En Arkansas han prohibido a Darwin porque les parece incompatible con la Biblia, lo que viene a ser lo mismo que prohibir la Biblia por no adaptarse a Darwin. En realidad, El origen de las especies y el Génesis son las dos caras de la misma moneda: ambos tratan de explicar algo inexplicable, que es nuestra presencia en este estercolero llamado mundo. A mucha gente le puede parecer más razonable proceder de un puñado de barro que de un mono, pero tan incomprensible es una cosa como la otra.
En Arkansas, en fin, están convencidos de que los hombres vienen del barro y las mujeres de las costillas y no quieren que sus hijos estudien otra cosa por miedo a que se malogre alguna vocación científica. Y es que son enormemente rigurosos en la selección del material didáctico. Por ejemplo, tampoco permiten que sus niños jueguen con pistolas de plástico existiendo las de verdad. Y les disgusta que la gente dispare sobre blancos artificiales habiendo personas de carne y hueso a las que se puede abatir sin problemas.
La verdad es que observando con detenimiento a los ciudadanos de Arkansas uno no tiene más remedio que aceptar lo que dicen los sabios: que la evolución carece de rumbo, que no va a ninguna parte y que el hombre no es la culminación de nada. Aunque quizá se equivoquen: es evidente que el ser humano constituye hoy por hoy el punto más alto de la estupidez en la cadena alimentaria, incluso en la cadena perpetua. En ese sentido, podríamos afirmar que la evolución se dirige a Arkansas, pasando por Marbella, lugares bíblicos donde los haya, en los que cada día, desde la mañana hasta la noche, se cumplen el Génesis y el Apocalipsis en confuso desorden.
En Arkansas, en fin, acaban de prohibir a Darwin, que es como prohibir el Everest, y se han quedado tan anchos. O sea, que si no prohíben a Shakespeare o a Cervantes es porque no han oído hablar de ellos. Y aquí es donde le surge a uno la duda metafísica: ¿Cómo van a ser capaces de enseñar la Biblia si no saben leer? A ver si Darwin nos lo explica.
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3.302 – Despegue
En su lecho de muerte, el moribundo tiene miedo a morir. Lo han conectado a una máquina que muestra, en una pequeña pantalla de color negro, su ritmo cardíaco en finos y fugaces trazos verdes. Parece su propio corazón subiendo y bajando montañas de vértigo con una agilidad inusitada. Es un pensamiento que debería confortarle en este trance tan delicado, pero no es así: se muere y punto. La ruptura con todo lo que le rodea es inminente e inevitable. Pronto dejará de estar presente y se convertirá en un frío dato para la estadística. Eso le entristece hasta tal punto que intenta desesperadamente ver el lado bueno de las cosas. Si después de la muerte no hay nada, es que no hay nada de qué preocuparse. Como tampoco le preocupan los miles de millones de años que han transcurrido antes de que él viniera a este mundo. Dentro de poco conocerá un nuevo orden, con reglas diferentes, aunque se limite a formar parte del polvo interestelar. No suena muy halagüeño, es verdad, pero también es cierto que su existencia en la Tierra no sólo ha pasado inadvertida para el universo exterior, sino incluso para los vecinos de su calle. Esto último le hace sonreír y por primera vez emite una sonora carcajada, que precipita su corazón desde lo alto de las escarpadas cumbres que aparecen en el monitor. Aunque cada vez se distancian más, como si fueran las estribaciones de una cordillera. Se ondulan y se hacen pequeñas, hasta desembocar en un valle aparentemente desértico, una línea infinita e inalterable, con forma de pista de aterrizaje, o de despegue.
Pedro Herrero
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3.295 – El as en la manga
Cuando murió mi padre, me tocó vaciar su armario. No me dieron problemas las camisas, de las que extraía la percha como si les arrancara el esqueleto, ni los pantalones, ni siquiera la ropa interior. Pero las chaquetas me lo hicieron pasar mal. Sostengo que es en esa prenda donde se concentra más identidad que en ninguna otra. Veía una chaqueta y veía a mi padre entero. Tenía una de espiguilla que por alguna razón le gustaba muchísimo. Cuando envejeció, comenzó a usarla para andar por casa, como si fuera un albornoz. Y le sentaba extrañamente bien, pese a que los bolsillos se habían convertido en bolsas y las solapas habían perdido el apresto de sus mejores días. Lo recuerdo sin afeitar, sentado frente a la tele, con aquella chaqueta vieja que le daba un aire un poco bohemio, descuidado. Parecía un viejo interesante.
Pues bien, ahí estaba la chaqueta, en el armario, de donde la saqué como el que extrae un órgano de un cuerpo. Sentí la tentación de ponérmela, pero no me atreví. Era como meterse en otra piel. Si persistía en hacerme mayor, ya tendría yo mi propia chaqueta. Revisé los bolsillos, por si hubiera algo en ellos. Cuando los padres mueren, los hijos buscamos desesperadamente mensajes suyos en cualquier parte. Siempre tenemos la impresión de que se fueron sin decirnos algo esencial para la vida. Quizá esa información esencial se encuentre en un libro, en el interior de una sopera, dentro de una caja de zapatos… Los bolsillos de la chaqueta esencial de mi padre estaban vacíos, pero al ir a doblarla noté una dureza en la manga. Introduje la mano con miedo, como si la estuviera metiendo dentro de una madriguera, y tropecé con un as de copas sujeto al forro con un alfiler.
Mi padre guardaba un as en la manga. Durante unos minutos permanecí perplejo. No era jugador de cartas, ni de ninguna otra cosa, por lo que aquello sólo podía tener un carácter simbólico. Lo curioso es que mi padre tenía un pensamiento muy literal. La carta en la manga lo delataba. Fui al cajón donde guardaban la baraja con la que se jugaba en Navidad y no le faltaba el as. Lo había traído de otro sitio. Mi padre me dejó de herencia, además de la chaqueta, un secreto.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
3.288 – Mi mejor amiga
Cuando Ana me pidió prestado el DVD no le di importancia. Era mi mejor amiga y le había surgido un imprevisto. Se lo presté con la promesa de que me lo devolvería al día siguiente. Jamás volví a recuperarlo.
El DVD fue el inicio de mi desahucio. Ana aparecía cada noche y siempre me pedía alguna cosa: una sartén, una lámpara o la mesa del comedor. Yo era capaz de soportarlo todo en nombre de la amistad, aunque empezaba a sentir cierta angustia por el hecho de ver mi casa cada vez más desangelada.
La tarde que me pidió prestado a mi marido me horroricé. Es solo un favor, te lo devuelvo esta noche. Iba a negarme, cuando él se puso del lado de mi amiga. Anda, mujer, que solo es una fiesta y debe ir acompañada.
Los vi alejarse y subir al coche de Ana que, sepan ustedes, en realidad era mío.
Estuve en vela, sin poder conciliar el sueño, pero mi marido no regresó. De madrugada sentí un ruido en la puerta. Me levanté y, antes de abrir, se me ocurrió pegar el ojo a la mirilla. Allí estaba mi amiga. Esta vez venía a por mí.
José Alberto García Avilés
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
3.281 – Conexión
“Clara, con su cuerpo enredado entre las sábanas, exhala el humo del cigarrillo. El aroma a tabaco inunda la habitación”, leí en una página de aquella novela que me había llevado a la cama. “’Toma nota de mi teléfono:6076784539, dijo Clara”. No sé por qué lo hice, pero marqué el número. Me sentí estúpido. ¿Qué hacía llamando a un personaje de ficción? “Soy Clara, esperaba tu llamada”, dijo una voz rasgada. “Acabo de leer el cuento en el que marcas mi número”, añadió despacio. Una bocanada de Malboro apareció en el lado derecho de mi cama, anegándolo todo.
Manu Espada
3.274 – Especies migratorias
La señorita Ramírez nació en Tijuana. Tiene cerca de setenta años, pero sigue siendo señorita porque nunca se casó. Enseña unos dientes oscuros cuando afirma que ya no lo hará jamás: los hombres que ha conocido en su vida han sido demasiado aburridos o demasiado cobardes.
Se mueve con discreción por los pasillos con poca luz. Sabe espiar por el ojo de las cerraduras. Tiene buen oído y, lo más importante, un coche que conduce su amigo, el sargento Job, que se detiene con suavidad cerca de la primera chica que atrae la atención de la señorita, y habla por ella: «Sube». Y la chica obedece mientras la señorita repite que no quiere que nadie insulte a sus muchachas. «No se está muy bien ahí fuera», dice.
Por las tardes pasean en grupos por la carretera. Ella avanza más deprisa, sin querer ver el brillo que los faros de los coches producen en los ojos rasgados de sus chicas. Algunas se cogen de la mano y se aprietan los dedos con fuerza. Esa es solo una de las pruebas que la señorita Ramírez impone antes de seguir. Si quieren largarse, ese es el momento.
Pero no se van. Tras un buen baño y tres palabras de consuelo, todas cambian. Unas horas en la casa y ya parecen cándidas maestras de escuela. Y si alguien, alguna vez, pregunta que por qué solo chicas orientales, la señorita sonríe con sus oscuros dientes, y dice: «¿No lo sabe? En China no quieren niñas».
Pilar Adón
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
3.267 – Herencia
Antes de ponerse el pendiente frotó el metal que rodeaba el zafiro con un bastoncito impregnado en líquido para limpiar plata. Cientos de estratos de tiempo levantaron el vuelo dejando la superficie luminosa y desnuda. Se acercó, curiosa, y la joya le devolvió el rostro adolescente de su abuela probándose el pendiente ante un espejo.
Paz Monserrat Revillo
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
3.260 – Telégrafos
La estación estaba solitaria. Un hombre iba y otro venía. A veces la lengua de la campana mojaba de sonidos balbucientes sus labios redondos. Dentro se oía el rosario entrecortado del telégrafo. Yo me tumbé cara al cielo y me fui sin pensar a un raro país donde no tropezaba con nadie, un país que flotaba sobre un río azulado. Poco a poco noté que el aire se llenaba de burbujas amarillentas que mi aliento disolvía. Era el telégrafo. Sus tic-tac pasaban por las inmensas antenas de mis oídos con el ritmo que llevan los cínifes sobre el estanque. La estación estaba solitaria. Miré al cielo indolentemente y vi que todas las estrellas telegrafiaban en el infinito con sus parpadeos luminosos. Sirio sobre todas ellas enviaba tics anaranjados y tacs verdes entre el asombro de todas las demás.
El telégrafo luminoso del cielo se unió al telégrafo pobre de la estación y mi alma (demasiado tierna) contestó con sus párpados a todas las preguntas y requiebros de las estrellas que entonces comprendí perfectamente.
Federico García Lorca
Antología del microrelato español.Ed. Cátedra. 2012
3.253 – La llamada
Suena el teléfono de juguete que su hija tiene sobre la repisa del dormitorio. La niña aún no ha llegado a casa. Desde que murió su madre pasa horas en la calle con ese aparato hablando con algún amigo imaginario, pero en esta ocasión no se lo ha llevado. El padre de la niña descuelga, se acerca el auricular al oído y pregunta incrédulo: “¿Diga?” Una voz de mujer responde: “Se ha ido. Le he contado lo que me hiciste».
Manu Espada
3.246 – Las tardes con el abuelo
Cuando los recuerdos alcanzan al abuelo, todos a su alrededor pretextan cosas urgentes que hacer, y el viejo se va quedando solo, a merced de la melancolía.
En ocasiones, mi mano temblorosa ha tenido que enjugar sus lágrimas, como las veces en que rememora el accidente que hace años lo mantiene en esa silla de ruedas.
Mamá y la abuela acaban de venir a despertarme: «Tu abuelo agoniza, no pasará de esta noche», me dicen emocionadas; en su rostro no cabe más alegría. «En un rato estará junto a nosotros».