1.313 – Dice la tradición…

 Dice la tradición que en un lejano país existió hace algunos años un Búho que a fuerza de meditar y quemarse las pestañas estudiando, pensando, traduciendo, dando conferencias, escribiendo poemas, cuentos, biografías, crónicas de cine, discursos, ensayos literarios y algunas cosas más, llegó a  saberlo y a tratarlo prácticamente todo en cualquier género de los conocimientos humanos, en forma tan notoria que sus entusiastas contemporáneos pronto lo declararon uno de los Siete, Sabios del País, sin que hasta la fecha se haya podido averiguar quiénes eran los otros seis.

Augusto Monterroso

1.312 – Peter Pan

 Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.
Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.
A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.
Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.

Fernando Iwasaki
Ajuar funerario.Ed Páginas de espuma. 2009

1.311 – Conversación

 Cenaron en silencio. Veinte años de matrimonio son capaces de agotar todos los temas posibles de conversación. Se levantaron en silencio de la mesa. Ella se dedicó a recoger cubiertos y desperdicios. Él se acostó en la cama matrimonial y se sumergió en la lectura de revistas y periódicos. Media hora más tarde, fue ella la que se tumbaba en el lecho. «¿Quieres apagar la luz, querido?». Dobló el periódico, se quitó las gafas y apagó la luz. Antes de darle las «buenas noches» se le ocurrió preguntar: «¿Esas muñecas hinchables que venden en Norteamérica serán de tamaño natural?». Ella no pudo responderle porque ya estaba dormida.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

1.310 – Dilema ético*

 Cómo podía dar clase de asesinato si él no había matado a nadie. Cómo transmitir el entusiasmo por la tarea bien hecha sin sentirse un estafador. Llevaba días pensándolo. Sería la única manera de reconciliarse como docente. Ya era de noche cuando cogió el juego de cuchillos que le habían regalado para la boda. Practicó con los distintos tamaños hasta hacerse con el manejo del más grande. Agarró el pomo de la puerta del dormitorio y entró. Su mujer se giraba en la cama. Levantó la mano que empuñaba el arma y, después del impacto, anotó:
«Clavar el cuchillo entre las costillas y retorcerlo antes desatarlo es un error: es inevitable que se atasque».

Emilio Núnñez
Futuro imperfecto. Ed. de Clara Obligado. Colección Nuevos narradores/6
* A paloma Gómez Crespo

1.309 – Enanismo

 Como bien lo saben los empresarios circenses, el tamaño no es un destino sino una elección. Cualquier persona adulta puede convertirse en un enano siguiendo una serie de instrucciones sencillas que exigen, eso sí, una alta concentración. Por ejemplo, este minúsculo hombrecillo que ven ustedes aquí fue hasta hace dos meses un robusto mocetón de un metro ochenta y dos centímetros de altura y noventa y un kilos de peso. Por ejemplo, este microrrelato que está usted leyendo, fue hasta ayer mismo una novela de seiscientas veintiocho páginas.

Ana María Shua
Fenomenos de Circo. Páginas de espuma 2011

1.308 – Hermanas

 La mujer de la foto sonreía en la última imagen del álbum. En las primeras aparecía de niña, con sus tres hermanas mayores tirándole de unas coletas pizpiretas, o pintándole la cara con chocolate mientras ella hacía pucheros. Después venían las fotos de juventud: tres damitas elegantes y una adolescente desastrada que las observaba con gesto torcido. En las siguientes, según pasaban los años, ella aparecía seria, como agazapada, y siempre aparte del grupo de tres, luego de dos y en la penúltima, detrás de la última hermana enlutada y madura. En la última estabas sola, sonreías y tu mirada triunfal ponía los pelos de punta.

Luis Serrano Lasa
Relatos en cadena 2009-2010. Alfaguara-2010

1.307 – Llegó…

 Llegó un momento en que hubo que decidir cuál de los dos moriría para alimentar al otro. Ella se ofreció, y él aceptó. Ella le pidió un beso, y él cerró los ojos. Sin inmutarse, ella le clavó un puñal, maravillándose, mientras lo comía, de su inmensa estupidez.

Espido Freire
Cuentos malvados. Ed . Páginas de espuma, 2010

1.306 – La televisión /4

 Me lo contó Rosa María Mateo, una de las figuras más populares de la televisión española. Una mujer le había escrito una carta, desde algún pueblito perdido, pidiéndole que por favor le dijera la verdad:
-Cuando yo la miro, ¿usted me mira?
Rosa María me lo contó, y me dijo que no sabía qué contestar.

Eduardo Galeano
El libro de los abrazos. Siglo XXI -1989

1.305 – Voces como arpones

 Asomadas a la reja cantamos las tres hermanas, Murguen, Nadina y yo. Los vecinos no se quejan. Al contrario, suspenden el asado del mediodía para poder escuchar. Sobre todo en primavera, cuando nuestras voces se mezclan con el azul profundo del jacarandá. Mamá canturrea en la cocina, suspira y recuerda, dice algo sobre unas rocas, piensa en el mar. Pero ahora nos deja el lugar a nosotras, sus herederas. Con nuestros dedos delgados, y nuestro cuerpo cimbreante, que casi envuelven los barrotes de los balcones, ante los ojos extasiados del barrio. Nuestro padre sonríe en el taller, admirado de que, a pesar de su fealdad casi ciclópea, le hayan nacido unas hijas tan bellas.
En la casa de altos balcones donde son felices, mi madre guarda el secreto de haber seducido a otro hombre, un tal Ulises y, mientras mira a su esposo con ojos de mar, agradece no haber caído en sus brazos.
Pero ésas, ahora, son viejas historias. Como arpones llenos de codicia, nuestras voces se alzan plateadas, sinuosas. Pocos pasan entre las dos esquinas sin mirarnos. Todos nos oyen, alguien caerá en las redes.

María Obligado
Por favor sea breve. Ed. Páginas de espuma, 2001