2.155 – El novato

Manuel Montesinos  Le recordé que tocar las cosas de los muertos estaba prohibido. Le advertí que el eco, aquí, siempre engaña y nos hace  escuchar  lo que no existe. Sólo el paso del tiempo y la experiencia en el puesto le darán la sabiduría necesaria para distinguir lo que es de lo que está en trance. Entendió, sin alarmarse, que las tumbas murmuran y que las lápidas abiertas deben dejarse así, abiertas -porque a unos –le dije-, les cuesta más que a otros acostumbrarse a su nueva situación. Al despedirme le entregué los guantes, la pala y la estaca de madera.

Manuel Montesinos
Montesinadas: Cuentos de Liliput, 2014 .
http://montesinadas.blogspot.com.es/

2.152 – Escurridiza

susana revuelta  Me desesperaba que apareciera por casa cuando le daba a ella la gana, sin avisar; así, claro, siempre me cogía desprevenido. Hace apenas unos días descorrió la cortina de la ducha mientras me estaba jabonando, pero al intentar retenerla me sacó burlona la lengua y se escapó; en otra ocasión me pilló friendo unas croquetas y cuando fui a ver qué quería, casi se quedan pegadas a la sartén; anteayer se plantó a mi lado en la ventana mientras tendía la colada y por su culpa se me cayó al patio un calcetín. Muchas noches incluso me he quedado dormido en esta silla frente a la pantalla encendida del ordenador, esperándola. Qué duros estos destierros.
Pero hoy por la tarde me pareció oír un ruido en el pasillo: era ella, que se acercaba de puntillas a mi habitación. Entonces aguardé paciente a que entrara, aporreé con saña el teclado y por fin pude atraparla.
El caso es que ahora, que son ya las cuatro de la madrugada y llevo escritas varias páginas de mi novela, no me atrevo ni a levantarme para ir al baño. No sea que se escabulla otra vez.

Susana Revuelta
http://estelasdetinta.blogspot.com.es/

2.148 – Volver, con la frente marchita…

pilar galan5  Así he vivido yo,con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño,sabiendo que jamás me he equivocado en nada,sino en las cosas que yo más quería.
L. Rosales

A la hora en que abren las panaderías, se apagan los neones y se encienden los árboles, con las últimas luces de la madrugada, espantas los fantasmas del pasillo.
No has querido mirarte en el espejo del coche, ni en el del ascensor, ni contemplar siquiera tu reflejo en el mármol ajado del portal, por si acaso cualquiera de ellos te devuelve una imagen exacta de tu ausencia. Sin alzar los ojos, te lavas la cara, te quitas la poca pintura que te queda, sin respirar casi, no vaya a ser que de nuevo, te invadan los olores conocidos.
Porque hueles a él, por qué ocultarlo, a sus manos fuertes, al tabaco que fuma, a su colonia de hombre. Por más que frotes, hay un olor que no puede abandonarte: la herida del deseo insatisfecho.
Él duerme, como siempre, o como siempre también, se hace el dormido.
Te cuelas en tu lado de la cama, tu almohada, el hueco de tu cuerpo, tu mesilla de noche, tus pendientes, los nombres de las cosas conocidas.
Te gustaría despertarlo, comértelo a besos, como antes, abrir tu piel para sus manos amigas. Llorar como un niño que ha hecho travesuras, pedir perdón, que te lo concediera.
Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, la muda blanca, los baños de los viernes, preguntarle a papá cuándo falló todo, que mamá pasara sus manos por tu pelo.
Pero tienes cuarenta años, un piso a medias, un trabajo, un marido, dos hijos, un híper a la vuelta de la esquina, algún amigo, un amante.
Y un hueco en el estómago que se parece al hambre.
Y dolor al tragar como si tuvieras sed.
Solo que no hay nada en este mundo que calme tu deseo insatisfecho, mientras el reloj se empeña en recordarte que llegará mañana, y aún no estás dormida.

Pilar Galán
Tecleo en vano. Ed. De la Luna libros. Marzo 2014

2.145 – No me acuerdo de nada

alzheimers-  Al despertarme, compruebo que el otro lado de la cama está vacío. Cuando no puede conciliar el sueño camina por las mañanas. Vuelve con el pelo graso y revuelto, y de ella mana un olor desagradable, pero siempre llega a tiempo de prepararme el desayuno.
-¡María! -grito.
Miro el despertador. Tarda más de lo habitual. El armario está intacto. Si me hubiera abandonado, se habría llevado algo de ropa. Tampoco ha cogido dinero de mi cartera. La llamo por teléfono y su móvil suena sobre la cómoda.
-No sé qué ponerme -digo-. ¡Cómo voy a ir a la oficina si no sé qué ponerme!
Las ocho en punto. No llegaré a mi hora. Recorro la habitación una y otra vez. En una ocasión golpeo la cama.
-¡Voy a llegar tarde!
Entonces escucho el sonido de la puerta de la calle y poco después aparece ella.
-Me he perdido -dice-. No sé qué me ha pasado, pero de pronto no sabía dónde estaba. Tampoco podía recordar mi nombre. He estado sentada en la acera como una niña, durante varios minutos, intentando recordar cómo me llamo.
Le señalo el despertador con el dedo.
-Llego tarde -le digo, con una calma que me sorprende.
-Te estoy diciendo que he perdido la memoria ¡No recordaba quién era, ni dónde estaba! Era como si nunca hubiera existido. No podía recordar absolutamente nada.
Me levanto y voy hacia ella hasta que mi cara queda a pocos centímetros de la suya.
-No he desayunado y tampoco sé qué ropa ponerme -le digo, apuntándola con el dedo-. Y tú me vienes con que has olvidado tu nombre. Pues bien, quiero que recuerdes que voy a llegar tarde al trabajo por primera vez en mi vida.
Se sienta en la cama y empieza a llorar.
-Podías ducharte -continúo-. Tienes el pelo grasiento y hueles a vinagre. Es un olor que me repugna. Pareces una salvaje.
Saca un pañuelo del bolsillo y se suena la nariz.
-Ya tengo bastante con tu aspecto y con tu olor como para tener que escuchar tus narices -añado-. ¡Compórtate como una mujer!
Se levanta y abre el armario. Saca uno de los trajes y lo tiende sobre la cama, luego extrae la muda de un cajón y la deja al lado. Los zapatos están debajo de la cama.
-No has limpiado los zapatos -le digo-. Tienen manchas aquí.
Ella los mira, va hacia la cocina, trae un paño con betún y quita las manchas. Mientras me visto prepara el desayuno. Me lo tomo a regañadientes.
-¡Voy a llegar tarde! -digo-. Que sea la última vez que me levanto y no estás en casa.
Al salir me doy el gusto de cerrar con un portazo. Es la primera vez que llego tarde en treinta años y ella llora porque ha olvidado quién es. Como si olvidarse de uno mismo fuera una tragedia.

José Carrasco
Futuro imperfecto.Clara Obligado ed. lit. 2012
Ilustración: http://www.meedicina.com/etiquetas/alzheimer/

2.144 – El amor en secundaria

paloma casado  Solo esperar la salida me produce tal desasosiego, que no me deja pensar en otra cosa que no sea si él estará en la puerta, si me llevará a casa en el coche impregnado de su olor a tabaco rubio y colonia, si me preguntará ¿qué tal las clases? con una sonrisa de gato de Cheshire.
Si viene, sé que me encontraré con sus ojos en el espejo retrovisor y ya no me los podré quitar de encima cuando trate de estudiar en mi cuarto, ni cuando me vaya quedando dormida para soñar otra vez con él. En mis sueños, nos encontramos por casualidad los dos solos en cualquier parte y me invita a un helado, o llueve y me resguarda bajo su paraguas y vamos sorteando los charcos y nos paramos bajo los soportales de la plaza vacía y entonces sucede. Estamos tan cerca, que nuestras bocas no pueden dejar de juntarse y temblando, hago mío ese sabor de tabaco y saliva sabia y pienso que no me importa que esté casado.
No puedo soportar más tiempo la incógnita y disimulando mi ansiedad, le pregunto a mi compañera de pupitre: ¿Vendrá hoy tu padre a buscarte?

Paloma Casado
http://estanochetecuento.com/el-amor-en-secundaria/

2.143 – El grupo

susana revuelta  Había escrito cien veces «te quiero». Fue en aquel campamento de verano, junto a la playa. Intentaba siempre tumbarme cerca de Sonia y sus amigas; entonces, dibujaba corazones en la arena, le regalaba las conchas más bonitas que encontraba en la orilla y cargaba con su mochila rosa cuando regresábamos para la cena. La noche de la despedida estuvimos cantando alrededor de la hoguera, hasta que las chicas me invitaron a acompañarlas a las dunas; allí me cortaron las trenzas y me llenaron la boca de algas, mientras coreaban ¡marimacho, marimacho!
Cabizbaja y con los ojos cubiertos de lágrimas, Sonia era la que más fuerte gritaba.

Susana Revuelta
http://estelasdetinta.blogspot.com.es/

2.142 – Mosca de amor

Angel Carrasco Sotos  La mosca ha entrado en la habitación, donde tú estabas solo y en silencio, leyendo. Casi ni conoce el mundo y mucho menos te conoce a ti, porque apenas tiene aún unas horas de vida. El calor del verano es intenso y tú sudas, no mucho la verdad, pero sí lo suficiente como para que tu olor atraiga a la mosca y se te acerque. La desprecias con un manotazo al aire, fallido. Tú eres miel para ella, pero no lo entiendes. La mosca vuelve a aproximarse igualmente sin ninguna cautela. Quiere lamerte, acariciarte, besarte. Nadie puede negar que esto también es una forma de amor, quizá la única que la mosca conoce, pero lo es, lo es. Más aún por la manera en que te mira desde el borde de la mesa. Tú, claro, no le haces ni caso, sigues ensimismado en no sé qué poemas, aunque la verdad es que ya has perdido un poco la concentración. Es imposible internarte en la jungla de los versos al mismo tiempo que la mosca, tu mosca, está ahí, tan cerca. Ya es improbable que una lágrima vuelva a descender, lenta, de tus ojos, cuando sientes que la voz que te habla en silencio desde el libro te ha tocado una parte sensible del alma. La mosca te espía, te acecha imantada por el deseo implacable, natural, lascivo, que le nace de su hondo irracional. Vuelve a intentarlo con renovado celo; la rechazas una y otra vez. Cuando desiste por fin y se posa no muy lejos, una brizna acuosa se desliza, como rocío casi imperceptible, por su rostro diminuto, y resplandece durante una décima de segundo en la tarde lívida. Poco después estará muerta, despachurrada entre tu libro y el tablero de la mesa. Así, en seguida, sin darle la menor importancia, podrás abandonarte de nuevo a la lectura en brazos de Cupido y olvidarás sin más a esa mosca que te quiso más que nadie.

Ángel Carrasco Sotos
Basura espacial. Microrrelatos vesiculares. Eurográficas, Cuenca, 2014

2.141 – La conferencia

PedroHerrero  La joven que se ha sentado en la primera fila del auditorio viste una falda negra, no muy ceñida, bajo la cual luce medias negras también, que acaban en una fina blonda trenzada, llena de picardía. Ese detalle tan sugestivo ha quedado patente cuando ha cruzado las piernas, en un gesto fugaz, discreto, presuntamente involuntario.
El conferenciante ha hecho como que no se ha dado cuenta. Pero internamente se ha sentido turbado, sacudido por una visión que -según su criterio- contiene en sí misma la más genuina recreación de la belleza. Aun así, mientras el resto del público va tomando asiento en la sala, hace un esfuerzo supremo por no volver a mirar en la misma dirección, y se concentra en los datos objetivos sobre los cuales piensa argumentar su repaso a la difícil –más bien crítica- situación financiera por la que atraviesa el país.
Pero ¿qué datos objetivos? ¿Qué crisis ni qué niño muerto? ¿Cómo se puede seducir a una dama augurando la ausencia total de perspectivas de crecimiento? ¿Qué mujer caerá rendida a sus pies después de que vaticine, con pruebas tan contundentes que no merecen discusión, el inevitable colapso de la economía?
A todo esto, el público ha acabado ocupando la sala por completo, en respuesta a la enorme expectación creada por la fama del conferenciante. Y este, después de dar las gracias a los presentes por su asistencia, se dispone a empezar su charla reconociendo, antes que nada, que la esperanza es algo que jamás deberíamos perder.

Pedro Herrero
http://http://www.humormio.blogspot.com.es/2014/02/la-conferencia.html