La segunda vez que decidieron construir una torre para llegar al Cielo, Él estaba demasiado ocupado como para haber notado nada extraño. Hacía milenios que no les prestaba ninguna atención. Ellos, pese a sus múltiples lenguas, lograron entenderse los unos a los otros, y encumbraron la construcción más alta que nunca antes se hubiera levantado sobre la superficie de la tierra. Ahora Él sigue en sus cosas, y a través de la serpenteante pendiente de ladrillo y argamasa los hombres empujan una enorme guillotina.
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2.031 – El tornillo
Por la rotura de un tornillo, de un solo tornillo, un gran avión de pasajeros se precipitó en tierra con todos sus ocupantes. El hecho no tendría mayor importancia si no fuera porque mañana he de viajar en avión por motivos laborales. Puedo alegar que estoy enfermo, que tengo cáncer. «Aquí», le digo a mi jefe, señalando con el dedo índice los pulmones. Pero solamente consigo que me dé un consejo: «No fume tanto». Necesito tener la conciencia tranquila. Las luces del atardecer se filtran por los rosetones de la iglesia y una anciana espera una vez más que la Virgen se le aparezca sobre la hornacina de enfrente, justo donde el morado del vitral deja reposar su luz. El sacerdote me dice que todos estamos en manos de la Providencia, pero ignora los nombres de los encargados de revisar los tornillos de los aviones. ¿Tendrán la conciencia tranquila?
Desde el ventanal del aeropuerto observo una infinidad de aviones. Algunos son movidos por minúsculos «jeeps» y se bambolean con exceso. Un sudor frío invade mi frente. Una luz roja indica que debo tomar ya mi avión. Trato de llamar a mi familia para despedirme, quizá por última vez. Inútil. No funciona el aparato. Seguramente le faltará algún tornillo. Soy el último en ocupar el autobús que nos conducirá, a través de la pista, al avión. Soy el primero en descender apresuradamente, pero no me dirijo a las escalerillas, sino a las alas. Todos me observan extrañados. Trato de colgarme de una de ellas. Mis saltitos resultan ridículos. Ante la inutilidad del esfuerzo, golpeo el fuselaje, las chapas metálicas; compruebo las juntas, toco las cabezas de los tornillos. Mis compañeros de viaje se han detenido en las escalerillas y me observan. Dos empleados de la compañía tratan de alejarme del aparato. Primero con buenos modales, luego a la fuerza; me arrastran hacia la escalerilla y yo solamente les ruego que me dejen comprobar si el maletero situado en la panza cierra herméticamente.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.030 – La ardilla verosimil
Un hombre es amigo de una ardilla que vive en el jardín de un conocido financista. Trepando de un salto al alféizar de la ventana, la ardilla escucha conversaciones claves acerca de las oscilaciones de la Bolsa de Valores. Usted no se sorprenderá en absoluto si le cuento que el amigo de la ardilla se enriquece rápidamente con sus inversiones.
Pero yo sí estoy sorprendida. No dejo de preguntarme por qué usted está tan dispuesto a creer, sin un instante de duda, que una ardilla pueda entender conversaciones claves acerca de las oscilaciones de la Bolsa.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
2.029 – Naturaleza de la nube
Para el asceta jansenista Milton Worner, las nubes están ahí esperando el día del juicio terrible. Ellas, liberadas entonces de su servidumbre por el Reino de la Palabra, servirán de soporte a la ascensión de los justos y condenarán los azules de un cielo ya inútil al silencio final.
Al parecer, el poeta italiano Paulo Strozzi, en su juventud, hacía durar el tiempo del amor tanto como tardaba una nube amiga en cruzar el marco visual de su ventana.
En el Museo de lo Milagroso y lo Curioso de Évora, se exhibe, junto a la momia apergaminada y lisa de un infante de Lancaster, un tarro de vidrio que guarda prisionera la rareza de una nube diminuta. Advierte el conservador del Museo que esta pequeña nube llueve desconsoladamente todas las primaveras.
Rafael Pérez Estrada
2.028 – Corrección política
El placer de ver a otros arriesgando la vida, el goce en el peligro ajeno, ya no es un espectáculo aceptable. Por eso los trapecistas trabajan ahora con cables de seguridad, los tigres aparecen con bozal, a los osos les han cortado las uñas, el tirador de cuchillos lanza sus armas contra una silueta dibujada.
Pero en privado, en los ensayos,los artistas del circo siguen jugando con el peligro y el tirador se jacta de poder acertarle a su mujer o a cualquier otra un cuchillo en el ojo a veinte pasos.
Ana María Shua
2.027 – De la luz a las tinieblas
Al principio, las ranas cantaban al amanecer —como acostumbran hacerlo los pájaros—, para celebrar la luz de un nuevo día. Con el correr del tiempo, sin embargo, descubrieron que ese desbordamiento de alegría resultaba insensato, pues mientras más cantaban al sol, más secaba éste las aguas.
Desde entonces, y en venganza, las ranas cantan la llegada de la noche, pero lo hacen despacio, sin emoción, no sea que de repente la oscuridad también les resulte nociva.
Jaime Alberto Vélez G.
http://e-kuoreo.blogspot.com.es/2011/09/31-jaime-alberto-velez.html
2.026 – Instrucción única para deshacerse de un cadáver de tamaño medio
Independientemente de los motivos que inspiraran el asesinato y del modo en que éste se haya llevado a cabo, expertos consultados recomiendan, como la fórmula más eficaz y segura de deshacerse de un cadáver de tamaño medio, introducirlo en una maleta grande, acercarse al aeropuerto más cercano y facturarla en cualquier compañía aérea hacia un destino del que le separen al menos tres escalas internacionales. La maleta y su contenido desaparecerán en el trayecto sin que nadie acierte a dar con su paradero, y a cambio usted recibirá una compensación económica nada desdeñable.
Este procedimiento puede ser empleado también para deshacerse de un cadáver de tamaño grande, con el único inconveniente de que en ese caso deberá abonar una penalización por exceso de peso.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.025 – La llamada
Telefoneó al supermercado para hacer el pedido, pero una mujer respondió que aquello era una casa particular. Colgó lleno de palpitaciones: la voz había abierto en su memoria sentimental una grieta por la que comenzó a salir enseguida una aguja de gas. Volvió a marcar confiando a los dedos la reproducción del error y respondió de nuevo la mujer. Él permaneció en silencio, absorbiendo con los sentidos la atmósfera de la habitación lejana. No se oía la televisión ni la radio: tampoco ruido de niños. Imaginó que vivía sola en un apartamento igual que el suyo y lo reprodujo sin dificultades. Ella, a su vez, callaba. Quizá su voz había levantado también un registro mal cerrado en las sentinas de su memoria. La imaginó con un libro en el sofá.
Durante años había soñado que se encontraban en la calle y ahora, en lugar de sus cuerpos, se cruzaban sus voces, pero la de ella tenía la densidad de un cuerpo. «Diga», repitió al fin, y él paladeó ese «diga» con las membranas del oído, igual que en otro tiempo había saboreado sus muslos con sus dedos. Era un «diga» mojado por la excitación. De manera que también ella vivía sola y los sábados por la tarde leía: tenía la voz de los que se refugian de las horas dentro de una novela. «¿Es el supermercado?», preguntó. «Sí», escuchó al otro lado, tras un titubeo: «¿Qué desea?» Recitó el pedido y al final la mujer añadió que había yogures en oferta. Después de los yogures, no supo continuar. Ella, tampoco, así que dijo que se lo enviarían y colgó sin solicitar la dirección, lo que acabó de delatarla. Telefoneó de nuevo, lleno de remordimientos, pero sus dedos no se atrevieron a equivocarse una vez más. Se habían cruzado, pero después de unos instantes prefirieron simular que no se conocían. Él reprimió un sollozo y, ahora sí, llamó al supermercado.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.024 – Derechos de autor
El autor de *Las diez reglas básicas para un matrimonio feliz* nunca se casó. Eso no le impidió escribir un tratado sobre el divorcio.
Aunque nunca negó su fobia a viajar, consiguió un gran éxito con su *Guía básica para la conquista de los cien mejores Paraísos del Universo*, tres extensos tomos sobre lugares exóticos que jamás conoció. De hecho, hay, quien duda sobre la existencia de más de tres de los citados paraísos.
(Re)Conocido por ser un miserable en usos y costumbres cotidianas, tales como su aversión al baño y a dejar propinas, entre otras virtudes, su consagración definitiva le llegó al recibir el reconocimiento mundial, en forma de premios de diversa calidad e índole monetaria, tras la publicación de su última obra: *Cómo ser un buen humano*.
Al poco, murió.
Alejandra Díaz-Ortiz
No hay tres sin dos.Trama Editorial 2014
2.023 – Anita
Cubrió su sexo con el estrecho tanga de hilo que acababa de comprarse y con la misma delicadeza, terminó de abrocharse su mágico sujetador push up. A continuación, se puso un ajustado vestido negro que apenas cubría algo de sus femeninas piernas y cerró la cremallera que colgaba por su finísima espalda. Después, se colocó dos enormes aros de plata, perfiló con un lápiz sus rasgados ojos y con un gloss intenso recorrió de lado a lado sus carnosos labios. Por último, se subió a unos tacones de aguja y sólo entonces, se atrevió a salir por la puerta.
Decidido.