2.243 – Contramedidas

pedro herrero  El mago me ha invitado a que coja una carta de la baraja y la guarde en el bolsillo sin enseñársela a nadie. Luego ha colocado el mazo ante sus ojos, ha fingido atravesarlo con la mirada y, tras pronunciar en voz alta el nombre de la carta ausente, me ha pedido que la recupere y la muestre al público.
Yo vengo a menudo a este local nocturno. Y no precisamente a dejarme engatusar por las argucias de un intruso con chistera, sino a ser yo el que seduzca a toda hembra apetecible que se me ponga por delante.
Sabía que era solo cuestión de tiempo, que algún día el mago querría hacerme el numerito. Suele rondar por las mesas de la sala y elige grupos concurridos, ante los cuales pueda dejar en evidencia a quien lleve la voz cantante.
Esta noche tengo suerte, soy el centro de atención de varias ninfas predispuestas, con las que llevo un buen rato tomando copas como si fuera un pachá. Por eso respondo a la propuesta del mago con una sonrisa díscola, que él, de momento, parece no querer entender. La entenderá enseguida, cuando de mi bolsillo -previamente lleno de cartas- saque aquella que él no espera.

Pedro Herrero
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2.242 – Piratas

manuel espada  Coloco el DVD en el reproductor. Es el último taquillazo, una película que le he comprado a un chino en la Alamedilla. Las últimas pelis piratas que he visto no se escuchan bien, pero no tengo tiempo de ir al cine. El protagonista, un policía negro de Nueva Orleans, conduce a toda velocidad un coche blanco por la parte vieja de Salamanca. No sabía que Hollywood había rodado una película aquí. En la zona peatonal, a la altura de La Rúa, gira a la derecha y se dirige hacia La Plaza Mayor. Varios minutos más tarde, el vehículo dobla hacia mi barrio y pasa junto al chino al que le compro los DVD. El protagonista prosigue su marcha, se baja del coche en mi calle y se dirige a mi portal. Llama al telefonillo del 2ºB y suena el timbre de mi casa. Permito que acceda al portal. Me asomo a la mirilla y me saluda con la mano. Le abro la puerta. Se le ve algo borroso. “Hola”, me dice con una voz de lata que no encaja con los movimientos de la boca. “¿Puedo entrar? Te lo puedo explicar”. Señala el sofá con el dedo y nos sentamos. En mi salón se escuchan multitud de toses que no sé de dónde proceden. Miro la televisión y veo  que ambos estamos en el plasma. Desenfocados y a rayas. Me rasco la cabeza para comprobar que no es una imagen grabada, me toco la nariz, carraspeo, e incluso palpo la pantalla. El protagonista de la película saca el DVD del reproductor y me dice: “Pon esto, por favor”. Cuando le doy al play aparezco conduciendo un coche negro a toda velocidad por la parte vieja de Nueva Orleans.

Manu Espada
La espada oxidada, 2014.

2.241 – El duelo

Pedro Herrero_110921  La noticia de que los dos pistoleros ciegos se habían desafiado a muerte vació de gente las calles de la ciudad. No había un alma a la vista, ni siquiera detrás de las ventanas. Pero si hubiera sido necesario, muchos habrían pagado entrada por ver de cerca lo que -sin lugar a dudas- tendría más de espectáculo circense que de mero ajuste de cuentas. Tal era la curiosidad que aquel duelo singular despertaba en todo el mundo. Porque, aunque nadie lo admitiera públicamente (por respeto), la posibilidad de que el enfrentamiento acabara con un solo disparo era más bien remota. De ahí su atractivo.

Pedro Herrero
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2.240 – Las muertes de María

fernandoleon  Cuando muere María muere la hija de Juan y Rocío, muere la hermana de Carlos, y también la mejor amiga de Ana Villares, con la que paseaba cada viernes por Reforma. Mueren también cuando muere María la amiga de Violeta, la de Marga, la de Juancar y Simón. Y muere la mujer a la que Peralta más quiso, a la que hoy, pierde por segunda vez, y a la que aún abraza en silencio cuando duerme, a pesar del tiempo transcurrido y los consejos.
Cuando muere María muere también la mujer que cada tarde, entre las cuatro y las seis, paseaba con prisa a un perrito desclasado por el parque que está pegado a la radial, y muere la joven atractiva aunque un poco bizca pero muy correcta de la que Héctor Salvarroja, conductor de la línea 12 del Interurbano, hablaba a menudo a sus compañeros de ruta y a la que nunca invitó a tomar un refresco en la terracita de La Particular, como él habría querido, porque le faltó el arrojo necesario para hacerlo.
Cuando muere María mueren una compañera de cadena de montaje silenciosa, siete vecinas, doce conocidas, la paciente favorita de un dentista y un amor callado, tan secreto que por más que nos empeñemos nunca sabremos una palabra más de él.
Cuando muere María sucede, en realidad, un genocidio del que la humanidad no se recuperará jamás. Sus cadáveres, la suma feroz de sus ausencias, caben sin problemas en el ataúd de gama media sobre el que su madre llora hoy desconsolada las muertes de María. No hay espacio en el mundo, sin embargo, que pueda contener su dolor.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

2.239 – Soledad

arantza portabales02  —No creo que pueda pedirse mucho más para ser un lunes por la tarde. A mí me basta esto,sabes. Charlar un poco. Verte de vez en cuando. Te veo tan poco, María. Casi ni vienes a casa. Pero qué guapa estás hija…
Yo no sé muy bien que decirle.Cuando hago amago de levantarme, me sujeta por el brazo.
—Hasta Aluche, por favor —, me suplica, —hasta Aluche. Y yo vuelvo a sentarme. Aunque me llamo Laura. Aunque hoy es jueves. Aunque tengo que bajarme en Carabanchel.

Arantza Portabales
http://entretiensld.blogspot.com.es/2014/04/arantza-portabales-santome-espagne.html 
http://unanubedehistorias.blogspot.com.es/2015/02/de-celeste-su-rastrillo-y-soledades.html

2.236 – Hacía un frío…

max_aub  Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juán de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno las siete y media, lo mismo da las ocho. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina está abierta a todos los vientos.
Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero esas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:
-¡Hola, mano!
Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba. Triste casualidad.

Max Aub
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005

2.235 – La primera palabra

david_lagmanovich_jmv  Vaciló al escribir el comienzo. Trazó la primera palabra, que resultó ser «En», pero luego dudó. ¿Dónde ubicar la acción? Mientras pensaba, la tinta se había secado en la punta de la pluma. La miró un rato y se le ocurrió una idea: ¿por qué no aquí mismo, en esta tierra árida, en esta amada sequedad? Mojó nuevamente la pluma y prosiguió: «un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…».

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007