2.190 – El guardia

alonso-Ibarrola32  Encontró a dos individuos charlando apaciblemente pero apoyándose en el capó de su coche, aparcado junto a la acera de una calle poco concurrida. Les invitó con corteses palabras a que se apartaran del coche y le dejaran entrar en el mismo. No le prestaron la más mínima atención. Se fue en busca de un guardia. Volvió al cabo de unos minutos acompañado de uno. Llevado por su celo profesional, el agente municipal, ante todo, le extendió una multa por «aparcamiento indebido». Luego les conminó a los dos individuos a que despejaran el lugar y desapareció. Los individuos siguieron charlando y el dueño del coche, confuso, se dirigió a la parada más próxima del autobús que le conduciría hasta su casa. El guardia le había hecho un descuento por pagar en el acto.

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2.183 – Atraco

alonso-Ibarrola2  Tres sujetos de pésima catadura entraron con paso decidido en la entidad bancaria, empuñando sendas metralletas. Al grito de «¡Manos arriba!», todos los empleados y clientes levantaron los brazos asustados. Uno de los atracadores, acercándose al cajero, le ordenó imperiosamente le entregara todo el dinero que tuviera y lo introdujera en un maletín que le tendió. El cajero, sumiso, nervioso, servicial y cabizbajo, fue depositando los fajos de billetes con mucho cuidado y orden en el susodicho maletín. Una vez que hubo terminado la operación, los asaltantes se fueron tan rápidamente como llegaron. La excitación de los clientes y empleados duró varios días y la prensa recogió profusamente el hecho. El cajero compró cinco ejemplares de un diario que mostraba su fotografía, y repetía hasta la saciedad, a todo cliente que se aproximaba a su ventanilla: «Porque tengo cuatro hijos, que si no…»

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2.157 – El cerco

alonso-ibarrola2-300x200  Le conminaron para que desalojara su vivienda, una modesta barraca de una planta declarada en ruinas en medio de una zona de expansión urbanística, pero se negaba siempre en rotundo. Tuvieron que recurrir a la fuerza, pero se atrincheró con su vieja escopeta y nadie se atrevió a acercarse… Reporteros y redactores se interesaron por su actitud que duró cuarenta y ocho horas. Gracias a los buenos oficios y promesas del teniente de alcalde depuso su actitud. Le prometieron firmemente otra vivienda, nueva y de módico alquiler, y es por ello que se decidió a salir de su atrincheramiento y entregar la escopeta. Por desgracia, el nuevo piso estaba muy lejos y tenían que gastar mucho dinero en transportes tanto él como los suyos. Además, le multaron por no tener licencia de armas y por alboroto público. Quiso protestar pero le tildaron de loco y en las redacciones de los periódicos que se habían ocupado de su encierro, esta vez no le prestaron atención alguna. Desesperado, volvió a atrincherarse de nuevo, esta vez sin arma alguna. Lo liquidaron en breves minutos con una ráfaga de metralleta, sin contemplaciones.

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2.137 – La medalla

alonso-Ibarrola32  Se alarmó al leer en la prensa varios casos de compañeros que habían descubierto que sus medallas de oro, concedidas por sus «méritos laborales» el día de su jubilación, eran falsas. Su mujer, una paciente esclava del hogar, de sus caprichos y manías de viejo, para tranquilizarlo y ante sus insistentes ruegos, mostró la susodicha «medalla» a un experto para que verificara su autenticidad. La pobre señora, no se atrevió, al volver a casa, tras la consulta, a contarle la verdad. «Tranquilo. Es auténtica», dijo. El anciano emitió un suspiro de alivio y siguió leyendo apaciblemente su periódico. Un año más tarde enfermó y su dolencia acentuó el trabajo de su mujer, que noche y día se veía, obligada a atenderlo. La fatiga se reflejaba en su rostro. Estaba harta, irritada y no veía el final de aquella insostenible situación. Su marido, en un momento de serenidad y lucidez, le regaló la «medalla de oro» y ella no pudo contenerse. «¡Es falsa, imbécil!». Una frase que luego, viuda, le remordería hasta la tumba…

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2.113 – Lecciones en vídeo

alonso-IbarrolaHuesca  Cuando la niña de siete años llegó a casa, a sus padres no les hizo mucha gracia lo que contó. A partir del próximo lunes, la profesora había anunciado que les mostraría un vídeo con unas lecciones prácticas sobre la vida sexual de los animales y de los seres humanos. El padre, particularmente, no tenía ningún inconveniente en lo de los bichos, pero que su hija pudiera ver a una pareja «en acción», le asustaba. La madre, más práctica, se puso en contacto rápidamente por teléfono con otras madres en idéntica situación. Todas estaban preocupadas, molestas y susceptibles. Decidieron reunirse en casa de una de ellas el sábado por la tarde, y de dicha reunión salió nombrada una comisión de cinco madres, que se personaron en el colegio el lunes a primera hora. La Dirección, muy comprensiva con el asunto expuesto por la comisión, accedió a la petición. Antes de exhibir las cintas pedagógicas en clase, podrían contemplarlas y sopesarlas los padres de los alumnos. La noticia corrió como un reguero de pólvora por la ciudad, casi siempre tranquila. El martes por la noche, el salón de actos estaba totalmente abarrotado de padres de familia. Se apagaron las luces y tras una previa presentación de la profesora -que en opinión muy particular de algunos padres era una mujer atractiva y sensual- comenzó el visionado de las tres primeras lecciones. Al llegar a un primer descanso, todos los asistentes estaban conformes con la teoría expuesta. En la segunda parte se visionaron otros tres capítulos, dedicados a los seres humanos, a la procreación, al coito, a las diversas posturas, etcétera. Resulta ahora muy difícil narrar lo que ocurrió entre los asistentes. Habría que remitirse a los comentarios posteriores en cada uno de los hogares, o lo que es peor: a los hechos que se sucedieron y repitieron en más de una casa. Algunos matrimonios, presos de gran excitación en la sala y aprovechando la oscuridad, cometieron actos irresponsables y ofensivos para quienes se sentaban a su lado. Hubo parejas que se besaron con fruición, con pasión, recordando tiempos pasados, de novios. Y en las alcobas, algunas «imágenes» fueron testigos de unos actos que jamás los implicados hubieran soñado con poner en práctica días antes… Las lecciones, de todos modos, fueron prohibidas.

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2.094 – El pecador

alonso-ibarrola2-300x200  Cruzaba la calle, cuando de repente un automóvil ha pasado ante mí a toda velocidad, rozando imperceptiblemente mi abrigo. Me he puesto pálido. «Ha podido matarme», he musitado con voz muy queda. Miro en derredor. Nadie, nadie se ha percatado del peligro que he corrido. Pasa ante mí un hombrecillo. Lo detengo. «¡Por poco me mata!». «¿Quién?». Me mira como si estuviese loco. No insisto. Se aleja presuroso, volviéndose de vez en cuando para observarme. ¿Qué debo hacer para suscitar el interés del prójimo? ¿Acaso no es suficiente haber estado a punto de perecer? ¿Necesitan más? ¿Es preciso que me muera… total y definitivamente? Un remolino de gente curiosa. Un guardia que repite nerviosamente: «Circulen, circulen…». Quizá yo esté oyéndolo todo… y sin poder moverme. ¿Será así la muerte? Una horrible duda me asalta…
¿Estoy o no estoy en pecado mortal? No lo recuerdo. El primer mandamiento, el segundo, el tercero… un sudor frío se ha apoderado de mi cuerpo. Acabo de recordar que estoy en pecado mortal. Afortunadamente, y por concesión papal, que figura en un cuadrito en la cabecera de mi cama, y que un pariente me trajo de Roma, basta con que diga «Jesús» y habré salvado mi alma. Más difícil hubiese sido recitar aquel largo acto de contrición… Pero ¿hubiese tenido tiempo, con aquel coche, de pronunciar «Jesús»? Temo que no. Vuelve a apoderarse de mí el sudor frío. Es preciso que me confiese ante un sacerdote. Comienzo cautelosamente a caminar, hacia una iglesia. Por fortuna, no es necesario cruzar ninguna calle. Pegado a las paredes, temiendo que una teja acabe con mi vida, me dirijo fatigosamente al confesionario…

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2.087 – Vendedor de libros

 alonso-ibarrola2-300x200  Habían respondido a un anuncio del diario, en el que solicitaban «vendedores jóvenes, dinámicos y agresivos». Fueron convocados y seleccionados una veintena. Se trataba de vender a domicilio una «fabulosa enciclopedia» con las «máximas facilidades de pago». Previamente fueron instruidos en un rápido cursillo que los iba a capacitar para ser unos «vendedores natos». Se pasaron toda la noche aprendiendo las argumentaciones que al día siguiente recitaron al Jefe del cursillo, a manera de examen final. El citado actuaba como un posible comprador y cada presunto vendedor debía salir airoso de todas las dificultades que les planteaba. Luego, todos juntos, escucharon las respectivas cintas magnetofónicas. En una de ellas, al final, se oyeron sollozos, llantos, súplicas, palabras entrecortadas, «Por Dios, por lo que más quiera…» y «Necesito trabajar». El jefe del cursillo aconsejó que este tipo de argumentación melodramática fuese utilizada solamente en última instancia y en casos muy concretos.

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2.080 – La estafa

  alonso-Ibarrola32  Dos agentes cruzaron muy de madrugada el cuidado jardín y se acercaron a la puerta principal del magnífico chalet, emplazado en el barrio residencial más lujoso de la capital. Llamaron y se dieron a conocer al mayordomo. El señor, en batín y pañuelo de seda anudado al cuello, les recibía minutos después. Estaba detenido por presunto delito de estafa. Le concedieron unos minutos para que se vistiera y despidiera de los suyos. No quiso despertar a los niños, pero su mujer, agitada y nerviosa, le abrazó con fuerza y trató de animarlo… «Tenías que haberme dicho que las cosas no te iban bien, cariño. No te preocupes. Pediré dinero a papá… ¿Cuánto debes?». El hombre no dijo nada e inclinó la cabeza. «¿Un millón, dos, tres…?». El hombre permanecía en silencio. «¿Son diez, veinte… cien?». La mujer, impaciente y nerviosa le recriminó: «¡Habla, dime algo, por favor…!». El hombre, sin atreverse a mirarla bisbiseó: «Mil doscientos millones, querida…». Más tarde, la mujer, en la soledad del dormitorio, se consolaba pensando en lo importante que era su marido.

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2.051 – Éxtasis

alonso ibarrola  El enfermero del sanatorio psiquiátrico me introdujo en una habitación. «El lo llama celda«, me aclaró. las ventanas estaban cerradas herméticamente y el sol radiante del exterior no encontraba resquicio alguno. Mi hermano estaba arrodillado sobre un reclinatorio, el mismo que compró estando con nosotros en casa y que hubimos de trasladar al sanatorio cuando el doctor decidió su ingreso aquí. De esto ya hace un año. Hoy me han permitido visitarle. Con los ojos muy abiertos, mirando Fijamente a una imagen piadosa que cuelga de la pared y con la única y exclusiva iluminación de una vela, no parece darse cuenta de mi presencia… No me atrevo a interrumpir su soliloquio. En casa lanzaba furiosos denuestos contra nuestra madre, cuando ésta interrumpía sus soliloquios, para anunciarle que la comida estaba en la mesa. El día que se subió sobre ella -cumplía años nuestro padre y había varios invitados- y comenzó a recitar las bienaventuranzas, decidimos, sin más, internarlo. Ahora se ha percatado de mi presencia y me mira. En sus ojos hay lágrimas… «¿Por qué -me dice sollozando-, por qué conmigo se comporta así?». ¿Quién? «El» -me aclara, indicando con un gesto la imagen ¿Sabes? Es terrible tener que confesarlo y admitirlo, pero no puedo soportar más este peso, este secreto… Cuando me habla (su voz es un susurro) tartamudea… Sí, tartamudea. ¡júrame que no se lo dirás a nadie!».

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2.031 – El tornillo

alonso-Ibarrola2  Por la rotura de un tornillo, de un solo tornillo, un gran avión de pasajeros se precipitó en tierra con todos sus ocupantes. El hecho no tendría mayor importancia si no fuera porque mañana he de viajar en avión por motivos laborales. Puedo alegar que estoy enfermo, que tengo cáncer. «Aquí», le digo a mi jefe, señalando con el dedo índice los pulmones. Pero solamente consigo que me dé un consejo: «No fume tanto». Necesito tener la conciencia tranquila. Las luces del atardecer se filtran por los rosetones de la iglesia y una anciana espera una vez más que la Virgen se le aparezca sobre la hornacina de enfrente, justo donde el morado del vitral deja reposar su luz. El sacerdote me dice que todos estamos en manos de la Providencia, pero ignora los nombres de los encargados de revisar los tornillos de los aviones. ¿Tendrán la conciencia tranquila?
Desde el ventanal del aeropuerto observo una infinidad de aviones. Algunos son movidos por minúsculos «jeeps» y se bambolean con exceso. Un sudor frío invade mi frente. Una luz roja indica que debo tomar ya mi avión. Trato de llamar a mi familia para despedirme, quizá por última vez. Inútil. No funciona el aparato. Seguramente le faltará algún tornillo. Soy el último en ocupar el autobús que nos conducirá, a través de la pista, al avión. Soy el primero en descender apresuradamente, pero no me dirijo a las escalerillas, sino a las alas. Todos me observan extrañados. Trato de colgarme de una de ellas. Mis saltitos resultan ridículos. Ante la inutilidad del esfuerzo, golpeo el fuselaje, las chapas metálicas; compruebo las juntas, toco las cabezas de los tornillos. Mis compañeros de viaje se han detenido en las escalerillas y me observan. Dos empleados de la compañía tratan de alejarme del aparato. Primero con buenos modales, luego a la fuerza; me arrastran hacia la escalerilla y yo solamente les ruego que me dejen comprobar si el maletero situado en la panza cierra herméticamente.

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