Su mujer y su hija se van de compras y no acaban de irse nunca. Ya en el coche, le piden el móvil, que siempre olvidan en cualquier parte. Y la hija sale del coche para ir por última vez al baño. Y la mujer entra en casa y vuelve a salir, tras cambiar de idea sobre el calzado que más la favorece. Y aún antes de poner el motor en marcha, quieren que les traiga el paraguas por si empieza a llover. Y cuando se van de una vez por todas, el hombre se queda en la calle, sin llaves para entrar en su hogar. Entonces se sienta en un banco del parque, dispuesto a no dar la menor importancia a un suceso anecdótico. Y se percata de que en su vida todo es anecdótico y sin la menor importancia. Salvo cuando eleva esta clase de pequeñeces a la categoría de problemas. O cuando es incapaz de doblar la cintura ante situaciones que solo requieren un poco de agilidad. O de arrimar el hombro de manera altruista, no como un esfuerzo excepcional sino como una simple declaración de principios. También se da cuenta de que admitir sus debilidades es el primer paso para superarlas. Y de que él tampoco recuerda dónde demonios ha dejado el móvil. Y de que el calzado que lleva puesto no le favorece en absoluto. Y de que tiene ganas de ir al baño. Y de que empieza a llover.
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1.801 – Epílogo de las Iliadas
Desde el alcázar del palacio lo vio llegar a Ítaca de regreso de la guerra de Troya. Habían pasado treinta años desde su partida. Estaba irreconocible, pero ella lo reconoció.
-Tú -le dice a una muchacha-, siéntate en mi silla e hila en mi rueca. Y ustedes -añade dirigiéndose a los jóvenes-, finjan ser los pretendientes. Y cuando él cruce el lapídeo umbral y blandiendo sus armas quiera castigarlos, simulen caer al suelo entre gritos de dolor o escapen como del propio Áyax.
Y la provecta Penélope de cabellos blancos, oculta detrás de una columna, sonreía con desdentada sonrisa y se restregaba las manos sarmentosas.
Marco Denevi
Falsificaciones. Thule ediciones S.L. – 2006
1.800 – Chat
1.799 – Historia de un valiente
Hoy se va de vacaciones. Con Sara. Es su primer viaje desde que viven juntos y él se pregunta si encontrará el momento de confesarle lo que siente. Juntos esperan hasta que aparece Paula, la amiga de Sara, con su Golf azul. A él le toca el asiento de atrás, el volante no es lo suyo. Durante el primer tramo conduce Sara y horas más tarde las chicas cambian de sitio. Sara abre la puerta trasera y se tumba a su lado. Mientras va quedándose dormida, él siente un amor tan profundo, tan devastador, tan animal, que no puede evitar arriesgarse. Salta hasta el extremo del asiento, donde descansa la cabeza de Sara, y la besa suavemente en los labios. Luego se desliza hasta la curva de su cuello. Empieza a costarle respirar, pero no se preocupa, dónde va a estar mejor que allí, con Sara… Lo último que piensa es que ha valido la pena salir de la pecera.
Loli Rivas
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.798 – Deudas
Apurada por las deudas, mi madre vendió al vecino de al lado los 25 m2 de nuestro salón.
El día que vinieron a poner el tabique, mi hermana y yo, hipnotizadas por las obras de albañilería, nos quedamos de este lado y ahora vivimos con un señor muy raro que no nos habla, pero nos deja ver todo el rato la televisión.
A ella nos la cruzamos a veces en el descansillo. Parece más contenta y viste mucho mejor.
Carmela Greciet
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.797 – Tras haber sido…
1.796 – Y mis padres…
1.795 – La perfección
– La verdad es que siempre me han gustado las mujeres con bigote, como el suyo.
– ¡Oh! ¡Qué amable! No sabe cómo se lo agradezco -dijo ella, mientras se lo atusaba.
– Y.. puestos a ser sinceros, también le diré que me gustan calvas, como usted. El pelo de la cabeza, considero que es molesto y poco higiénico, y, en ciertos casos, hasta peligroso para conducir…
– Gracias. Qué piropeador… -bajó la mirada y movió la cabeza con coquetería-. Va usted a hacer que me ruborice.
– Pero… si le sigo diciendo la verdad… toda la verdad… hay algo que no me agrada del todo… El problema es… su ombligo. Lo encuentro demasiado redondo, pues, sabe, yo los prefiero un poco más cuadradotes. Qué pena, podíamos habernos entendido bien.
– Hombre, algún defecto tendría que tener, ¿no? Usted parece que sólo admite la perfección.
Ángel Guache
Sopa nocturna, Pre-textos-1994
1.794 – Almez
Luego, con el mismo bastón, dibujó insondables garabatos en la tierra…: persiguió el improvisado lápiz de su edad alguna hormiga, se demoró en un lento esbozo de paralelas, de círculos y elipses. Se imaginó entonces regresando hasta un otoño adolescente, casi de canicas, una vastedad de años atrás, cuando tantas tardes en aquel mismo jardín perdido más allá de la abierta curiosidad de las eras se tendía junto a Alina a la salida del colegio y aprendía en su boca el primer abismo de los besos, disimulado apenas en el juego de robarse de entre los dientes aquellas dulzonas bolitas del almez que ella, ya más alta, más mujer, le alcanzaba de unas ramas que él, recién estrenado en ecuaciones y caricias, confuso de polinomios y de piel, tardaría aún años en rozar.
Hipólito G. Navarro
Por favor, sea breve. Edición de Clara Obligado. Ed. Páginas de espuma. 2001
1.793 – El deseo
Imagino que a usted le gustaría entrar en el establecimiento, curiosear por los expositores, tocar esa mercancía tan provocadora, conversar con la joven rubia que le está invitando a pasar desde el fondo y que, cada vez que alza la mano, deja al descubierto un dragón azul ovillado en torno a su minúsculo ombligo. Imagino que no es la primera vez que sucede, porque usted parece uno de esos tipos que viven en una encrucijada constante, dubitativo en la antesala de las dos puertas en litigio: la del deseo y la de la renuncia. Imagino que buena parte de su vida ha consistido en ignorar los arrebatos de la química por obedecer sumiso las leyes estables de la física. Imagino que no habría sido distinto si hoy se hubiese usted escapado del grupo, tomado el metro hasta Blanche y caminado solo por el bulevar de Clichy, porque, en lo tocante al deseo, no hay testigo más incómodo que uno mismo. En fin, imagino que la señora que le tira con fuerza del brazo para conjurar sus malos pensamientos ante el escaparate del Musée de l’Érotisme es su querida esposa, la misma que un día le confesó que no quería morirse sin haber visto París.


