Todos le tenían por un hombre serio, equilibrado y honesto. Pero por culpa de un cáncer murió. Dejaba viuda, cuatro hijos y una discreta pensión. La mujer, compungida y llorosa, se dispuso a afrontar la vida y a honrar la memoria de su marido. Cierto día, curioseando en la mesa de trabajo de su difunto marido, descubrió una agenda de cierto volumen, con todas las páginas repletas de una letra menuda y nerviosa, que inmediatamente reconoció como de su marido. Su rostro reflejó, ante la lectura, curiosidad primeramente. Luego, espanto… Toda la noche se la pasó leyendo el «diario secreto» de su marido… En el mismo había plasmado sus odios, sus frustraciones, sus amoríos, sus adulterios, sus experiencias con homosexuales y jovencitos… Toda una vida de vicio y corrupción, de degradación moral, se desvelaba ante sus ojos. Al final de todo, una «nota» decía: «Querida: Entrega este manuscrito al editor L.» (aquí un nombre y una dirección). Con los derechos de autor, la viuda pudo afrontar la existencia con más tranquilidad, pero siempre le quedó la duda…
Categoría: General
2.021 – La fuerza del destino
El perro riñe al gato, el gato al ratón, el ratón a la musaraña, la musaraña a la araña, la araña a la mosca, la mosca a la hormiga, la hormiga a la pulga, pero la pulga, como es tan pequeña, no tiene nadie más pequeño a quien reñir, así que, indignada, prepara la revolución para derrocar al perro.
Julia Otxoa
2.020 – Clases de gimnasia
2.019 – Nombres
En una visita a la cárcel, el Gobernador preguntó -así dijo- por determinado «penado» que había sido su jardinero antes de caer en manos de la justicia. Un funcionario le advirtió que ya no se hablaba de penados, ni siquiera de internos, sino de «pupilos». No obstante, cuando el Gobernador intentó usar esta palabra en un discurso, sus asesores le recomendaron que escogiera una aun más neutra. «Residente», le explicaron, era ahora la expresión políticamente correcta. Lo tuvo en cuenta el Gobernador cuando firmó un decreto en el que conmutaba penas, entre otros, a su antiguo jardinero. El residente de la cárcel, que antes había sido pupilo, aun antes interno o penado, y a la vieja usanza, asesino, salió de la cárcel según el régimen de libertad condicional y, precisamente en vísperas de Navidad, asesinó al Gobernador.
David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007
2.018 – Peligros de la intimidad
La mujer desnuda, con toda la impudicia del deseo saciado, se vuelve sobre el lecho para mirar, en la semioscuridad de la madrugada, al hombre que está a su lado.
Con un casi imperceptible gesto de hastío, ella le señala sus ropas, tiradas descuidadamente en una silla, y se duerme.
El joven obedece la silenciosa orden de partir; pero ya vestido, antes de marcharse definitivamente, se inclina un momento sobre la hermosa cabeza rendida.
Horas más tarde, cuando el sol golpea los ventanales de la habitación, la mujer continúa acostada, inmóvil, mientras la doble sonrisa roja del limpio tajo que va de una a otra de sus bellas orejas, se derrama sobre la almohada perfumada.
Ángela Martínez
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001
2.017 – Alegría del cronopio
Encuentro de un cronopio y un fama en la liquidación de la tienda La Mondiale.
-Buenas salenas, cronopio cronopio.
-Buenas tardes, fama. Tregua catala espera.
-¿Cronopio cronopio?
-Cronopio cronopio.
-¿Hilo?
-Dos, pero uno azul.
El fama considera al cronopio. Nunca hablará hasta no saber que sus palabras son las que convienen, temeroso de que las esperanzas siempre alertas no se deslicen en el aire, esos microbios relucientes, y por una palabra equivocada invadan el corazón bondadoso del cronopio.
-Afuera llueve -dice el cronopio-. Todo el cielo.
-No te preocupes -dice el fama-. Iremos en mi automóvil. Para proteger los hilos.
Y mira el aire, pero no ve ninguna esperanza, y suspira satisfecho. Además le gusta observar la conmovedora alegría del cronopio, que sostiene contra su pecho los dos hilos -uno azul- y espera ansioso a que el fama lo invite a subir a su automóvil.
Julio Cortázar
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001
2.016 – Un cuento de misterio
Cuando la marquesa empezaba a dar alpiste al canario número trece, sonó la campanilla. “Voy inmediatamente”, pensó en correcto alemán, y descendió las escaleras. Cuando abrió la puerta, vio a un caballero desconocido, serio, que se limpiaba las uñas con una navaja. “¿Qué viene usted a hacer a esta hora?”, preguntó la marquesa en alemán. “Vengo a asesinarla”, respondió el caballero, en perfecto ruso. “Debí imaginarlo”, dijo la marquesa. “Siempre que le doy alpiste al canario número trece, viene alguien a asesinarme”. Todo lo anterior lo dijo en inglés, porque la marquesa no sólo era políglota, sino que sabía que lo eran también todos los hombres que iban a asesinarla cada vez que le daba de comer al canario número trece. Como es natural, el caballero entendió. “Entonces, ¿está usted lista?”, preguntó el caballero, sin moverse de la puerta, sin dejar de limpiarse las uñas con la navaja. “Todavía no –respondió la marquesa–. Permítame que me lave las manos, que todavía las tengo llenas de alpiste”. Hizo pasar al caballero, lo sentó en el diván con toda la refinada cortesía de una marquesa políglota, y se dirigió al baño mientras decía: “La última vez que me asesinaron, olvidé lavarme las manos, y eso es una indecencia”. Ya desde el baño, gritó en griego: “Imagínese usted, ¿qué dirían mis parientes si me encontrasen con las manos así?”. Pero el caballero no oyó, extasiado como estaba en el canto de los treinta y dos canarios de la marquesa.
La dama regresó, secándose las manos en la falda. “¿Quién me manda a asesinar?”, preguntó con curiosidad, interrumpiendo al caballero, que se había puesto a silbar. “La manda a asesinar su esposo, señora”. La marquesa no pudo contener su emoción: “¡Ya me lo imaginaba. Boris es tan gentil!”. Se sentó en el diván donde estaba el caballero y agregó: “Para las bodas de plata, me hizo asesinar, nada menos que por un príncipe árabe, quien habiendo asesinado a sus ochocientas esposas, había batido el récord mundial”.
El caballero dejó de arreglarse las uñas y dijo dignamente: “Los tiempos cambian, señora. Antes podía darse uno el lujo de que lo asesinara un príncipe árabe. ¡Pero ahora la vida está tan cara…!”.
La marquesa empezó, entonces, a hablar de otras cosas. El caballero la interrumpió: “Perdone, señora. Estamos perdiendo tiempo y esta mañana tengo mucho qué hacer. En este solo sector tengo que asesinar como a siete condesas, ocho duquesas y una cenicienta”.
“¡Ay, qué romántico!”, exclamó la marquesa, visiblemente emocionada. “No le haré perder tiempo”. Y luego, apretando las manos contra el pecho, preguntó: “¿Trajo usted la penicilina?”. El caballero pareció ahora indignado: “Penicilina, ¿para qué”. La marquesa se puso de pie., golpeó el piso con el tacón y exclamó: “Sin penicilina, ¡no me dejo asesinar!”. El hombre estaba intrigado: “Pero, ¿qué va a hacer usted con penicilina?”. La marquesa respondió: “No voy a correr el riesgo de una infección por negligencia suya”.
El caballero, que era un hombre inteligente, logró convencer a la marquesa de que un asesinato de celebración no tenía peligro alguno de complicación. “Está bien –dijo la marquesa–. Y, ¿qué va a dejar usted como huella para la policía?”. Y el caballero respondió: “Las huellas digitales. ¿No es suficiente?”.
“Tiene usted razón”, dijo la marquesa. Y exclamó emocionada: “¡Cómo progresa la ciencia!”. Acto seguido, se tumbó sobre el diván, como correspondía a una dama.
Gabriel García Márquez
Diario El Heraldo, abril de 1950
2.015 – Verano 6
Estaba dando una cabezada después de comer, cuando se acabó el mundo, aunque sobrevivimos a la catástrofe mi pierna derecha y yo. El paisaje era desolador, pero la pierna parecía feliz recorriendo a la pata coja los escombros de la cultura. Toda su vida, aseguraba, no había deseado otra cosa que sentirse libre del resto del organismo para dar saltos a su antojo. Yo admiraba su capacidad de adaptación, pues personalmente sentía que me faltaba algo sin el cuerpo. Ahora era indoloro, incoloro e insípido, y no es que echase en falta las migrañas anteriores al desastre, pero sí la capacidad de tocar, de oler, y las sensaciones de frío y de calor. Un día le pedí que me dejara instalarme dentro de ella, y no dijo que no. Enseguida recuperé el sabor del tacto y de la violencia. Dejaba que el viento peinara mis pelillos y daba patadas existenciales a las piedras. Una vez que uno se habitúa al cuerpo, es muy difícil vivir sin él. No debe de pasar lo mismo con el alma, porque a los pocos días la pierna empezó a quejarse de mi presencia. Por lo visto, le había ido imponiendo unas pautas de conducta con las que no estaba de acuerdo. «Antes -dijo-, dormía cuando quería, como todas las piernas, pero desde que te llevo dentro has impuesto unos horarios muy rígidos, la verdad, no te aguanto.» No era sólo eso, sino que conmigo se había introducido en la carne la moral, y el pie, de súbito, se había vuelto puntilloso. No le parecían bien algunas cosas. En cuanto a los dedos, se habían hecho ateos o creyentes, incluso agnósticos, y discutían todo el rato. Hacíamos mala combinación, en fin, mi pierna y yo, de modo que me salí de ella con lástima, y en ese momento desperté de una siesta pegajosa, pero tardé aún dos o tres horas en entrar en el cuerpo. Cuando lo conseguí, me sentí rechazado por él. Y con razón.


