Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juán de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno las siete y media, lo mismo da las ocho. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina está abierta a todos los vientos.
Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero esas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:
-¡Hola, mano!
Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba. Triste casualidad.
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2.235 – La primera palabra
Vaciló al escribir el comienzo. Trazó la primera palabra, que resultó ser «En», pero luego dudó. ¿Dónde ubicar la acción? Mientras pensaba, la tinta se había secado en la punta de la pluma. La miró un rato y se le ocurrió una idea: ¿por qué no aquí mismo, en esta tierra árida, en esta amada sequedad? Mojó nuevamente la pluma y prosiguió: «un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…».
David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007
2.234 – En la siesta
Eva juguetea con una uva, capaz de rodar por la oreja y el cuello y el ombligo y la cadera y… chasss, reventarla en el cuerpo, restregando su líquido hasta hacer una nueva piel dulce y pegajosa para que alguien pueda lamerla. O bien, seguir paseando la uva, que baje la pendiente rodando, círculos guiados por la palma de la mano hasta llegar abajo. Ojalá los hombres fueran así, pequeños y dulces, manejables, jugosos…
Eva prosigue su viaje con la uva hasta la cueva de su cuerpo, siente el efecto, relaja las piernas. ¿A quién podrían tentar con una manzana?
Eva piensa en Adán y recoge la uva para llevarla a la boca, entre los dientes nota su resistencia hasta que consigue reventarla. Mastica despacio y, al tragarse la pulpa informe en que se ha convertido, percibe un rumor que le susurra cambios en el paraíso.
Carmen Peire
Horizonte de sucesos. Ed. Cuadernos del Vigía. 2011
2.233 – Dos exploradores…
Dos exploradores lograron refugiarse en una cabaña abandonada, después de haber vivido tres angustiosos días extraviados en la nieve. Al cabo de otros tres días, uno de ellos murió. El sobreviviente excavó una fosa en la nieve, a unos cien metros de la cabaña, y sepultó el cadáver. Al día siguiente, sin embargo, al despertar de su primer sueño apacible, lo encontró otra vez dentro de la casa, muerto y petrificado por el hielo, pero sentado como un visitante formal frente a su cama. Lo sepultó de nuevo, tal vez en una tumba más distante, pero al despertar al día siguiente volvió a encontrarlo sentado frente a su cama. Entonces perdió la razón. Por el diario que había llevado hasta entonces se pudo conocer la verdad de su historia. Entre las muchas explicaciones que trataron de darse al enigma, una parecía ser la más verosímil: el sobreviviente se había sentido tan afectado por su soledad que él mismo desenterraba dormido el cadáver que enterraba despierto.
Gabriel García Márquez
Revista Conversaciones desde la soledad: Bogotá, 2014
2.229 – El mundo al revés
El 20 de marzo del año 2003, los aviones de Irak bombardearon los Estados Unidos.
Tras las bombas, las tropas iraquíes invadieron el territorio norteamericano.
Hubo numerosos daños colaterales. Muchos civiles estadounidenses, en su mayoría mujeres y niños, perdieron la vida o fueron mutilados. Se desconoce la cifra exacta, porque la tradición manda contar las víctimas de las tropas invasoras y prohibe contar las víctimas de la población invadida.
La guerra fue inevitable. La seguridad de Irak, y de la humanidad entera, estaba amenazada por las armas de destrucción masiva acumuladas en los arsenales de los Estados Unidos.
Ningún fundamento tenían, en cambio, los rumores insidiosos que atribuían a Irak la intención de quedarse con el petróleo de Alaska.
Eduardo Galeano
Los hijos de los días – Ed. Siglo XXI – 2012
2.224 – El hielo
2.223 – Homenaje a Groucho
2.222 – El sueño del califa
Hixem el III, de la dinastía de los omeyas cordobeses, tuvo (según el historiador Al-Forkad) un sueño profético en el que Alah le anunciaba la victoria de sus tropas (después confirmada) sobre los berberiscos.
En realidad Hixem el III soñó muchas veces con la victoria y con la derrota y también soñó muchas noches seguidas con su padre o con la barba de su padre. El viejo o la barba le aconsejaron, alguna vez, enfrentar a los berberiscos, pero otras veces lo conminaban a la huida y otras le proponían evitar la batalla mediante las artes de la diplomacia.
Pero sólo los sueños confirmados merecen formar parte de la historia.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
2.221 – Elogio de la impuntualidad *
Llegaba tarde a todas partes. De la comida, alcanzaba sólo a probar los postres. De las películas, los finales.
Jamás asistió a primer acto, presentación o preludio. Se ahorró prolegómenos y palabras introductorias. Se especializó, por contra, en las prórrogas y en los bises, en los epílogos de los libros, en su fe de erratas.
Con los años empeoraron los síntomas.
Encontraba cerrados sin remedio cines, bares y librerías. Iba a comer, pero llegaba a cenar. Acudió a su primera entrevista de empleo, pero llegó a su despido fulminante. Del amor de su vida conoció sólo el humo de las cenizas. Partió a la guerra para olvidarla, pero llegó a la paz.
Vivió la vida a destiempo, y hace ya meses que le aguarda la muerte, pero él, que lo sabe, se hace esperar.
* A mis victimas
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.220 – Velas
Cierra los ojos, pide un deseo y sopla las cuarenta velas; cierra los ojos, pide un deseo y sopla las treinta y nueve velas; pide un deseo y sopla las treinta y ocho velas; pide un deseo y sopla las treinta y siete velas. Al final, todos los invitados aplauden las monerías del niño que sopla la única vela de su enorme torta.

