Cada mañana, al abrir el ordenador portátil, varias hormigas se cuelan entre la G y la H en dirección al disco duro, donde al parecer han anidado para protegerse del invierno. Si permanezco inactivo más de diez minutos, víctima del desaliento o la pereza, salen en grupo de entre las teclas señaladas y parecen una hemorragia de letras. El primer día creí que el aparato se estaba desangrando y aplasté a tres o cuatro sin querer al taponar la llaga con el dedo. Recogen del teclado los restos de mi desayuno (migas de magdalena y virutas de fibra), dejándolo como la dentadura de un tiburón tras el paso de uno de esos peces que viven de los desperdicios adheridos a las muelas de los grandes animales. Tenemos una relación simbiótica, pues. Hasta ahí todo bien.
Pero, ayer mismo, un artículo de treinta líneas se desmoronó ante mis ojos cuando me disponía a repasarlo. Y es que no estaba hecho de letras, sino de hormigas que se asustaron por los movimientos del cursor. Creo que han llegado a un acuerdo con el abecedario y se hacen pasar por él cuando éste no quiere trabajar. El alfabeto, por su parte, ha adoptado una caligrafía formicular, de modo que a veces no sé si quienes salen a recoger los desperdicios son los insectos o las letras, que evidentemente viven igual que las hormigas: excavando túneles y construyendo galerías subterráneas en la conciencia de las personas y en el disco duro de las cosas.
No me importa reescribir los artículos; son cortos. Pero sería incapaz de rehacer una novela, aunque las he visto desmenuzarse con la misma facilidad con la que se vienen abajo treinta líneas, unas veces por culpa de la gramática y otras de la zoología.
Así se desmoronan las vidas, con frecuencia sin que lleguemos a saber si eran de carne o verbo, auténticas o escritas.
Autor: carlos
2.794 – Pegar a la mujer*
La hija de Nasrudín fue a su casa un día llorando y quejándose de que su marido le había pegado.
Nasrudín cogió el bastón y le pegó también, Entonces dijo: «Ahora ve a casa y di a tu marido que si pega a mi hija, yo pegaré a su mujer».
Cuentos de Nasrudín *
(*) Nasreddin, o Nasrudín, es un personaje mítico de la tradición popular sufí, una especie de antihéroe del islam, cuyas historias sirven para ilustrar o introducir las enseñanzas sufíes, se supone vivió en la Península Anatolia en una época indeterminada entre los siglos XIII y XV.
*Repetido otros 28 de diciembre
2.793 – Aunque parezca…
2.792 – Era de noche..
2.791- Cosas de niños
No he sido capaz de olvidar aquella imagen de Papa Noel agonizando en el salón; ni la mirada de mi hermana observando impasible la escena. Sus ojos ardían y en esas llamas resplandecía humeante la pistola que aferraba entre sus manos. Su voz cándida todavía martillea en mi cerebro: “ese gordo existe, pero yo no he pedido una muñeca”. Para no disgustarla, lo enterramos con el disfraz, el relleno y la barba de algodón; hasta el cura se reía. Ella, ingenua, espera que los Reyes Magos le traigan la bicicleta, pero sigue preguntando insistentemente donde está papá.
Xavier Blanco
http://xavierblanco.blogspot.com.es/
2.790 – Nochebuena
Fernando Silva dirige el hospital de niños, en Managua.
En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.
Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:
-Decile a… -susurró el niño-. Decile a alguien, que yo estoy aquí.
Eduardo Galeano
El libro de los abrazos – Ed Siglo XXI – 2009
2.789 – Tuning
Con cuatro horas diarias de gimnasio, una dieta estricta y largas sesiones de bronceado, el anciano logró cambiar su aspecto en pocos meses. Afeitó barba y se mudó al Hemisferio Sur, donde cambió la calurosa chaqueta roja por una guayabera multicolor. Luego, vendió el viejo trineo para comprar un descapotable último modelo, y contrató a un fotógrafo prestigioso para que lo retratara en una playa, exhibiendo sus brazos recién tatuados.
Esa Navidad, repartió juguetes en tiempo récord, con la vitalidad de un hombre nuevo. Eso sí, con su imagen diferente impresa en las tarjetas, aquel año Unicef no vendió ni una postal.
Martín Gardella
2.788 – Cuento de Navidad
El mundo está lleno de tipos así. Usa el pelo largo y canoso como un hippy viejo o un mendigo. No tiene familia. Le faltan dientes. Si Jesús hubiera llegado soltero a los cincuenta, se parecería a él. De vez en cuando los muchachos le pagan un Vino para escucharlo hablar en Arameo. El problema es el barrio, la solidaridad de esquina. El día de Nochebuena se esconde para evitar que le festejen el cumpleaños en vez de crucificarlo decentemente, como a otros más afortunados.
Ana María Shua
2.787 – (Re)creación
Lo más difícil fue dar con el código genético del arcángel, pero al fin, el proceso de copia había terminado. Estaban todos. Para que el experimento fuera un éxito debían sentirse como en casa. Camufló el suelo del laboratorio con musgo y ríos de papel de plata, cubrió las paredes con casas de plástico, construyó molinos de cartón piedra, colocó bombillas de colores en pozos y corrales y cambió su bata blanca por un disfraz de pastorcillo. Enseñó su salvoconducto a los soldados romanos que había multiplicado mediante mitosis. Corrió por el camino de serrín hasta que llegó a la cola de los pastores. Junto a la incubadora, oculta por la paja, dormían plácidamente los clones de la mula y el buey. Esperó detrás del duplicado de los reyes magos, y cuando llegó su turno, ofreció una oveja al niño. —¿Cómo se llama el animalito? —preguntó la madre del bebé ante la absorta mirada de su esposo.—Dolly —respondió orgulloso. Al séptimo día de su extraordinaria creación, el científico descansó. Desaparecería para siempre de sus vidas. Los observaría desde el otro lado de la mampara.


