre. Por su parte, Diestro no tuvo otro remedio que hacerse abogado, a fin de atenuar los problemas de su pérfido hermano con la justicia y garantizarle en todo momento una defensa consistente. La destreza como letrado que Diestro desplegaba ante los tribunales pronto le otorgó fama mundial. Por difícil que fuera el caso, todo delito fraterno quedaba finalmente impune. Hasta que un mal día, Siniestro intentó estrangular a Diestro con su único brazo, movido por la envidia. “Síndrome de estrés agudo”, alegó Diestro en el juicio.
De nada sirvió. Actualmente comparten celda.

Javier Puche
http://puerta-falsa.blogspot.com/2008/10/diestro-y-siniestro.html

1.107 – En la cárcel

 He sido conducido al locutorio porque tengo una visita sorpresa, según me ha adelantado el funcionario. A través del cristal, observo un bello rostro adornado con una sonrisa. Es una muchacha joven, esbelta, con unos ojos claros… «¡Hija mía!», musito. Hace quince años que no la veía, que no quería verme. Y ahora está aquí. En unos segundos acuden a mi mente bellos recuerdos en tropel. Cuando la tenía amorosamente en brazos y me pedía la Luna, y yo le daba la Luna. El día que la llevé a la escuela por vez primera, con su batita blanca, su lazo y su pelo rubio recogido en una graciosa coleta. Lloraba tanto ante la puerta que nos volvimos a casa. Mi mujer se indignó conmigo y tuve que llevarla de nuevo. De repente, unos leves toques del funcionario en la espalda me hacen volverme. Me indica que no estoy en el locutorio adecuado y que esa muchacha no es mi hija. La que ahora tengo enfrente, con gafas y gesto fruncido, no me aviva recuerdo alguno.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010