1.632 – Las cosas que se quieren perder

 2003 Sundance Film Festival - "Mondays in the Sun" - Portraits Los objetos con más tendencia a perderse son los relojes regalados por alguien muy querido y las cadenas de oro. También las carpetas con apuntes manuscritos en los días anteriores a un examen, nuestro rotulador rojo favorito y las llaves de casa, aunque éstas tiendan a hacerlo sólo de manera temporal.
Resulta llamativo también el empeño en ser olvidados en los taxis que muestran los paraguas en los días de lluvia y las bufandas al comenzar el invierno. Las gafas de sol de óptica, por el contrario, manifiestan una mayor disposición a perderse en los meses de más calor.
A día de hoy parece probado que existe una relación de proporcionalidad directa entre la importancia de los objetos y su tendencia a desaparecer: el número de teléfono de una mujer de ojos oscuros, anotado al vuelo en un ticket de compra en la cola de unos grandes almacenes, tendrá más posibilidades de no ser encontrado jamás cuanto más diáfana sea la claridad con la que creamos haber visto en ellos a la mujer por la que daríamos, llegado el caso, nuestra vida.
También las personas muestran en ocasiones tendencia a perderse. En especial los niños, porque aún desconocen la rutina, y los viejos, porque la quieren olvidar.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

1.631 – Furtivo amor

Pedro Herrero_110921 En la calle donde vivo hay un chico que me gusta. Él quizás no se ha dado cuenta aún, pero yo lo sé desde que su padre me invitó a su fiesta de cumpleaños cuando todavía éramos chiquillos. Lo he sabido siempre, aunque luego cambié de colegio y dejamos de ser compañeros en clase. Aunque apenas coincidíamos por el barrio, salvo cuando él y su padre bajaban a tirar la basura, casualmente a la misma hora en que yo llegaba del instituto. Aunque sólo de vez en cuando, en el supermercado (siempre acompañando a su padre, ¡maldita sea!) cruzábamos unas palabras. No me extraña que nunca se haya fijado en mí y que no haya sabido interpretar las escasas miradas furtivas que he podido dedicarle en todos estos años. Eso, al menos, es lo que pensaba hasta ayer, cuando finalmente hallé en mi buzón una invitación para ir a cenar a su casa. Y es lo que sigo pensando ahora, cuando he llamado a la puerta, y -tras decirme que el chico no está- me ha recibido su padre.

Pedro Herrero

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