3.643 – La dignidad y el arte

  Yo escribo para quienes no pueden leerme. Los de abajo, los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia, no saben leer o no tienen con qué.
Cuando me viene el desánimo, me hace bien recordar una lección de dignidad del arte que recibí hace años, en un teatro de Asis, en Italia. Habíamos ido con Helena a ver un espectáculo de pantomima, y no había nadie. Ella y yo éramos los únicos espectadores. Cuando se apagó la luz, se nos sumaron el acomodador y la boletera.
Y, sin embargo, los actores, más numerosos que el público, trabajaron aquella noche como si estuvieran viviendo la gloria de un estreno a sala repleta. Hicieron su tarea entregándose enteros, con todo, con alma y vida; y fue una maravilla.
Nuestros aplausos retumbaron en la soledad de la sala.
Nosotros aplaudimos hasta despellejarnos las manos.

Eduardo Galeano

3.642 – Grave problema argentino: Querido amigo,estimado, o el nombre a secas

  Usted se reirá, pero es uno de los problemas argentinos más difíciles de resolver. Dado nuestro carácter (problema central que dejamos por esta vez a los sociólogos) el encabezamiento de las cartas plantea dificultades hasta ahora insuperables. Concretamente, cuando un escritor tiene que escribirle a un colega de quien no es amigo personal, y ha de combinar la cortesía con la verdad, ahí empieza el crujir de plumas. Usted es novelista y tiene que escribirle a otro novelista; usted es poeta, e ídem; usted es cuentista. Toma una hermosa hoja de papel, y pone: «Señor Oscar Frumento, Garabato 1787, Buenos Aires.» Deja un buen espacio (las cartas ventiladas son las más elegantes) y se dispone a empezar. No tiene ninguna confianza con Frumento; no es amigo de Frumento; él es novelista y usted también; en realidad usted es mejor novelista que él, pero no cabe duda de que él piensa lo contrario. A un señor que es un colega pero no un amigo no se le puede decir: «Querido Frumento.» No se le puede decir por la sencilla razón de que usted no lo quiere a Frumento. Ponerle querido es casi lascivo, en todo caso una mentira que Frumento recibirá con una sonrisa tetánica. La gran solución argentina parece ser, en esos casos, escribir: «Estimado Frumento.» Es más distante, más objetivo, prueba un sentimiento cordial y un reconocimiento de valores. Pero si usted le escribe a Frumento para anunciarle que por paquete postal le envía su último libro, y en el libro ha puesto una dedicatoria en la que se habla de admiración (es de lo que más se habla en las dedicatorias), ¿cómo lo va a tratar de estimado en la carta? Estimado es un término que rezuma indiferencia, oficina, balance anual, desalojo, ruptura de relaciones, cuenta del gas, cuota del sastre. Usted piensa desesperadamente en una alternativa y no la encuentra; en la Argentina somos queridos o estimados y sanseacabó. Hubo una época (yo era joven y usaba rancho de paja) en que muchas cartas empezaban directamente después del lugar y la fecha; el otro día encontré una, muy amarillita la pobre, y me pareció un monstruo, una abominación. ¿Cómo le vamos a escribir a Frumento sin identificarlo (Frumento) y luego calificarlo (querido/estimado)? Se comprende que el sistema de mensaje directo haya caído en desuso o quede reservado únicamente para esas cartas que empiezan: «Un canalla como usted, etc.», o «Le doy 3 días para abonar el alquiler», cosas así. Más se piensa, menos se ve la posibilidad de una tercera posición entre querido y estimado; de algo hay que tratarlo a Frumento, y lo primero es mucho y lo segundo frigidaire.
Variantes como «apreciado» y «distinguido» quedan descartadas por tilingas y cursis. Si uno lo llama «maestro» a Frumento, es capaz de creer que le está tomando el pelo. Por más vueltas que le demos, se vuelve a caer en querido o estimado. Che, ¿no se podría inventar otra cosa? Los argentinos necesitamos que nos desalmidonen un poco, que nos enseñen a escribir con naturalidad: «Pibe Frumento, gracias por tu último libro», o con afecto: «Ñato, qué novela te mandaste», o con distancia pero sinceramente: «Hermano, con las oportunidades que había en la fruticultura», entradas en materia que concilien la veracidad con la llaneza. Pero será difícil, porque todos nosotros somos o estimados o queridos, y así nos va.

Julio Cortazar
La vuelta al día en ochenta mundos

3.641 – Como todos los días

  Como todos los días, hago el recorrido matutino hasta la escuela, con la esperanza de encontrarte en la entrada. Ahí estás, como todos los días, con tu rostro mustio y risueño conversando con tus amigas, libre de remordimientos y ajena a mi presencia. Te miro ir y venir entre ellas y tu delgada figura parece deslizarse ingrávida, casi etérea. Sé que eres real porque puedo verte, porque tengo que creerle a mis ojos y también a mis sentidos que no han dejado de añorarte. El contacto tibio de tus manos y el recuerdo de tus labios suaves, siguen aquí, muy dentro, doliendo, ahora que ya están ausentes.
Como todos los días, te miro de lejos y pienso en nuestra corta y triste historia, tan ilusionada al principio, tan llena de temor y deslumbramiento por ti, finalmente tan frágil. Cuatro meses fueron suficientes para que te alejaras, para que supieras que no era conmigo ni a mí, a quien le pertenecía tu corazón. Había otros rondándote, a ti, tan risa de campana, tan piel de canela, tan rostro bonito. Tengo tantas ganas de que sea mentira que ya no me necesitas cerca, que también me muevo y hablo fuerte, para que me veas que estoy aquí, que no me he ido, que como todos los días sigo persiguiendo el aire por donde pasas. Hay en mi actitud, una inefable ansia de poder acercarme y plantarme cara a cara frente a ti, pero el miedo al ridículo me detiene, me regresa al día del rompimiento y a lo necio de mi comportamiento. El tiempo que te sé de otro, no me hace más sabio ni mitiga esta desesperación amarga.
Como todos los días, atiendo poco a las clases y estudio mal; en que poco me valoro, que a veces, hasta pretendo darte la razón de tu desamor. No, desamor es una palabra muy cursi. Cuando me querías, sólo decías eso: “te quiero” o que te gustaba. Tan ávido de cariño y de la cercanía de una chica como tú, me encontraba, que me entra la duda de si en lugar tuyo, hubieras sido otra, estaría yo sufriendo igual, o quizás más. Me voy hundiendo, como todos los días, me voy creyendo el peor, el que vale menos que nada.
Como todos los días, te espero a la salida de la escuela y te veo marchar acompañada siempre de alguien. No hay cambios en esta rutina, en este círculo vicioso interminable y cruel que me domina y me nubla el pensamiento. Emprendo el camino de regreso a casa. Me voy derrotado, aplastado como todos los días. No me tengo lástima; pero me duele no haber sabido mantenerte a mi lado. Mañana estaré temprano a la entrada de la escuela, para mirarte de nuevo. Esta actitud estúpida y masoquista, me trasciende. Sabes, te amo (ahora tengo la certeza), te amo y te extraño, como todos los días.

Mario Padilla Roa (maparo55)

3.640 – La sirena

  La vi y me quedé boqui-abierto: sin duda era una sirena. Cabellos rojos, rostro de infanta, pechos frondosos y cola de pez. En ese momento sentí que mi sola presencia la aterró, pues se revolvía espantosamente como si quisiera escapar de algo: su torso desnudo y su monstruosa cola emergían y desaparecían a ras de la marea. Su canto, asimismo, se asemejaba más a un lamento que a una entonación melodiosa. La imagen duró apenas unos instantes. Más tarde me enteré que en esa misma playa una mujer fue devorada por un tiburón.

Marcial Fernández
Méjico

3.639 – Raíces y costumbres

  Con los ahorros de toda una vida trabajando en Ámsterdam se construyeron una casa en su aldea de los Montes de Toledo. Cuando se jubilaron se fueron a vivir en ella y conservan una mezcla de costumbres. Él, vigilante, se sienta a la puerta en una silla de nea y toma el fresco. Ella, en la ventana, rememora la vida allí.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2017/09/raices-y-costumbres.html

3.638 – Los guayacanes

  La muerte llegó sin utilizar la puertecita del jardín, por donde el poeta entraba en su casa a huéspedes especiales. Eligió la ventana para penetrar en la biblioteca. Los árboles del jardín eran la vida del escritor.
Bueno…-dijo la muerte.
¡Bueno! -respondió el poeta pero, antes, permíteme despedirme de mis guayacanes.
¿Guayacanes? -preguntó la muerte, y acompañó al poeta hasta el jardín, donde tres frondosos guayacanes, cargados de flores lilas, amarillas y rosadas, eran la fiesta de aquel lugar.
Son lo único que extrañaré -admitió el poeta. Y agregó, señalándolos:
¿Habrá algo parecido… allí?
Varias flores cayeron sobre la muerte.
Creo que no- respondió ella con desconsuelo- ¡Son hermosos! Nunca me los mostraron.
El suelo estaba tapizado de flores y cada instante, descendiendo en espiral, caían más a su lado, llevándolas y trayéndolas el viento.¿Verdad que sí?…Y, además de esto, espera a que se llenen de aves- advirtió el poeta.
Entonces, la muerte, ya sin prisa, lo invitó a sentarse bajo uno de ellos.

Umberto Senegal

3.637 – Lo típico

  «Lo típico», acerté a responder cuando Eva me preguntó en el recreo que qué me habían traído los Reyes. Por suerte a ella los Magos le habían puesto un movil de última-nueva-súper-mega generación que la tenía bastante entretenida y no pidió muchas mas explicaciones. «Lo típico». Se me escapó una sonrisa. Aquellas Navidades habían sido de todo menos típicas:
Después de dos años viéndose a escondidas, que ella cree que no, pero yo sé que si, mamá pensó que la cena de Nochebuena era el momento indicado para presentar a la familia a su novio Eduardo que llegó sonriente y ya nunca mas se fue. El que retiró mas temprano de lo normal aquella noche fue el tío Gerardo. Cuando fui a buscar la bandeja de los turrones a la cocina escuché a tía Berta decirle a mamá, «de saber que Eduardo era el antídoto contra el cuñadisimo, te lo hubieras traído antes». Ambas se rieron.
Eduardo es médico pero no tiene trabajo así que desde Nochebuena ha tomado el mando de la casa. Cocina medio bien y hace un chocolate exquisito con una pizquina de sal con el que Martina se relame. Y él sonríe al verla disfrutar. Es un año y dos meses mayor que mamá pero no lo parece y menos cuando sonríe. Yo no le creía la edad hasta que me enseñó el pasaporte.
-¿Ves? 16 de julio de 1969″.
-Jo, pues pareces mas joven.
-Gracias… Muchas gracias, pero esto último no hace falta que se lo digas a tu madre.
Y vuelve a sonreír, reímos los dos.
Me cae bien porque canta mientras cocina, porque tiene a mamá entretenida y por su sonrisa enorme. A mamá… bueno ya os podéis imaginar a mamá lo bien que le cae Eduardo.
Y Martina… La verdad es que Martina está encantada porque cree que desde Nochebuena vive con nosotras en casa el Rey Baltasar.

Aitana Castaño Díaz
http://sairutsa.blogspot.com.es/2016/01/lo-tipico.html

3.636 – La casa del pino

  Existe un frío brillante que se da algunos días de invierno. El sol está fuera y se aprecia su tacto, pero el aire helado y la temperatura, que pende de una nube para caer con escándalo, rompen toda la mañana limpia. Desde la casa se ve en la lejanía la Sierra; en días claros como éste uno parece volar por los valles, ríos y tierras que transcurren veloces hasta esa serranía que revienta enorme el horizonte. Así es la mañana; y el niño llega y encuentra a su caballo bregando con la muerte, tumbado y el costillar señalado como en un barco podrido de la marisma. El padre no habla, saca su escopeta y le pega un tiro en la frente tranquila, dura, y suena el eco como cayendo por la finca, tan alta, como rodando hasta el río que yace en la vaguada. El niño mira la casa, mira el enorme pino; todo es paz, la sombra mecida de los almendros se mueve sobre los surcos del terruño arado. Ahora hay silencio y ese sol leve, casi muerto pero luminoso, como si fuera el resto de una explosión lenta. El niño se pregunta todo, nada contesta. Entonces se va al coche y pone la radio, buscando entretener su aliento… Volverá años más tarde a la casa del pino y pensará en su caballo… y en su padre.

Francisco Silvera

3.635 – El aplaudidor

  Tras un tiempo en el paro fue lo único que encontró: aplaudidor. Jornada completa, disponibilidad absoluta. El salario era bueno y la Empresa se encargaba del transporte. El trabajo era sencillo: aplaudir, reír, levantarse, sentarse, gritar. Actos simples a indicaciones del regidor.
Entre platós pasó los años y las décadas y se convirtió en un verdadero profesional: un aplaudidor frío, aséptico, entregado a la causa. Ocultaba su pasado anterior a la Empresa. Si algún nostálgico le preguntaba, mentía. Aquel ser que entretejía utopías colectivas le parecía tan ajeno como un mal sueño, un pasado del que arrepentirse. La Empresa le había dado un motivo para vivir, un papel que cumplir en su tiempo y su espacio. Por eso cuando lo ascendieron a regidor se sintió orgulloso: después de tantos aplausos al final era él quien daba las órdenes.
El día del incidente, por fin, devolvió a la Empresa la confianza mostrada. Durante la entrevista semanal al presidente, tras él indicar aplausos, un joven aplaudidor había permanecido impasible. Un primer plano de público febril ante la locuacidad del mandatario y él sentado sin mover un músculo. Pero anduvo rápido: llamó a seguridad, que inmediatamente comenzó a golpear al joven con sus porras. Acabó cayendo al suelo, pero él ordenó con un ademán que los guardias siguieran con su labor. Mientras, el resto de aplaudidores permanecían impasibles, quietos. Los telespectadores miraban desde casa, inquietos. Y aún con miles, millones de ojos sobre sí, miró a su alrededor y ordenó, decidido, “¡qué continúe el espectáculo!”. Y todos, aplaudidores, espectadores y hasta el propio presidente, cumplieron con lo que les pedía. El júbilo desbordó el plató, las casas, las calles y las ciudades. Él, por su parte, sonrió como los héroes orgullosos por el deber cumplido.

Juan Darias

3.634 – La urna

  Al llegar a casa, ella se sienta en su vieja mecedora, y se balancea suavemente. Los cuadros están todos descolgados, las paredes extrañamente desnudas, todos los cajones abiertos, como si alguien los hubiera estado registrando. A la cocina no quiere ni asomarse, pero puede ver, por la puerta abierta, los cubiertos esparcidos, los cajones desordenados, y el viejo mantel rojo abierto sobre el suelo.
Acaba de incinerar a su esposo. Veinte años bajo el mismo techo. Sólo un hijo. Y muchos recuerdos que ahora parecen querer salir todos a la vez. La ceremonia ha sido breve, concisa. Poemas de Keats y música de The Doors de fondo. Mientras recuerda la cronología de lo acaecido, piensa en cada palabra, cada abrazo, la emoción flotando como un viejo duende que atenaza la voz. Trata de relajarse, pese al desorden reinante, pese a lo acontecido en su ausencia. El balanceo es rítmico, suave, mientras los ojos parecen querer cerrarse. Al final de la ceremonia algunos quieren acompañarla a casa, pero ella no deja que eso ocurra. Prefiere estar sola, con sus pensamientos, sus temores, sus ilusiones. Y con la urna de cenizas. Solos de nuevo.
Ella, por primera vez, esboza una ligera sonrisa. En el contestador hay un par de mensajes, el piloto rojo parpadea. Decide pulsar el botón. Escucha indiferente el primero de ellos. El segundo es de una voz que amplía su sonrisa: ¿Nos vemos esta noche, donde siempre, a las nueve? Igual estás demasiado cansada, lo entendería perfectamente.
Ha dejado de mecerse. Se levanta y sube a su habitación. Abre el armario y saca vestidos que apenas se ha puesto. Prendas alegres, de colores vivos, llamativos. Elige uno. Se quita las prendas negras que cubren su cuerpo, y en su desnudez, frente al espejo, comprueba que aún se siente viva, joven. Elige un vestido de color fucsia y blanco y selo pone, hasta que queda ceñido, ajustado a cada curva. Se calza unos zapatos de tacón no muy alto. Mientras termina de acicalarse le entra una duda: la urna con las cenizas. No quiere dejarla sola, aunque tampoco puede llevársela. Sin pensarlo dos veces, en un acto repentino, coge la urna, se la lleva hasta el cuarto de baño y, tras darle un último beso, la vacía en la bañera. Echa un poco de agua hasta que toda la ceniza desaparece, desagüe abajo.
Últimos retoques, y se lanza a la calle. En el primer local que entra, pide una copa. Y entonces no puede dejar de oír un extraño ruido que crece pero que solo ella parece escuchar. Un sonido por las tuberías y bajantes del local, un movimiento inusual, como si alguien tratara de liberarse de los tubos de pvc, como si quisiera, de nuevo, revolverlo todo, hacer daño.

Antonio Luis Ginés