En el centro de la calle, absurdo y triste, un niño pela una manzana. A medida que va pelando la manzana, la luna en su distancia mengua.
Nunca podrá terminar este niño su trabajo. En sus manos de marfil, la manzana crece hasta hacerse una luna llena y luminosa.
Etiqueta: Miércoles
3.160 – 835
3.153 – Crono
Su aparición en el centro de la carpa sobrecoge al público: se rumorea que le cortó los cojones al padre, que se comió a sus propios hijos, que se oculta bajo un nombre falso. El gigante, impertérrito, lanza al aire y recoge más de treinta bolas mientras, con las caderas, hace girar tres aros. Los espectadores aplauden. Olvidan que están siendo devorados.
Elisa de Armas
3.146 – A nuestra edad
3.139 – Doble jornada
3.132 – Grandes almacenes
Mi madre me llevó a las rebajas y, después de unas horas siguiéndola, la perdí de vista en la sección Calzados. Pensé en ir al punto de Atención al Cliente, como tantas otras veces, Se ha perdido un niño…, por favor, pasen a recogerlo, pero me contuvo una nueva y liberadora sensación. Que me reclame ella —resonaba en mi cabeza, mientras deambulaba tocándolo todo por Electrónica, Música y Juguetes. A última hora, agotado, me senté en un sofá de la sección de Muebles y con el runrún de fondo de los anuncios de ofertas, me quedé dormido, que me reclame ella…
Aquí sigo. Los dependientes, que son muchos, me alimentan, y por las noches juego a la Play con los guardias jurados. Gano siempre.
Carmela Greciet
Mar de pirañas- Ed.Menoscuarto – 2012
3.125 – Nuestro
Juntos fundamos un país al norte, al que llamamos Nuestro. En él fuimos los reyes y los súbditos, abolimos la noche y el miedo, decretamos la risa y el juego. Declaramos prohibidos los lunes y las estatuas ecuestres, derogamos los paraguas, se rindió culto al postre. Pusimos a nuestro nombre las nubes, las tormentas de verano y el roce perfecto de las sábanas limpias.
Nadie podía madrugar en Nuestro. La población permanecía en la cama hasta bien entrado el día.
Entonces llegaron los otros. Aparecieron de noche, sin aviso ni delicadeza. Se quedaron con nuestro país, y lo llamaron Suyo.
Soy, desde entonces, un pueblo errante.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
3.118 – Ofuscación
He perdido mi empleo. Después de veinte años trabajando en la misma empresa me han despedido. Un despido fulminante. Y todo por un momento de ofuscación, sí, ofus-ca-ción, ésta es la palabra exacta, la palabra que pronuncié ante el director general. Pero fue inútil. Ella chilló, gritó como una histérica. Todo lo eché a perder en unos segundos, la estima de mis compañeros, la consideración de mis jefes. Veinte años de puntualidad y eficacia echados por la borda. ¿Han sido injustos conmigo? Algunos aseguran que sí, que debería ir a los tribunales, que la razón está de mi parte… Pero si voy a los tribunales, los periodistas podrán enterarse de todo y publicarlo. Y aunque pusieran —que no lo harían, estoy seguro— solamente mis iniciales, mi mujer y mis hijos terminarían por enterarse. Quizás, si el juicio se celebrara a puerta cerrada…
Pero seguro que se oiría todo desde fuera. Porque a ella, a la muchacha, le dirían que lo contara todo. Y lo contaría, y chillaría nuevamente. Porque chilló muchísimo. Esa muchacha tiene un grito agudo, penetrante, me consta. Logró que acudiera todo el personal. Ella estaba en el servicio, en los servicios de mujeres, y yo en el de hombres. ¿Qué me impulsó a subirme encima de la taza del inodoro y mirar por la cristalera, al otro lado? No sabría explicarlo jamás… Era la primera vez que lo hacía. Y ella chilló, chilló mientras trataba de bajarse la falda cuando descubrió mis narices aplastadas en el cristal. No sucedió nada más, doctor, se lo juro. ¿Cómo me ganaré la vida de ahora en adelante? No tengo valor para permanecer en una esquina, con el brazo extendido y la mano abierta, solicitando una limosna.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.111 – Menos que cero
Jacobo Díaz pasó de puntillas por la vida. Su existencia fue un breve excurso sin más eco que unos vagos recuerdos, a menudo contradictorios, y quizá por ello falsos, en los que le rodearon. Sus compañeros de colegio no guardan memoria suya: aunque las listas de clase revelan que un Jacobo estudió con ellos, ninguno puede identificarlo en las pocas fotos que se conservan de esa época. Sus padres tampoco ofrecen mucha información: si bien también poseen algunas fotos que atestiguan la presencia de Jacobo, su principal recuerdo tiene que ver con los sustos que se daban cuando veían aparecer por la puerta a un desconocido que se empeñaba en llamarlos papá y mamá. Pero se muestran incapaces de rememorar nada más, quizá también porque Jacobo tuvo tres hermanos y los recuerdos se mezclan (preguntados sus hermanos, no son de gran ayuda: siempre pensaron que Jacobo era el hijo de unos vecinos). Tampoco dejó huella en su paso por la Universidad, de donde salió convertido en ingeniero agrónomo, como atestigua el título que cuelga de una de las paredes de su casa. De su madurez poco o nada se sabe. La muerte lo sorprendió hace una semana, pero ninguno de sus vecinos se apercibió de ello hasta que el olor a descomposición inundó el edificio: todos pensaban que el piso de Jacobo estaba vacío desde hacía años. Lo encontraron frente a un espejo agarrando con ambas manos un cuadro. Según indica una plaquita clavada en el marco, la pintura se titula «Autorretrato». Pero en ella Jacobo no aparece.
David Roas
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005
3.104 – Hable con ella
Mamá me explica que esos ruidos que escucho por las noches son las almas de mis abuelos, que me protegen. Papá, en cambio, me dice que debe ser el viento.
Cuando le comento lo que dice mamá, papá se enoja y me grita que no puede ser, que mi madre no podría decirme eso. Yo no entiendo cómo puede estar tan seguro, si hace años que no habla con ella.
Desde que la enterramos, mamá sólo me visita a mí.



