1.214 – 36 posiciones

 Padre de familia, con mujer y cuatro hijos, casado desde hacía veinte años, llegó una noche a casa excitado. Su mujer se percató de su estado pero, intuitiva, se calló. Aguardó a que los niños se hubieran acostado. Él, entonces, le mostró un librito que le había prestado un compañero de oficina. Un libro danés, por supuesto. Descubría todo un mundo… inédito para ellos. La mujer, escéptica, no participaba de su entusiasmo. «No estamos ya para esas cosas…», alegó por toda excusa. El marido antes de acostarse, en pijama, probó a tocar el suelo con la punta de los dedos. A la cuarta tentativa lo consiguió con cierto dolor en las rodillas. «Mira, mira…», le dijo a su mujer, pero ésta roncaba ya apaciblemente.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

1.213 – 1.536

 Como cada domingo en los últimos treinta y dos años, Jesús se levantó a las ocho de la mañana. Se bañó. Desayunó con su madre y luego se fueron a misa de once. Antes de volver a casa, tomaron un mosto en el bar del centro y a la una en punto se sentaron a comer pollo asado con patatas: mil quinientos treinta y seis pollos, desde entonces.
A esa hora, Jesús comenzaba a sentirse inquieto. Le desesperaba la lentitud con que su madre daba cuenta de un simple muslo de pollo, pero él no podía abandonar la mesa hasta que ella acabara de comer.
Terminado el postre, se hacía cargo de dejar limpia la cocina, de situar a su madre frente al televisor, dar de comer a las gallinas y a los perros, y de lavar el patio, hasta que el reloj marcaba las cinco en punto. Entonces, entraba en casa, daba un beso a su madre y se montaba en el coche, directo y sin escalas hasta el Punto Cero.
Le gustaba llegar el primero. Así encontraba a las chicas limpias, según decía.
Mil quinientas treinta y seis horas de amor gratificado, desde entonces…

Alejandra Díaz Ortiz
Cuentos Chinos. Trama Editorial-2009

1.212 – Allegro moderato

 La imaginaba etérea, esbelta, hermosamente joven, dejando correr sus dedos por las teclas en la penumbra de un cuarto oliendo a violeta o jazmín. Huérfana de madre, quizás. Dulce y tímida, con certeza. Así la describían las melodías que se filtraban todas las tardes por las rendijas de los postigos cerrados. Siempre cerrados. Y entonces, mientras el barrio se aletargaba en las horas de siesta, él, oculto tras las cortinas de su hotel sin estrellas, soñaba con la ventana misteriosa abriéndose frente a su habitación, con el cruzar de las miradas por encima de la calle dormida, con el encuentro inevitable, dentro de poco, sí…En la penumbra, el viejo pianista tocó el último acorde, maldiciendo entre dientes contra los reumatismos, los postigos malogrados, su pensión de miseria y el mirón del frente oculto tras las cortinas.

Christiane Félip de Vidal
http://www.escritores.cl/microcuentos/textos/allegro.htm

1.211 – «El Quelonius Lepus»

 De origen posterior al Diluvio (durante el cual se produjeron inexplicables cruces), el Quelonius Lepus fue el único ser vivo de la familia de los sauromamíferos, caracterizado por tener cuerpo de liebre y caparazón de tortuga. A pesar de la agilidad que le daban sus patas cortas y peludas, se caracterizaba por ser un animal de movimientos vagos y limitados. Cuando iniciaba una caminata hacia cualquier destino, su rostro mostraba el entusiasmo propio de un velocista, pero el cuerpo se movía al ritmo de un perezoso. Semejante contradicción lo convertía en un bruto carente de personalidad, y también de amigos.

Martín Gardella
http://nalocos.blogspot.com.es/2010/03/martin-gardella.html

1.210 – Homenaje

 Treinta años al servicio de la empresa y ahora la jubilación. El dueño, los jefes y compañeros organizaron en su honor un almuerzo en un modesto restaurante. El discurso del dueño resultó conmovedor. Luego sus compañeros reclamaron unas palabras del homenajeado. Todos habían bebido más de la cuenta. El probo empleado, «ejemplo de sumisión, honradez y abnegación», puesto a duras penas en pie por sus compañeros de mesa, sólo acertó a balbucear: «Cerdos… sois todos unos cerdos». Le jalearon, le tiraron migas de pan y con grandes risotadas le hicieron sentarse a la fuerza de nuevo en su silla. Al día siguiente, abochornado, el homenajeado se presentó para dar las gracias y excusarse, pero ni el dueño ni los jefes quisieron recibirle. Volvió a su casa y lloró largo rato.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com

1.207 – El niño que no sabía jugar

 Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra, con las manos quietas, como caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. «Si al niño le gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir.» Pero el padre decía, con alegría: «No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa».
Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y les segaba la cabeza.

Ana María Matute
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Edición de David Lagmanovich. Ed MenosCuarto – 2005

1.206 – Un museo de objetos monstruosos

 Cuando descubrí en Alta Gracia aquella tetera en forma de cabeza de negra fumando un cigarro, imaginé la posibilidad de reunir un museo de objetos monstruosos; pero muy pronto comprendí que ese depósito sería como una enfermedad en la casa y que yo pasaría por el lugar atroz, con asco y aun con miedo. Hay que vivir lejos de las cosas feas, me dije: no tolerar que la perversa curiosidad nos eche en brazos de cualquier mujer ni que en la lista de obras aparezcan los primeros libros.

Adolfo Bioy Casares
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Edición de David Lagmanovich. Ed MenosCuarto – 2005

1.205 – La analfabeta

 Nunca había ido a la escuela y, ahora, a sus cincuenta y nueve años, estaba comenzando a aprender a leer y escribir en las clases nocturnas para analfabetos. Y estaba fascinada.
Escribía muy despacio, pasándose la lengua por los labios mientras trazaba los palotes de las mayúsculas de su nombre: MARÍA; lo leía luego, y decía:
—¡Esta soy yo!
Y se ponía muy contenta, lo mismo que cuando escribía las palabras de las cosas que tenía a su alrededor: MESA, GATO, VASO, AGUA. Y ya no sabía qué otra palabra escribir, pero de repente se le ocurrió poner: ESPEJO. Leía la palabra una y otra vez, se la quedaba mirando y mirando, pero con un gesto de extrañeza porque no se veía ella en aquel espejo. ¿Y por qué no se veía ella en aquel espejo escrito, si se veía bien claramente, cuando estaba escribiendo? Y se contestaba a sí misma, diciendo que eso sería porque todavía no sabía escribir bien, porque, en cuanto supiera hacerlo, tendría todo lo que quisiera con sólo escribírselo. Porque si no, ¿para qué valdría leer y escribir?, preguntó.
Pero allí todos callaron en la clase, y nadie le contestó. Como si hubiese dicho o hecho algo raro, o qué se yo, con un espejo.

José Jiménez Lozano
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Edición de David Lagmanovich. Ed MenosCuarto – 2005
http://www.jimenezlozano.com/v_portal/apartados/apartado.asp