Estaba hasta los átonos de sus tildes.
¿Cómo fue que su íntimo mundo de mutua admiración se transformó en aquel desolado universo de eterna interrogación? Mientras reflexionaba buscando alguna respuesta, meneaba la cabeza de un lado a otro, tratando de evitar la amenaza de su desquiciante dedo índice, erguido frente a sus ojos.
¡Para ya tus pies de página!, quiso gritarle. En cambio, bajó la voz, la cabeza y la razón. Suavemente suplicó:
— Por favor, no me hables con mayúsculas…
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1.651 – La huida
Desde la habitación de su hermanita oye a los abuelos que planean fugarse.
—Ponte el traje Damián, huyamos con cierta elegancia —la abuela mantiene sus prioridades.
—Me han dicho que es precioso —dice el abuelo—. Allí siempre es primavera, como a ti te gusta.
Oye cuchicheos, secretos susurrados que se deshacen en las paredes. Quizás besos. Le parece imposible que huyan porque su abuela está inválida, pero se equivoca, le sorprenden dos portazos que suenan rotundos. Primero se habrá fugado uno y luego el otro.
Ander Balzategi Juldain
Relatos en cadena. Cadena SER – Finalista del 21/2, semana 18
Ilustración: http://soulnoe.blogspot.com.es/2012/07/26-de-julio-dia-de-los-abuelos.html
1.650 – Anfibologías Cotidianas
1.649 – Gracias a la guerra…
1.648 – Un suicida risueño
Ocurre siempre igual. Cargo el arma. La alzo. La contemplo un momento de frente, como si tuviera algo que decirme. La dirijo a mi sien izquierda (soy zurdo, ¿por?). Respiro hondo. Aprieto los párpados. Arrugo el gesto. Acaricio el gatillo. Me noto húmedo el dedo índice. Descargo la fuerza poco a poco, muy cautelosamente, como si dentro de mí hubiese un escape de gas. Junto los dientes. Casi. El dedo se me dobla. Ya. Y entonces, lo de siempre: un ataque de risa. Una risa instantánea, brutal y sin razones que estremece mis músculos, me hace soltar el arma, me derriba del asiento, me impide disparar.
No sé de qué demonios se reirá mi boca. Es algo inexplicable. Por muy apesadumbrado que me encuentre, por muy lamentable que parezca el día, por convencido que esté de que el mundo sería más agradable sin mi molesta presencia, hay algo en la situación, en el tacto metálico del mango, en la solemnidad del silencio, en mi sudor cayendo en forma de grageas, yo qué sé, hay alguna cosa indefinida que, a mi pesar, me resulta espantosamente cómica. Un milímetro antes de que el gatillo ceda, de que la bala viaje a la semilla del descanso, mis carcajadas invaden la habitación, rebotan contra los cristales, corretean entre los muebles, desordenan toda la casa. Me temo que también las escuchan mis vecinos, que para colmo deducen que soy un hombre feliz.
Dedícate al humor, me sugirió un amigo cuando le conté mi tragedia. Pero a mí las bromas, excepto al suicidarme, no me hacen ninguna gracia.
Este problema mío, el de la risa, va a acabar con mi paciencia. Me avergüenza la euforia ridícula que me recorre el estómago mientras el arma cae al suelo. Cada vez que este contratiempo se repite, y aunque siempre he sido un hombre de palabra, me concedo una pequeña prórroga. Una semana. Dos. Un mes, exagerando mucho. Y mientras tanto, claro, procuro divertirme.
Andres Neuman
Hacerse el muerto. Páginas de espuma. 2011
1.647 – Imponderables
Nadie, en la escalera de vecinos de la calle Bermúdez 36, sabe que el inquilino del sobreático vive con una muñeca hinchable. Pero desde que la recibió en un paquete postal certificado, corre el rumor de que tiene una amiguita en casa. Lo aseguran quienes oyen voces inequívocas de pasión descontrolada a horas intempestivas, a pesar de que no hay constancia de que la joven en cuestión entre o salga del inmueble. Al inquilino del sobreático no le importan los rumores y cuando acude a las reuniones de la escalera corta en seco la lógica curiosidad de sus vecinos, que con mayor o menor discreción intentan husmear en su vida privada.
Todo controlado, pues, dentro de la relativa capacidad humana para vivir a salvo de imponderables. Porque el incendio reciente que ha sufrido el edificio, y que ha supuesto el desalojo temporal de todos los vecinos, está complicando un poco las cosas. Ante la policía, el inquilino del sobreático ha debido inventarse, primero una identidad, y luego un abandono que justifique la no comparecencia de su presunta pareja. Y los rumores de aquellos que se quedaron con ganas de conocerla apuntan ahora a la ausente como causante del desastre.
Todo descontrolado, pues, y amenazando la discreta resistencia humana para no venirse abajo por culpa de los imponderables.
Pero con un poco de paciencia las aguas volverán lentamente a su cauce. Cuando el solitario inquilino reciba la nueva muñeca que acaba de encargar, tendrá más cuidado de no exteriorizar alegremente sus emociones. Y por la orden de búsqueda y captura contra su antigua acompañante, decretada por la policía, no parece que valga la pena preocuparse demasiado.
Pedro Herrero
Texto incluído en la antología «Historias de portería» de «La Esfera Cultural».
http://www.humormio.blogspot.com.es/2012/10/imponderables.html
1.646 – Los adioses elegidos
En la estación de Vitebsk, entre un puesto pequeño de souvenirs y un estanco en el que venden tabaco para liar Occidental Fuerte, hay un comercio de despedidas. Allí, los viajeros solitarios eligen la que mejor se acomodará a su partida de acuerdo con su estado de ánimo y con sus posibilidades económicas.
Por una cantidad ciertamente razonable, en él se puede encontrar desde el apretón de manos formal y económico de un conocido reciente hasta el abrazo sincero de un amigo muy querido; también la despedida emocionada en el andén de una familia al completo, con sus abrígate mucho y sus llama cuando llegues, sus lamentos y su llanto inconsolable, en el que se empeñan a conciencia cinco intérpretes de sólida formación actoral y diferentes edades.
La despedida más solicitada es sin embargo el beso con abrazo prolongado de una bella enamorada. Su ternura susurrada deja en nuestra solapa un leve rastro de jazmines que tarda varios kilómetros en desaparecer. Promesas de inmediato reencuentro, juramentos de fidelidad y llamada diaria, se acompañan de los lógicos reproches por la indeseada partida, que conceden verosimilitud a la escena.
Por un insignificante suplemento, la enamorada caminará unos metros por el andén en paralelo al tren, con su mirada emboscada en la nuestra, pronunciando palabras de amor que no podremos escuchar, porque lo impedirá el traqueteo creciente del tren y la indudable emoción del momento.
El arrullo de los adioses elegidos acompaña a los viajeros buena parte del trayecto, reconfortando su sueño con una levemente dolorosa, aunque necesaria, sensación de desarraigo.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.645 – La camarera
Llegó a la gran ciudad y entró a servir en casa de unos respetables señores. Enviaba a sus padres, que vivían allá, en el pueblo, unos modestos giros postales que con los meses fue incrementándolos, gracias a la nueva ocupación que había encontrado como camarera en un lugar que no precisó muy bien en su carta. La alegría y orgullo de los padres por aquella hija tan buena y cariñosa sufrió un rudo golpe cuando recibieron una carta de un tribunal tutelar de menores notificándoles que su hija se hallaba bajo su custodia, tras haber sido detenida en una sala de fiestas, donde, al parecer, prestaba diversos servicios, entre ellos el de camarera. Cuando la enviaron a casa, su padre le propinó una brutal paliza y su madre la insultó y escarneció despiadadamente. Días más tarde desapareció y nunca más supieron de ella. El padre, de vez en cuando, se acercaba por la oficina de Correos, esperando encontrarse con algún giro postal a su nombre: en vano. Que fuera una prostituta era una desgracia, pero que se comportara tan egoístamente con sus pobres padres, no tenía perdón de Dios, repetía el hombre una y otra vez al funcionario que le atendía.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
1.644 – La fábula de un feo
Se despertó y aseguró que ya no era un hombre, sino una nevera.
No es fácil, no, de un día para otro, y para unos padres de mediana edad y talento, hacerse a la idea, advertir, que un hijo, su hijo, por muy feo que sea, ya no es un hijo, su hijo, sino que es, en su fábula, un electrodoméstico de cocina.
No es fácil, no.
A pesar de que éste se despierte y lo diga así, de seguido.
Todavía feo, sí, pero con tal convencimiento y afán que nadie en la casa osa llevarle la contraria.
En la casa y alrededores.
Nadie.
Y eso a pesar de la falta más que evidente de display: accesorio propio, indiscutible, en la fisonomía de cualquier nevera moderna, más allá de gamas y modelos. Y más allá, también, de la supuesta existencia o no -aunque esto ya serían conjeturas a falta de lo que dictaminase la autopsia- de compartimentos interiores, cajón de zona cero o huevera para los huevos.
Pero tal era la certeza del feo, su persistencia.
Incluso, por un instante, se escucha el ruido del compresor.
Prrp, prrp, prrp.
O algo así.
Serían sus tripas, ¿no?
Puta fábula.
Que en fin, que qué se le va a hacer.
Pues nada, seguir.
¿Y luego?
Tirar la vieja, enchufar al feo a la corriente, pegarle un imán, dos.


