1.674 – Juicio

angel olgoso 2  Aquel ciudadano no ha acusado de brujería a la mujer ante el Tribunal que habrá de torturarla porque creyera que negociaba carnalmente con Belcebú la ruina de su familia, ni porque la haya visto danzar hasta el amanecer en torno al Macho Cabrío, o amasar ungüentos con belladona y hojas de álamo y grasa de niño, o beber la leche de los jarros que reposan en los alféizares de las ventanas, ni siquiera para vengarse y que sus bienes sean confiscados, sino porque cuando los inquisidores busquen en su cuerpo la señal del Diablo (una heridita impía, un pliegue satánico, una pequeña pero obscena mancha, un lunar sacrílego) él podrá al fin contemplar desnuda a su vecina.

Ángel Olgoso

La máquina de languidecer. Páginas de espuma.2009

1.672 – Seguro de vida

alonso ibarrola El agente de seguros llamó a la puerta y con su insistencia y verborrea consiguió entrar y sentarse en el sofá del salón-comedor, junto al cabeza de familia. Éste, al principio escéptico y esquivo, se fue mostrando al rato, interesado en el asunto. El agente trataba de convencerle para que suscribiera una póliza «seguro de vida». Insistió mucho en el futuro de su mujer e hijos y en los peligros que ofrece la vida moderna -accidentes de coche, de avión, el cáncer, los infartos de miocardio, los ladrillos que caen de los tejados…- y tanto reforzó estos argumentos, describiendo un panorama tan negro para la presunta viuda y los presuntos huérfanos que, el hombre, en un momento determinado, prorrumpió en sollozos incontenibles. Alarmada, acudió su mujer a consolarle, al mismo tiempo que enojada gritaba al agente de seguros: «¿Qué le ha dicho usted a mi marido?». El agente, cabizbajo, se fue pronunciando confusas palabras…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.671 – El (Des)Encuentro

rosa martinez La sombra del ciprés se refleja en las nubes y tus pasos se van borrando del sendero perseguidos por un viento que inhala el polvo del camino. Te desabracé y la sonrisa se desdibujó en mi cara, mientras cierro los ojos para ver como te alejas sin dejar de mirarme…

Rosa Martínez

http://vanalaire.blogspot.com.es/search?q=La+sombra+del+cipr%C3%A9s
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1.669 – Inexplicable

Muñoz Rengel  Tenía dos hijos gemelos, idénticos. Ella los vestía con la misma ropa, y les preparaba simétricos desayunos cada mañana. Ellos se comportaban de la misma manera y parecían tener una única personalidad. Los dos sacaban las mismas notas en el colegio, se magullaban la misma rodilla —el mismo día, a la misma hora—, les gustaba la misma chica, hablaban a la vez para decir una frase semejante. Ella los arropaba por igual cada noche, en sendas camas gemelas, cada uno bajo su propio edredón azul de plumas. Luego, se acercaba con sigilo a uno de ellos, siempre el mismo, y le susurraba al oído: «Tú eres mi favorito».

Juan Jacinto Muñoz Rengel

http://nalocos.blogspot.com.es/2013/09/el-libro-de-los-pequenos-milagros.html

1.668 – Cacería

victor lorenzo cinca32 Subes un poco la persiana y la luz que entra por las rendijas va moteando la desnudez de tu piel. A los pies de la cama te transformas en guepardo. Oteas la llanura, paciente y tranquila, en busca de un ejemplar joven y vulnerable, y descubres junto a la almohada el ovillo de mi cuerpo. No hay escapatoria. De nada va a servir correr en esta sábana tan extensa. Relampagueas hasta mi cuello y me abates de un mordisco. Puedo ver esas lágrimas de tizne que se deslizan desde tu ojos. Hay quien dice que son para protegerte del sol, aunque yo creo que solo son ruinas de tu maquillaje. Arrastras mi cuerpo hasta un rincón de la cama para evitar que los carroñeros te arrebaten la presa. Resuellas, muerdes, succionas, arrancas, gimes. Aprietas, asfixias, despedazas, tragas. Terminado el festín huyes en busca de un lugar sombrío. La digestión será lenta y pesada. Para ambos.

Victor Lorenzo Cinca

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1.667 – Ana lava la tanga

hector ugalde Se le ocurre crear un palíndromo usando solamente palabras con una única vocal.
Escribe «Anita lava la…».
Se detiene. No funciona. Tiene una i. Mejor lo cambia.
«Ana lava la tanga».
– ¡Eso no se lee igual al derecho y al revés! – Le dicen.
Pero a él ya no le preocupan los palíndromos, ni las vocales únicas, más bien está pensando en qué otra cosa dábale a la zorra, el abad.

Hector Ugalde

 

http://elmicrorrelatista.blogspot.com.es/search/label/H%C3%A9ctor%20Ugalde%20%28UCH%29

1.666 – Trabajo escolar

xavier blanco 1 De corazón y científicamente, así intentaré explicárselo antes de que entren los periodistas. Seguí todas las indicaciones que usted puso en la pizarra: busqué el huevo, lo incubé y hoy saldrá el pollito. Eso sería la parte que corresponde a la ciencia. Ahora viene la del corazón: el huevo gigante no lo encontré en el bosque, es de yeso, yo mismo lo pinté de verde. La cría de dinosaurio es un peluche de mi hermana y las alas son de un muñeco de Batman. Pero no debe preocuparse, nadie se dará cuenta. ¿Me pondrá el sobresaliente, verdad? De la prensa ya me encargo yo.

Xavier Blanco

http://xavierblanco.blogspot.com.es/

1.665 – Primera línea de playa

 pilar galan5 Desde la terraza del apartamento se ve solo un poquito de mar entre las torres de los hoteles. No importa, a la terraza no salen casi nunca, porque es enana y está abarrotada de colchonetas y cubos. Además, a partir de las nueve de la mañana, el sol cae a plomo sobre los baldosines sin toldos, un lujo, como el aire acondicionado no incluido en el alquiler. Se supone que la vida hay que hacerla en la playa, de ahí las incomodidades del piso, pero a las cuatro de la tarde el Mediterráneo es un caldo incluso para los pequeños, que nunca duermen siesta, aunque aquí, a pesar de los cuarenta grados, caen enseguida.
Aún son las ocho de la mañana y ya se ve el movimiento de las terrazas, los camiones de reparto, el rumor de las mangueras sobre el cemento que arde.
Mientras desayuna, hace mentalmente la lista de la compra, prepara el menú, y selecciona qué se pondrán hoy. Luego, recoge lo poco que se puede recoger y empieza a barrer la arena del pasillo, sorteando maletas y zapatos. Queda una hora para que se levanten todos y comience el desenfreno de tazas y turnos de ducha. No sabe qué hacer, porque, aunque ha traído libros, no hay sitio para la lectura, salvo la terraza, donde ha empezado a calentar hace ya rato. En el salón duermen los cuñados, y el baño y la cocina no tienen luz suficiente. Solo queda echarse a la calle y sentarse a tomar otro café hasta que la llamen.
En el portal se cruza con otra mujer que lleva un libro en la mano. Sonríe, porque intuye que ni siquiera es original en esta angustia de calor y agobio, en este sentimiento horrible de contar cuántos días faltan para que se terminen de una vez las malditas vacaciones.

Pilar Galán

Paraíso posible. De la Luna libros. 2012