-¿Qué más quieres de mí? Te lo he dado todo: cuna de oro, una vida llena de lujos y bienes, he elevado tu autoestima, te pago una carrera universitaria costosa, y ahora que vas camino a ser alguien, así me retribuyes, pretendiendo la revolución.
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3.370 – Acicalamiento
Cuando las tropas del duque hubieron tomado al asalto el castillo situado en lo alto del promontorio, el duque en persona quiso subir a la torre de vigía para contemplar la magnífica vista que desde allí se divisaba. Incluso mandó llamar a su esposa para que compartiera con él aquella espectacular panorámica, que dibujaba a sus pies un valle de tarjeta postal, con verdes y ondulados prados tapizados de fina hierba y rodeados de frondosas arboledas. “Voy enseguida”, dicen que respondió la mujer, que acababa de bajar del caballo y necesitaba arreglar un poco su indumentaria.
Mientras tanto, las tropas del duque se iban acomodando en las inmediaciones y establecían los primeros asentamientos en el llano y en las colinas cercanas. Creaban las rutas de acceso y las principales vías de suministro; las calles y plazas que recortaban hileras de casas; la organización del comercio y el plan general de infraestructuras; las bases de la corporación municipal y el consejo regulador de las entidades locales; la comisión delegada de bienestar social y la asamblea de participación ciudadana; el mecanismo de inserción laboral y los programas de ayuda a la tercera edad, etcétera.
Cuentan que al duque lo sorprendió la muerte, cuando al fin giró la cabeza pensando que ya no estaba solo.
Pedro Herrero
3.363 – Regalo perro
Por no poder atender. Pastor alemán, rubio, precioso, con el morro azabache, muy inteligente y amante de los juegos en el parque. Atiende al nombre de Bronco. Lo adoptamos de cachorro, mi mujer y yo, y ha sido siempre un miembro más de la familia. Solía llamar la atención cuando iba por la calle (mi mujer) y por ello lo entrenamos para que acudiera en su defensa. Pero sus gustos exclusivos (los del perro) nos llevaron a gastar más de lo necesario, y hacía tiempo que soportábamos algunas privaciones, que tarde o temprano habían de pasarnos factura. Por eso tuve que darles una paliza (primero al chucho, luego a mi mujer), y era natural que los dos se pusieran en mi contra. Aunque al volver del trabajo yo seguía encontrando mis pantuflas en la alfombra (descubrí que se turnaban para dejarlas allá). Pero una familia no funciona bien si hay grietas insondables detrás de los gestos amistosos. Las broncas fueron en aumento, y últimamente hablábamos los tres el mismo idioma. Así no hay quien se entienda. Una noche en que discutíamos (el perro y yo), mi mujer me preguntó a quién le ponía el bozal y la correa. No pude más, quise matarlos a los dos, pero Bronco supo defenderse a tiempo. Ahora se ha quedado sin dueño, porque en la cárcel no permiten animales fuera de las celdas. También regalo todos sus complementos.
Pedro Herrero
3.356 – Mirada mortal
Entonces vi que ese pájaro, como es costumbre en ellos, estaba posado en su rama, rígido, como de piedra, mirando allá, muy al fondo, donde el cielo se extravía en la distancia. Y de pronto salió disparado como una flecha en dirección a aquello que le afilaba los ojos, y lo hizo con tal decisión y premura como si hubiera descubierto lo imposible, algo así como el origen del tiempo o de la luz.
No llegó lejos. Como de la nada surgió un halcón y de una sola punzada le comió la vida, el vuelo y la sombra.
La inusual escena me llevó a pensar que a ese halcón lo había enviado Dios, perturbado o acaso temeroso de que ese pájaro, que no era un pájaro cualquiera sino un mirlo hablador, se atreviera a contar lo que había visto allá, muy al fondo, donde el cielo se extravía.
Si yo hubiera sido Dios, habría hecho lo mismo.
Si yo hubiera sido el mirlo, también habría hecho lo mismo.
Eugenio Mandrini
http://nalocos.blogspot.com.es/2014/04/eugenio-mandrini-1.html
3.349 – Diván
La hormiga neurótica del hormiguero acudió durante bastante tiempo al sicoanalista. Se quejó de su destino, culpó a sus progenitores de ser como era y a todos los dioses de la tierra por no haber sido una mariposa. Cuando el sicoanalista le dijo que la solución a su neurosis era aceptar la vida tal y como era, se sintió íntimamente estafada. Y con razón. El sicoanalista, de noche y a escondidas, seguía intentando volar como una libélula. Eso sí, sin sentimiento de culpabilidad.
Mariasun Landa
3.342 – Una tragedia
PLANTEAMIENTO
Antes de firmar el contrato de alquiler, el propietario informó a Sancho de que en el piso vivía un fantasma.
—Es un poco travieso, pero no es malo —aclaró, para tranquilizarlo.
Sancho estampó su firma riendo para sus adentros, sin entender cómo un señor tan serio podía creer en esas tonterías.
NUDO
Dejó de reír al poco de instalarse, cuando empezaron a ocurrir cosas raras. Las luces tenían voluntad propia. Los objetos cambiaban de sitio en cuanto uno se daba la vuelta. Las puertas se abrían y se cerraban sin que nadie las tocara. Y para colmo, una mañana al despertarse Sancho vio horrorizado cómo sus zapatillas salían andando solas de la habitación. Incapaz de soportar la situación por más tiempo, decidió cambiarse de casa.
Esa misma noche, en la cama, le sucedió algo asombroso. Sintió que se pegaba a su piel una piel invisible, más suave y más fragante que la de sus amores más memorables. Dulcemente asaltado por aquel cuerpo de éter, envuelto en sus caricias sin carne, se abandonó a unos espasmos eléctricos, abismales, mucho más intensos que cualquier placer que hubiera experimentado hasta entonces. Así descubrió dos cosas: que el fantasma era mujer y que ya no quería mudarse.
DESENLACE
Han pasado cinco años. Cinco años de una felicidad perfecta, que recientemente el propietario ha puesto en peligro con un anuncio fatídico: el contrato de alquiler vence en un mes y no piensa renovarlo.
—Quiero dejarle el piso a mi hijo, que ya tiene edad para independizarse —ha dicho, sin presentir el verdadero peso de sus palabras.
Sancho lleva tres semanas siguiendo al hijo del propietario. Sabe a qué hora sale de casa por la mañana, qué ruta sigue, dónde trabaja.
Sabe también que por las tardes se desvía un poco de su camino para pasar por el parque del Retiro, a esas horas ya casi desierto y sumido en la penumbra.
Rubén Abella
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012
3.335 – El juicio
El juicio se internó por un inexplorado territorio dialéctico de argumentos y contraargumentos, de criterios y anticriterios, donde los códigos morales fueron anatemizados acaloradamente por unos y defendidos con furia por otros. Todos se creían poseedores de la verdad, de modo que poco era de extrañar que el debate desembocara en una ardorosa confusión. Así, llegado el momento del veredicto, nadie supo quién era más culpable: el maniático que ocultaba su impudicia debajo de la gabardina, o el juez, que exhibía llanamente su pudor…
Günter Petrak
3.328 – Viaje sin retorno
Un señor con barba gris se ha sentado a mi lado. Es el único que no lleva corbata y maletín en este tren de alta velocidad. No sé por qué, me da por imaginar que es un científico que ha inventado el radiocontrol de voluntades ajenas. O un adivino que está leyendo mis pensamientos. O peor aún: un asesino cuyas víctimas son jóvenes incautas que viajan solas como yo. Mi corazón se acelera y cojo el bolso para cambiarme de asiento. «¿Adónde vas, hija?», me frena agarrándome de la mano. «Ya verás qué bien estarás en la clínica junto al mar». Y sus ojos se llenan de lágrimas. Viejo idiota. En la próxima parada saltaré al andén.
Beatriz Alonso Aranzábal
3.321 – El indudable dramatismo de la lluvia
En los entierros de la ficción siempre llueve. Llueve en los callejones sórdidos, donde los borrachos dirimen sus diferencias a botellazos. Llueve indefectiblemente tras las violaciones, mientras la víctima alcanza con dificultad el portal de su casa y se encoge llorosa en el segundo peldaño de la escalera. Llueve cuando los personajes se entristecen y miran por las ventanas de sus áticos, añorando algo o a alguien. Cuando no reciben la ansiada llamada, cuando la distancia se hace insalvable. Llueve, por supuesto, en el abrazo doliente de una madre a su hijo, cuando carga con su cuerpo pequeño por el centro exacto de la calle, y llueve sin remisión en el momento definitivo de la muerte.
Si los meteorólogos lo advirtieran, quizá basarían sus predicciones en el ánimo de las personas. Laura ha sido abandonada por su novio y duda si interrumpir el embarazo de su tercer hijo, por lo que se aproxima un frente nuboso a última hora de la tarde. A Martín le han echado hoy del trabajo. Mezcla Tanqueray con cerveza en la barra de un bar de mala muerte (¿acaso la hay de algún otro tipo?), mientras selecciona escrupulosamente las palabras con las que se lo contará a su mujer, de modo que las precipitaciones alcanzarán hoy los seiscientos metros cúbicos en su calle. Manuel está a punto de averiguar que su madre, a la que creía haber perdido cuando sólo era un niño, está recluida en una institución psiquiátrica de la que no podrá salir jamás, por lo que Protección Civil recomienda a la población que no salga de su domicilio ante el riesgo de que la intensidad de las lluvias desborde ríos y pantanos.
Llueve sobre los diagnósticos desfavorables, sobre las despedidas, sobre los abandonos y los descubrimientos trágicos. Llueve sobre las estaciones y los cementerios, sobre las ausencias transitorias y las definitivas. Llueve sobre rupturas y reconciliaciones, sobre la soledad y el miedo; llueve sobre el dolor de las madres, que es tres veces dolor. Llueve, digámoslo ya, por no llorar.
Llueve también ahora que termino estas líneas, y me pregunto qué inevitable tragedia estará a punto de sobrevenir.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
3.314 – El centinela
Hace dos años la conocí, fue amor a primera vista. Esa misma tarde, disimuladamente, rocé sus muslos firmes y morenos apenas con la punta de mis yemas, vestía una minifalda marrón y una blusa negra sin mangas. No dijo nada y yo sonreí. Teníamos ya una cita. Esa noche, lo recuerdo, cerré apresurado todas las puertas, todas las cortinas y apagué todas las luces. Tomé un par de velas, las encendí y me desnudé y la desnudé. Fue maravilloso. Al día siguiente fui despedido, olvidé acomodar al resto de los maniquíes.
