1.808 – Examen de conducir

alonso-IbarrolaHuesca  El ingeniero montó a su lado y dijo: «¡Vamos!». El aspirante a obtener su carné de conducir arrancó y con la mirada fija ante el parabrisas y las manos agarrotadas en el volante se adentró en los complicados vericuetos de la circulación ciudadana. Marchaba sin novedad hasta que, de repente, una señora se lanzó a cruzar la calle distraídamente y con celeridad. El examinado no pudo por menos que atropellarla. La señora lanzó un «¡ay!» desgarrador, pues para cuando frenó era demasiado tarde… Se arremolinó la gente, el ingeniero, desplazando imperiosamente al conductor, cogió el volante y se llevó a la mujer a un centro de asistencia urgente. El aspirante, solo, en medio de la calle, se preguntaba si tendría alguna posibilidad de aprobar el examen…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
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1.792 – En el sofá

alonsoibarrola  «Amo mi profesión, doctor. Me domina, me apasiona, me fascina. A las ocho de la mañana abro la puerta del establecimiento dedicado a la venta de aparatos sanitarios y a las nueve de la noche la cierro. Cuando me quedo solo y se han ido los dependientes me paseo por el local de arriba abajo, observo, toco, acaricio los aparatos sanitarios. Los bidés me excitan. Tienen formas de mujer. Esas curvas sinuosas, esas caderas redondas… Me tengo que contener para no abalanzarme sobre ellos; comprendo los problemas que tuvo el inventor del bidé para introducirlos en el mercado y explicar su utilidad. Problemas dialécticos, de difícil comprensión. Ni un gesto, ni un signo, porque al cliente hay que respetarlo… Perdone, doctor, que me haya ido por las ramas. A lo que iba… También hay lavabos excitantes, los buenos y lujosos lavabos, se entiende. En cierta ocasión…».

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1.768 – Exhibicionista

 alonso-Ibarrola32 Impecable con su gabardina y sus zapatos negros lustrosos, intenta siempre sorprender y escandalizar. Ayer lo consiguió en una concurrida cafetería. Se presentó de repente, abrió su gabardina de par en par y un grito de asombro surgió de todas las gargantas. Tenía calzoncillos.

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1.753 – Teresina

 alonso-ibarrola2-300x200 La niña se llamaba María Teresa, pero en el colegio la llamaban Teresina, quizá debido al hecho de que varias de las monjas de la Orden provenían de Italia. Un día, en una de las numerosas funciones religiosas que las alumnas del Centro se veían obligadas a soportar, el capellán se refirió a ciertos padres que no cumplían con sus deberes de católicos, y organizó una especie de «cruzada familiar». La jornada dominical del padre de Teresina se vio interrumpida por la insistencia de la niña para que asistiera a misa. No se atrevió el hombre a decir nada, por no enfrentarse con su mujer, en quien Teresina encontró una fiel aliada. El «triunfo» de la niña fue celebrado por todo el colegio, con alborozo particular de las monjas. Y el padre de Teresina tomó la costumbre de desayunar y leer el periódico en una cafetería, en solitario, mientras duraba la misa.

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1.737 – Incidente

alonso-Ibarrola2  M. se dirigía con el coche y toda la familia en su interior hacia el campo, dejando tras sí la gran ciudad, con sus ruidos, olores y colapsos en la circulación. De repente, un coche le surgió de una calle lateral sin detenerse, ni señalar nada. Un brusco frenazo salvó la situación, pero rabioso comenzó a tocar histéricamente el claxon. El autor del lance, un hombre corpulento y barbudo, detuvo unos metros más adelante su coche, impidiendo el paso del que protestaba y arrimándose altaneramente a la ventanilla del airado conductor, preguntó: «¿Le ocurre a usted algo?». M. calló y el hombre volvió a su coche, arrancando pausadamente. M. no fue feliz en el resto de la jornada.

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1.714 – El cuento

alonso-ibarrola2-300x200  La niña se despertó a media noche y comenzó a llorar, exigiendo a voz en grito «que le contaran un cuento». La madre, rendida por el cansancio de la fatigosa jornada, se resistía y pidió con mal talante a su marido que interviniera. El marido, mascullando palabrotas, se levantó y se dirigió a la habitación de la niña. Ella quería escuchar, una vez más, el cuento de «Caperucita». El padre, rabioso y enfurecido, contó con gran fuerza descriptiva la popular narración. Introdujo algunas variantes (quizá producto de su mal humor), incidiendo con todo género de detalles en la muerte de Caperucita, devorada no por uno, sino por muchos lobos. Crujieron los huesecillos de Caperucita, se quedó sin ojos, sin dientes, sin nariz, la sangre manchaba el césped… Cuando la niña se hubo dormido, el padre se retiró calladamente. A la mañana siguiente, la madre, observando a la niña, que dormía con el cuerpecito rígido, las manos crispadas y los ojos abiertos, redondos como platos, preguntó al marido: «¿Qué le contaste a la niña?».

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1.687 – Un desembarco

alonso-Ibarrola32  Se aproximaron a la costa unos grandes buques de guerra y durante siete días estuvieron disparando enormes proyectiles que fueron a estallar junto a la orilla. A continuación, hicieron su irrupción rápidas lanchas anfibias, que abrían sus compuertas y vomitaban centenares de soldados armados hasta los dientes. Las bombas no cesaban de estallar junto a la orilla. Un oficial con muchos galones y un pequeño revólver, gritaba a los buques: «iIdiotas, más allá!». Pero los buques de guerra seguían disparando imperturbablemente contra la orilla. Los soldados caían como moscas. Otro oficial dijo: «¡Al ataque!», pero en el momento de echar a andar, se aturdió, tropezó y cayó al suelo. El resto de los soldados que le seguían, indecisos, se echaron asimismo al suelo. Uno comenzó a llamar a su madre. Otro gritó «¡traición!», al ver que su compañero caía muerto con un tiro en la espalda e increpó duramente a otro por su descuido. Al final todos se retiraron en desorden, exclamando: «¡Volveremos!». Mientras, en el buque-insignia, el almirante, consultando detenidamente los mapas, exclamó sencilla y llanamente:
– Nos hemos equivocado de orilla. Es la de enfrente…
Y con voz un tanto enérgica, gritó: – ¡Adelaaaaaaaaaaaaaaante…!
El dedo índice de su mano derecha señalaba un punto imaginario en el horizonte sin fin del Océano.

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1.672 – Seguro de vida

alonso ibarrola El agente de seguros llamó a la puerta y con su insistencia y verborrea consiguió entrar y sentarse en el sofá del salón-comedor, junto al cabeza de familia. Éste, al principio escéptico y esquivo, se fue mostrando al rato, interesado en el asunto. El agente trataba de convencerle para que suscribiera una póliza «seguro de vida». Insistió mucho en el futuro de su mujer e hijos y en los peligros que ofrece la vida moderna -accidentes de coche, de avión, el cáncer, los infartos de miocardio, los ladrillos que caen de los tejados…- y tanto reforzó estos argumentos, describiendo un panorama tan negro para la presunta viuda y los presuntos huérfanos que, el hombre, en un momento determinado, prorrumpió en sollozos incontenibles. Alarmada, acudió su mujer a consolarle, al mismo tiempo que enojada gritaba al agente de seguros: «¿Qué le ha dicho usted a mi marido?». El agente, cabizbajo, se fue pronunciando confusas palabras…

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1.645 – La camarera

 alonso-ibarrola2-300x200 Llegó a la gran ciudad y entró a servir en casa de unos respetables señores. Enviaba a sus padres, que vivían allá, en el pueblo, unos modestos giros postales que con los meses fue incrementándolos, gracias a la nueva ocupación que había encontrado como camarera en un lugar que no precisó muy bien en su carta. La alegría y orgullo de los padres por aquella hija tan buena y cariñosa sufrió un rudo golpe cuando recibieron una carta de un tribunal tutelar de menores notificándoles que su hija se hallaba bajo su custodia, tras haber sido detenida en una sala de fiestas, donde, al parecer, prestaba diversos servicios, entre ellos el de camarera. Cuando la enviaron a casa, su padre le propinó una brutal paliza y su madre la insultó y escarneció despiadadamente. Días más tarde desapareció y nunca más supieron de ella. El padre, de vez en cuando, se acercaba por la oficina de Correos, esperando encontrarse con algún giro postal a su nombre: en vano. Que fuera una prostituta era una desgracia, pero que se comportara tan egoístamente con sus pobres padres, no tenía perdón de Dios, repetía el hombre una y otra vez al funcionario que le atendía.

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1.633 – El pantano

 alonso-Ibarrola32  No había otra elección. El pueblo quedaría próximamente sumergido por las aguas del nuevo pantano y tenían que irse… Les habían construido otro pueblo nuevo a veinte kilómetros de distancia. Un anciano del lugar se mostró disconforme y reacio. No atendió a razones y ni corto ni perezoso se subió con provisiones a la torre del campanario. Moriría ahogado. El alguacil por poco murió descalabrado cuando intentó subir para detenerlo. Pensaron que lo mejor sería dejarlo. Al verse solo bajaría por propia iniciativa. No bajó. Y quienes volvieron a por él arrostraron grandes peligros, pues arrojaba grandes pedruscos sobre sus cabezas. Le dejaron por imposible… No se hizo el pantano por falta de presupuesto y cambio de planes. Volvieron todos sus habitantes de nuevo con sus enseres y bártulos a ocupar sus viviendas al cabo de tres meses de ausencia. Encontraron el cadáver del anciano en un pozo. Calcularon que llevaba dos meses allí abajo. Todo hacía suponer que quiso beber agua y se cayó al intentar llenar el cubo. Quien más, quien menos, pensó que había muerto como quería.

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