— ¿Y las azules, las del abuelo? -preguntó Marius sacando dos varitas del arcón.
— ¿Funcionan?— le contestó su madre sin mirar.
El niño las examinó despacio. Una era celeste con un remate blanco en la punta. Tipo Merlín, sin duda. Conjuros de transformación. Hizo una filigrana y un chorro de chispas salió disparado, impactó sobre una tela y la convirtió en hierro.
La segunda era muy oscura. De Nigromancia. Hizo un movimiento y un humo negro y espeso serpenteó hasta alcanzar una mosca muerta, que empezó a frotarse las patitas.
— Sí. Las dos.
— Pues escóndelas aquí, rápido. La Inquisición no tardará en llegar.
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3.207 – Carta de América
He recibido carta de los Estados Unidos de América. Mañana el cartero me mirará con más respeto. Tras haber cenado, la abriremos. María recogerá el mantel. «Doblad las servilletas», dirá. Yo la doblaré en cuadro, porque mi hijo mayor la dobla en triángulo y su hermana hace un nudo. Y en el silencio de la noche sólo se oye el rasgueo del papel al romperse. «Queridos padres y hermanos…» Comienzo a leer la carta en voz alta, pausada, un tanto monótona… Vive bien. Allí todos viven bien. Tiene automóvil, frigorífico, dice «quiero» y al momento se lo llevan a casa. Luego tiene diez, veinte años, toda una vida, si es necesario, para pagar. He terminado la lectura. Silencio. Mi mujer llora. Yo procuro no pensar en nada. Pero no puede ser: pienso. Me es imposible no pensar en nada. Resulta ridículo, pero veo unas cataratas, las del Niágara, que conozco a través de una película. Mi hijo vive a dos mil kilómetros de las cataratas del Niágara, pero yo le veo tranquilamente paseando bajo el torrente de agua con un paraguas… Ahora mi mujer me preguntará: «¿En qué piensas en este momento?». La pregunta repetida mil veces al día. «Pensaba en las cataratas…» No, me resulta imposible. Inventaré si es preciso alguna historia maravillosa. La última vez me dije: basta. Porque, sin reflexionar, a la acostumbrada pregunta contesté: «Pienso en lo difícil que sería trasladar un ataúd de América a nuestras tierras…» Lloró y me reprochó mis tontas ideas. Pero yo siempre tengo la duda: ¿Subirán los ataúdes a los barcos como los automóviles, con grúas? Tiene que resultar muy extraño ver un ataúd suspendido en el aire…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.206 – In extremis
Logré besarla. Total, era el fin del mundo.
Ignacio Cañas Hernández
Ilustración: http://einsteinsintuition.com/2013/how-to-destroy-the-earth/
3.205 – Fatiga
3.204 – La libertad
Podrás ir caminando por el filo de la sombra hasta la parte alta de la ciudad. Nadie te dirá: por ahí no se pasa. Encontrarás entornada la verja de esa casa que te ensanchaba los ojos de deseo cuando eras chico. Ningún guardia te cerrará el camino, ni te prohibirá caminar sobre los macizos de anémonas hasta el estanque, entrar en los salones enguirnaldados sin que nadie te anuncie. Marcarás con caramelos tus itinerarios por las plazas, elegirás en la biblioteca central los manuscritos más ricamente iluminados para recortar las figuras, y nadie llamará a la policía, ni siquiera cuando en las farmacias te pongas a volcar uno a uno los tubos de píldoras fosforescentes que se desparramarán hasta la calle con un alboroto de perlas desenhebradas, o cuando busques en el negocio del anticuario, donde todo fue siempre demasiado caro, los más rotundos sillones coloniales, los espejos de azogue deslucido, y te los lleves sin pedir permiso. Ningún empleado del correo protestará porque te has puesto a abrir las cartas –a veces de amor– dirigidas a otros, o a usar los telegramas para hacer avioncitos que terminan por amontonarse en el mismo rincón. Ningún camarero te impedirá descorchar todas las botellas de los vinos añejos, y probar apenas un sorbo de cada una, sentado a la terraza frente al mar. Inútilmente esperando que la mujer más hermosa de la ciudad, que una mujer, que alguien, baje a sentarse contigo, y te acompañe después al teatro donde nadie te exigirá la entrada ni tratará de imponerte buenas maneras cuando te arrellanes en el palco presidencial frente al escenario vacío. Ese es el lado malo, ya te habrás dado cuenta, de ser el único sobreviviente.
Rosalba Campra
3.203 – Fémur
A mi abuelo lo operaron. Le sacaron la cabeza del fémur, que se había roto, y le pusieron un clavo de platino. La cabeza del fémur se la quedó mi papá, de recuerdo. Anduvo dando vueltas por la casa hasta que mi mamá la tiró porque tenía mal olor. Cuando mi abuelo se muera yo quiero el clavo de platino.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
3.202 – Pandora
La caja es de madera de pino sin barnizar, como un ataúd en el muro de los lamentos. Es ahí donde habito. Me he acostumbrado a las rendijas por donde entra luz, a las astillas que me recuerdan que estoy viva, al silencio de la noche y a la algarabía del día. Hasta ahora, nadie ha tratado de forzar la cerradura de la caja, es tan inofensivo su rectangular deseo. A veces, alguien la levanta, pero teme males y desgracias, y la deja en el suelo como una piedra o una carta rota en varios pedazos. Ya no me molestan los viajes de la caja. Soy errante y callo. Me llevan en manos especialistas, y luego de un rato concluyen: no hay bomba. Vuelvo al bosque o a un tarro de basura. El mundo olvida rápido; pasará poco tiempo y la caja no estará en sus sueños, ni siquiera en los míos.
Lilian Elphick
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015
3.201 – Historia de una carta
Durante mucho tiempo, diez, quince años, envió siempre la misma carta al mismo destinatario, y siempre también, invariablemente, le era devuelta al cabo de unos días. Entonces abría el sobre, releía de nuevo la carta, y se disponía a reducir un poco más el texto, suprimiendo hoy, por ejemplo, casi media línea; luego, ya con las palabras bien tachadas, escribía en un sobre nuevo la misma dirección, y lo mandaba al mismo destinatario. Algunos decían que era una carta de amor. No lo sabemos. Pero lo único cierto es que el texto de la carta, con el paso del tiempo, se fue reduciendo cada vez más, hasta que sólo le quedaron seis palabras, que, éstas sí, al fin llegaron un día a su destino. Y decían las seis palabras: «Sí, fui yo quien lo hizo».
Alberto Tugues
Antología del microrelato español.Ed. Cátedra. 2012
3.200 – Ojo con la automedicación
Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto que estos ataques de bondad estén relacionados con las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).
En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Que hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando.
Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
3.199 – Telaraña
La araña era tan perfeccionista que mataba a sus víctimas no tanto por apetito, como por atentar contra su obra: “Hijos de puta”.
