Al incontable lector

fabian_vique3Los veinticinco microrrelatos que integran este librito son combinaciones de cien palabras. Usted dirá, ¿y a quién le importa cuántas palabras tiene un relato? Yo le responderé que la exactitud es un mérito. Usted me replicará que quiere leer textos buenos, no textos exactos. Yo le señalaré que es difícil dictaminar la bondad o maldad de un texto, en cambio, es fácil contar la cantidad de palabras. Usted alegará que no quiere comprobar, que quiere leer, simplemente leer. Yo le contestaré que entiendo su lógica, pero que nuestro diálogo debe terminar porque ya hemos empleado cien palabras.

Fabián Vique

La contemporaneidad y la posteridad

marco denevi_aaEn un hotel de mala muerte, calle Campagne Première, año 1872, un académico espía por el ojo de la cerradura el cuarto contiguo al suyo. Ve, escandalizado, que un hombre y un jovencito están haciendo el amor. Llama a la policía y los gendarmes se llevan presos a los dos viciosos. Entonces el académico vuelve a su habitación y, más tranquilo, prosigue escribiendo una tesis académica, erudita y laudatoria, sobre la poesía de Paul Verlaine y de Arthur Rimbaud. Mientras tanto, en la comisaría, los dos viciosos, interrogados, dicen llamarse Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, respectivamente, y ser de profesión poetas. En el bolsillo del hombre es encontrado un poema que se titula Vers pour étre calomnié.

Marco Denevi

Daguerrotipo

rafael camarasaEl soldado Crombez mira al objetivo de la cámara con rigidez. Desconoce qué desayunará esa mañana, a qué trinchera en el frente será enviado y que dos días después morirá en una emboscada en el bosque de Hout Hulst. Por supuesto, el soldado belga no sabe que es su última fotografía. Mucho menos que décadas después será vendida en una subasta a este hombre que la contempla sin saber con qué frase seguirá el texto que escribía y que ha dejado justo aquí. Que no sabe, como no sabrás tú, mirada que se posa en el papel, qué sucederá a ciencia cierta al salir de las curvas de esta palabra. No sé adónde te llevará esto que lees si es que conduce a algún lugar, pero tal vez lo que trate de decir es que todos somos el soldado Crombez. A todos nos acecha el bosque y un último desayuno. Eso es lo que sabemos. Lo único. Así que sonriamos a la cámara.

Rafael Camarasa

Por aproximación

eduardo bertiAntes de cruzarme con algún conocido al que no he visto por años, los días previos empiezo a encontrarlo por aproximación.
Esto significa que dos días antes me cruzo por azar con un extraño que me recuerda vagamente a este conocido, y horas más tarde, o un día después, vuelvo a cruzarme con otro extraño todavía más parecido a este amigo que anuncia así su reaparición.
En ocasiones la aproximación es breve: una o dos caras similares y por fin el sujeto original. Pero en otras oportunidades la cadena se prolonga a tal punto que los eslabones finales, me refiero a los últimos transeúntes desconocidos, en la práctica resultan casi idénticos a aquel querido amigo. Varias veces he llegado a saludarme con uno de estos sosias. Otras he inferido que en verdad se trata de quien pienso, sólo que ya me ha olvidado o finge no reconocerme.

Eduardo Berti

El crimen perfecto

eduardo galeano1En Londres, es así: los radiadores devuelven calor a cambio de las monedas que reciben. Y en pleno invierno estaban unos exiliados latinoamericanos tiritando de frío, sin una sola moneda para poner a funcionar la calefacción de su apartamento.
Tenían los ojos clavados en el radiador, sin parpadear. Parecían devotos ante el tótem, en actitud de adoración; pero eran unos pobres náufragos meditando la manera de acabar con el Imperio Británico. Si ponían monedas de lata o cartón, el radiador funcionaría, pero el recaudador encontraría, luego, las pruebas de la infamia.
¿Qué hacer?, se preguntaban los exiliados. El frío los hacía temblar como malaria. Y en eso, uno de ellos lanzó un grito salvaje, que sacudió los cimientos de la civilización occidental. Y así nació la moneda de hielo, inventada por un pobre hombre helado.
De inmediato, pusieron manos a la obra. Hicieron moldes de cera, que reproducían las monedas británicas a la perfección; después llenaron de agua los moldes y los metieron en el congelador.
Las monedas de hielo no dejaban huellas, porque las evaporaba el calor.
Y así, aquel apartamento de Londres se convirtió en una playa del mar Caribe.

Eduardo Galeano

Variación sobre un episodio apócrifo

elena garcia de paredesMientras Romeo arrasaba Verona con sus primos, castigando barras, trajinándose taberneras y ensartando jaraneros de poca monta en su espada, Julieta esperaba en su torreón. Confinada día y noche, Julieta suspiraba pálidamente, y para sobreponerse a tanta espera, leía libros prohibidos (Beauvoir, Rich, Firestone, Jardine…) que no debía leer una señorita, robados de la biblioteca de su padre por su fiel ama.
Romeo llegó al pie del torreón después de mucho tiempo y de todas las taberneras de Verona. Buscaba, ansioso, sin encontrarla, la larguísima cabellera de su amada junto a la piedra, para poder subir a sus aposentos.
Julieta ya se había cortado el pelo. A lo garçon.

Elena García de Paredes

La favorita

nasrudinNasrudín tenía dos mujeres y una vez se le acercaron las dos para preguntarle a quién quería más. Nasrudín quería contentar a ambas y no ofender a ninguna, por lo que le dijo rotundamente que quería mucho a las dos; pero las mujeres no quedaron contentas y le repitieron la pregunta.
Al final, la más joven dijo: «Supón que estamos las dos en un barco y éste vuelca. ¿A cuál intentarías salvar?».
Nasrudín no veía cómo salir airoso de este dilema, por lo que se dirigió a la mayor diciéndole: «¡Supongo que sabes nadar!».

Cuentos de Nasrudín

La mano de Dios

Francisco Rodriguez Criado3BISDespués de la cena, mamá nos leía un fragmento de la Biblia. Y digo «cena» por decir algo, en verdad pasábamos hambre, mucha hambre, apenas daba la economía para unos vasos de leche caliente y un par de galletas. La tía a veces nos traía pan y mantequilla, y otras veces era el propio azar quien nos suministraba unas porciones de falsas ilusiones que echarnos al estómago.
Un día Javier anunció que en la radio un escritor organizaba un concurso de relatos breves. Diez líneas como máximo. El premio consistía en cinco libros y un jamón de bellota. Nuestros rostros escuálidos centellearon de repente, más por el jamón que por los libros. «Yo escribiré la primera línea -dijo papá-, y vosotros el resto. Ya es hora de que hagáis algo de provecho.» Pusimos manos a la obra. Mamá, la segunda línea; Rosario, la tercera, Pepe, la cuarta; Isabel, Javier, Nacho y Augusto escribieron la quinta,sexta, séptima y octava. ¿Y la siguiente? Miramos a la perra, que encogió el rabo y huyó a otra habitación. Convencimos a un tipo que pasaba cada semana por casa para que escribiera la siguiente línea. Mamá, entre dientes, le llamaba «el acreedor», y yo daba por hecho que un acreedor era el devoto de una religión diferente a la católica. El hombre tenía una letra firme y regular, se notaba que comía de lo lindo. Después observamos embelesados el papel garabateado. «Vamos a dormir -dijo papá-. Y así pensamos detenidamente la última línea». Mamá, religiosa en la desesperación, dijo: «Ya está, sólo falta la mano de Dios y el jamón es nuestro». He de decir que nadie durmió aquella noche, de pura concentración intelectual. A la mañana siguiente sucedió el milagro. Cuando mamá se levantó para mirar si había algo en el frigorífico, encontró que alguien que firmaba como La Mano de Dios había finalizado el relato (con cierto estilo celestial, dicho sea de paso). Botamos de alegría.
El día del concurso escuchamos el programa, todos apiñados alrededor de la radio. No ganamos. Ni siquiera se nos mencionó. Quizá nos faltaba talento literario…
Ahora seguimos pasando hambre. Pero al menos ya sabemos que Dios no existe.

Francisco Rodríguez Criado