941 – Agua maldita

 Conocemos a Nostradamus por sus profecías, que siguen siendo bestsellers en el mundo.
Ignoramos que Nostradamus fue también médico, un médico insólito, que no creía en las sanguijuelas y contra las pestes recetaba aire y agua: aire que ventila, agua que lava.
La mugre incubaba plagas; pero el agua tenía mala fama en la Europa cristiana. Salvo en el bautismo, el baño se evitaba porque daba placer y porque invitaba al pecado. En los tribunales de la Santa Inquisición, bañarse con frecuencia era prueba de herejía de Mahoma. Cuando el cristianismo se impuso en España como verdad única, la Corona mandó arrasar los muchos baños públicos que los musulmanes habían dejado, por ser fuentes de perdición.
Ningún santo ni santa había puesto nunca un pie en la bañera y entre los reyes era raro bañarse, que para eso estaban los perfumes. La reina Isabel de Castilla tenía el alma limpia, pero los historiadores discuten si se bañó dos o tres veces en toda su vida. El elegante Rey Sol de Francia, el primer hombre que usó tacones altos, se bañó una sola vez entre 1647 y 1711. Por receta médica.

Eduardo Galeano
Espejos, Una historia casi universal. Ed Siglo XXI, 2008

940 – Objetos. III, Las llaves.

 Instrumento que abre o cierra una puerta.
En plural (las llaves) hace referencia a las de casa.
Dos juegos.
Quedamos en que te pasarías a recoger tus cosas cuando yo no estuviese.
Avísame antes.
Y que luego me las dejarías encima de la mesa.

José María Cumbreño
Relatos relámpago, Editora regional de Extremadura. Mérida, 2007

939 – Secta literaria

 Nos reunimos secretamente los jueves por la noche. Encendemos cuatro velas negras, descorchamos el vino del ritual y como en una letanía leemos nuestros versos. La ceremonia alcanza su mejor momento cuando todos a la vez hundimos el cuchillo en el mismo poema ajeno. Aplastamos cada una de sus palabras con ferocidad, como si se tratara de infames termitas capaces de devorar nuestra gloria de aldea.
A veces, no siempre, también sacrificamos a algún poeta. Con su sangre regamos nuestro altar. Hacia el amanecer, limpiamos la zona sagrada. No dejamos un solo rastro. Pero no es fácil: el poeta se empecina en sonreírnos, tres días más tarde, desde las páginas del Suplemento Literario.

Orlando Van Bredam
El límite de la palabra. Ed. de Laura Pollastri. Editorial Menoscuarto 2007

938 – El curriculum circular (O como acabamos dando la razón a nuestros padres)

 El joven profesor estudió latín (quam procul negotiis), por narices, contra la opinión de sus padres. Ellos hubieran querido que estudiara idiomas, inglés, por ejemplo, que entonces se llevaba mucho. A él le encantaban los idiomas, le fascinaba su sintaxis, pero no quería ganarse la vida enseñando lenguas vivas.
Aprobó la oposición por griego (timeo Danaos), y enseñó música, francés, geografía, lengua, literatura, procesos de comunicación y un montón de asignaturas afines. Griego, lo que se dice griego, solo un año.
El joven profesor, ya no tan joven, harto de ser un humanista, acabó enseñando lengua española en un instituto español para alumnos nacidos y criados en España.
Toda la vida huyendo de los idiomas para terminar impartiendo español para extranjeros.

Pilar Galán
Relatos relámpago, Editora regional de Extremadura. Mérida, 2007

936 – Locura de amor

 Él había perdido la cabeza. Ella le entregó el corazón. Y paseaban como tantos otros. Él, incómodo con aquella víscera sangrante en las manos. Ella, ansiosa, pretendiendo adivinar su futuro en la inútil esfera degollada.

Isabel Cienfuegos
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma – 2001

 

 

 

935 – Hambre

 Cuando los otros niños regresan a casa y el parque se queda solo, mamá reparte la comida y me pide que sea más educado. Creo que a mamá no le gusta cómo come papá, que chupa los huesos hasta dejarlos limpitos. Pero yo no podría comer así porque mamá sólo me da los pescuezos, las vísceras y otras presas sin importancia. Si me diera una pata seguro que me la comería como papá, porque ya me han salido los dientes y no soporto que me den lo que nadie quiere. Mamá dice que cuando sea capaz de cazar mis propios niños podré comer lo que me dé la gana, así que mañana lo intentaré con ese rubito que juega en la arena, mientras su niñera se morrea con el novio.

Fernando Iwasaki
Ajuar funerario.Ed Páginas de espuma. 2009

934 – Alegoría del amor senil

  Enamorado de ella hasta los hígados, Apolo le prometió acceder a todo lo que le pidiese.
-¿De veras? -palmoteó Deófilis, una joven bellísima recién admitida de la mano (es un decir, de la mano) del dios en la ciencia amatoria-. Entonces te pido que jamás se apague en mis venas el fuego que tú encendiste.
-Está bien. Concedido.
-¿Puedo pedirte una cosa más?
-¿Qué cosa?
-Vivir tantos años como granos de arena caben en mi puño.
-De acuerdo. Pero no te hagas ilusiones conmigo: pasado un tiempo, tendrás que buscar otros amantes.
-Comprendo. Por suerte, no faltan hombres. Y ahora, un último favor.
Apolo se encolerizó:
-Todas las mujeres son iguales. Cuanto más generoso se es con ellas, más pedigüeñas se ponen. Basta, se acabó. Adiós.
Y se fue volando por los aires.
Se presume que la tercera gracia que Deófilis quería pedirle era la de mantenerse siempre joven. Setecientos años después Eneas se topó con esta vieja inmunda, que vagaba por los caminos de Italia mendigando el amor de los hombres. Como todos la rechazaban, asqueados, el horrible esqueleto vomitaba injurias atroces, y enseguida vertía lágrimas de un fuego inextinguible.
Varias veces se intentó matarla. Pero aquel espantajo sobrevivía a las lapidaciones, a las horcas, a las hogueras, a los puñales, a los venenos, a la crucifixión, a las dentelladas de los lobos, a las temperaturas hiperbóreas, sobrevivió a un ahogo de tres días bajo el mar.
Como se ignora cuántos granos de arena caben en el puño de una muchacha, tampoco se sabe cuántos años vivió Deófilis.
Un rumor que corría por las tabernas y por los lupanares de Roma sostiene que Eneas, el más misericordioso de los héroes troyanos, se compadeció de ella y satisfizo, por una sola vez, sus apetitos.
De esa unión habrían nacido las moscas.

Marco Denevi

933 – Santas visitadas desde el cielo

 Santa Mechtilde de Magdeburgo: Señor, ámame con fuerza, ámame con frecuencia y por largo tiempo. Te llamo, abrasada de deseo. Tu ardiente amor me inflama a todas horas. Soy sólo un alma desnuda y Tú, en ella, eres un huésped ricamente ataviado.
Santa Margarita María Alacoque: Un día que Jesús se puso sobre mí con todo su peso, respondió de esta forma a mis protestas: «Quiero que seas el objeto de mi amor, sin resistencia de tu parte, para que pueda gozar de ti».
Santa Ángela de Foligno: Era como si fuese poseída por un instrumento que me penetrase y se retirase rasgándome las entrañas. Mis miembros se quebraban de deseo… Y para este tiempo, Dios quiso que muriera mi madre, que era un gran impedimento para mí.
Al poco tiempo, mi marido y todos mis hijos murieron. Sentí un gran consuelo. Dios hizo esto por mí, para que mi corazón estuviese en su corazón.

Eduardo Galeano
Espejos, Una historia casi universal. Ed Siglo XXI, 2008

932 – El grafógrafo (A Octavio Paz)

 Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

Salvador Elizondo
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma – 2001