971 – IV Centenario

 Desde que leyó que al Quijote le sobraban cuatrocientas páginas, las que van desde en un lugar de la Mancha hasta se murió cuerdo, anda un poco malamente. Ahora le ha dado por arrancar páginas. Del Quijote y de otros libros. Dice que no ha leído en su vida una crítica más certera.

Pilar Galán
Relatos relámpago, Editora regional de Extremadura. Mérida, 2007

970 – Revelación

 Estaba sentado en el sillón del living, leía un libro. Cuando escuché el timbre me sobresalté. No esperaba a nadie: nunca espero a nadie. Pocas veces alguien toca mi timbre. Algunas mañanas el portero del edificio, cuando limpia el tablero de la puerta de entrada. A veces algún vendedor, o religiosos a quienes jamás atiendo. De modo que, en mi sillón, leía un libro, escuchaba música, tomaba un trago, una copita de licor irlandés, y escuché el sonido del timbre. Pensé en quedarme así, sentado en el sillón. Después de todo no tenía por qué atender a nadie. Era sábado por la tarde, mi día de descanso. Había trabajado toda la semana, y me quedaría allí para disfrutar de mi licor Baileys, de mi libro de Carver, del disco de Chet Baker. Pero de pronto pensé otra cosa. Fue como una revelación. Podía ser ella. Sí, podía ser ella que volvía. Podía ser ella, que volvía a buscarme, a decirme que no se había olvidado de mí. Me levanté de un salto y corrí hasta levantar el auricular del portero eléctrico. Grité «hola, hola, sí, quién es, hola». Pero nadie respondió. Abrí la puerta y salí al pasillo. Como el ascensor no funcionaba debí bajar los tres pisos, saltar rápido los escalones de dos en dos. Abajo tampoco había nadie. Mala suerte, me dije, y emprendí el lento ascenso de los tres pisos. En casa la música se había terminado y ya no quedaba licor. Quedaba el libro, pero ya no tenía ganas de leer.

Diego Paszkowski
El límite de la palabra. Ed. de Laura Pollastri. Editorial Menoscuarto 2007

969 – Amores cansados

 Érase un mascarón que vivió en la proa de un barco viajando a lo largo y a lo ancho de los mares. No hubo rincón ni playa ni paraje alguno que pasara desapercibido a sus ojos ávidos de todo. Pero a lo largo de los años comenzó a sentir el deseo de asentarse en tierra firme, de conocer a alguien que llenara con besos el vacío que no llenaban ya los mares. Para entonces, su hermoso traje azul y sus ojos soñadores habían perdido el color consumidos por la sal.
Cierta vez, en uno de los puertos a que arribó la nave, descubrió en un pequeño escenario de titiritero a una hermosa marioneta que soñaba con viajar. Había vivido siempre en ese puerto mirando llegar y partir los barcos, y había soñado con conocer a alguien que la llevara a recorrer el mundo, a visitar con sus ojos lo que sólo visitaba con la imaginación. El viento marino despeinaba sus cabellos lacios y su cuerpo de madera repetía, mecánicamente, las palabras del titiritero.
Así se conocieron el mascarón y la marioneta. Se besaron. Visitaron la playa cercana y se amaron en la arena, prometiéndose una colección de muñequitos de madera a los que darían un nombre y llevarían a la escuela, ayudarían a crecer y a ser felices. Y así durante varias noches, en las que el barco estuvo anclado en la bahía a la espera de buen tiempo y después durante varios inviernos, hasta que el cansancio del mar y el cansancio de la tierra les trajeron la indiferencia y el desamor.

Fernando López
El límite de la palabra. Ed. de Laura Pollastri. Editorial Menoscuarto 2007

968 – Rúbrica

 Disfrazados de operarios de telecomunicaciones -rollos de cables y caja de herramientas- llegaron a la puerta del departamento.
-Venimos a verificar cómo anda su teléfono.
-Era tiempo. Entren -dijo la esbelta anciana con la más inocente disposición de ánimo. Su esposo dormitaba en su sillón de paralítico. Dos canarios gorjeaban en su jaula en un rincón del living room.
Cuando, ya adentro, uno de los asaltantes puso el cerrojo en la puerta, la desesperada intuición de la mujer no tuvo tiempo de explotar. Un manotón velludo le tapó la boca y dos brazos robustos le trabaron todo movimiento, arrastrándola hacia el lecho conyugal. El esposo despertó sobresaltado por el bullicio. Quiso gritar a su vez; pero un golpe feroz con una barreta de hierro quebró su voz en el acto. Y un tramo de cinta emplástica cruzó la mueca atroz borrándola para siempre.
Sujetos de pies y manos con cables, la búsqueda de joyas y dinero fue una tarea cómoda y prolija. Los tres jóvenes revolvieron todos los muebles y vaciaron vasos y floreros en donde la astucia suele esconderlos o disimularlos.
El botín era escaso.
De improviso, con ademanes de holgorio, el menor señaló bajo un cuadro el orificio de una caja de seguridad embutida en la pared. Corrió a la cama y alzando su navaja sevillana en inminente amenaza, arrancó la mordaza:
-Diga dónde está la llave de la caja o la mato.
La anciana, semiinconsciente, no pudo articular palabra. Un par de cachetadas la despabilaron.
-Diga dónde está la llave de la caja o la mato -vociferó de nuevo, broncamente.
-Es …tá… den …tro… la… jau…la… ¡A…se…si…no!…
-¿Asesino, yo? Ahora tenés razón, y sañudamente cayó el rayo mortífero de la navaja en su pecho.
Despojado todo el caudal, ya tomadas las previsiones de la fuga antes de sacarse los guantes, el menor llevó la jaula a la ventana de un patio interior y soltó los canarios.
-Hiciste bien, pibe.
-¡Vamos, escabullámonos!
En el horror del crimen fue el rasgo que rubrica la ternura de los monstruos.

Juan Filloy
El límite de la palabra. Ed. de Laura Pollastri. Editorial Menoscuarto 2007

967 – Hay solamente una

 Anoche vino otro fantasma y ella se puso a examinar sus huellas sutiles: pelusas de niebla, uñitas de alas de zancudo, cabellos minúsculos deshaciéndose en el aire, como pompones de diente de león. Ella descifró sus andares de osezno sobre la tenue pátina de polvo y descubrió los surcos de musgo que sus deditos de nieve dejaron en la superficie satinada de los álbumes. Pero no era su olor. No era su fantasma. Si hubiera sido él ella lo habría sabido, porque las madres siempre reconocen a sus hijos.

Fernando Iwasaki
Ajuar funerario.Ed Páginas de espuma. 2009

966 – Los novios

 Veinticinco años de noviazgo eran muchos años. Así lo estimaban los dos, es decir, el novio y la novia. Sólo tenían una alternativa: casarse o separarse. Probaron la separación. Imposible. Ella prorrumpió en llanto al doblar la esquina, ante el asombro de los peatones. Él la llamó por teléfono ansiosamente por la noche a su casa, jurándole que no podía vivir sin ella. Decidieron casarse. La noticia conmovió a la madre de la novia. Lloró, sollozó sin tregua ni pausa. «Mi hija, mi pobre hija -decía-, casarse así… tan de repente».

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

963 – La incrédula

 Sin mi mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos y ella misma, a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.
-Lo sé -respondió-, pero quiero estar cierta.
Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizás ya innecesaria.

Edmundo Valadés