El poeta de moda murió y levantaron una estatua. Al pie grabaron uno de los epigramas que le valieron la inmortalidad y que ahora provoca la indiferencia o la risa, como la chistera, el corbatín y la barba de chivo del pobre busto. El Infierno no es de fuego ni de hielo, sino de bronce imperecedero.
3.274 – Especies migratorias
La señorita Ramírez nació en Tijuana. Tiene cerca de setenta años, pero sigue siendo señorita porque nunca se casó. Enseña unos dientes oscuros cuando afirma que ya no lo hará jamás: los hombres que ha conocido en su vida han sido demasiado aburridos o demasiado cobardes.
Se mueve con discreción por los pasillos con poca luz. Sabe espiar por el ojo de las cerraduras. Tiene buen oído y, lo más importante, un coche que conduce su amigo, el sargento Job, que se detiene con suavidad cerca de la primera chica que atrae la atención de la señorita, y habla por ella: «Sube». Y la chica obedece mientras la señorita repite que no quiere que nadie insulte a sus muchachas. «No se está muy bien ahí fuera», dice.
Por las tardes pasean en grupos por la carretera. Ella avanza más deprisa, sin querer ver el brillo que los faros de los coches producen en los ojos rasgados de sus chicas. Algunas se cogen de la mano y se aprietan los dedos con fuerza. Esa es solo una de las pruebas que la señorita Ramírez impone antes de seguir. Si quieren largarse, ese es el momento.
Pero no se van. Tras un buen baño y tres palabras de consuelo, todas cambian. Unas horas en la casa y ya parecen cándidas maestras de escuela. Y si alguien, alguna vez, pregunta que por qué solo chicas orientales, la señorita sonríe con sus oscuros dientes, y dice: «¿No lo sabe? En China no quieren niñas».
Pilar Adón
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
3.273 – La última versión
En plena noche, se levantó y fue al cuarto de baño. Ahí estaba cuando dos ladrones acuchillaron a su mujer y a su hijo pequeño. Él había sentido el cuchicheo y los pasos de los asaltantes, también supo por los movimientos sordos que hubo una lucha con su mujer, quien debió de despertarse un momento antes de que la mataran. Él buscó entre los utensilios del baño algo que le sirviera de arma; no lo halló. Se quedó de pie tras la puerta, quieto, contenido. Los hombres se tomaron un tiempo para registrar algunos cajones, encontraron joyas, no muchas, dinero, hasta que se dieron por satisfechos. Se marcharon pronto.
El hombre barajó y sostuvo versiones diferentes —digamos, catorce— de estos hechos. Antes de añadir una nueva muerte a la narración.
Javier Sáez de Ibarra
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
3.272 – El hombre doble
Yo lo había conocido al piano, una tarde grata, de cerca, en la penumbra gris y dulce del crepúsculo de primavera, en su salón. Me había parecido dulce, bueno, sencillo, vibrante el corazón de la música de su piano, entre sus hijos, su mujer y sus flores.
Luego, el otro día, en su despacho, de lejos, entrando yo por la puerta distante del banco grande, me pareció que lo había equivocado con otro. Estaba más enjuto, más oscuro, recortado, sequiduro entre ropas y hules, y unos ojillos de pimienta, que en nada se parecían a los azules del día antes, me miraban, acercándose, como con desagrado.
Llegando a un punto de la estancia, como en esos cambios de los árboles cuando nos acercamos a ellos, como si hubiera un escamoteo teatral, el hombre de hoy, el del escritorio, se transformaba otra vez, en el hombre de ayer, el del piano, y la sonrisa grande y blanda sucedía al mirar pequeño, duro y desagradable.
Debió notar mi confusión, y le dije lo que era: «Al pronto no lo había conocido a usted. Me parecía usted otro».
Juan Ramón Jimenez
Antología del microrelato español.Ed. Cátedra. 2012
3.271 – La vuelta del otro
Resucitó el otro. Aquel perdido por el abortivo fulminante; aquel que la dejó a ella amarilla como la cera y a él pálido como el asesino y con la boca más sumida que nunca.
Resucitó ahora, cuando ya en el matrimonio era más entretenido tener un hijo, y habían pensado que eso les uniría en la desunión terrible que reinaba entre ellos. Aunque recordaban vagamente aquel niño ya casi con vida que mataron, tan hermoso, con esa alegría en el rostro de los hijos del amor libre, se notaba enseguida que éste tenía las mismas facciones.
Era el otro que volvía. Volvió a vengarse de que le hubiesen matado y por lo pronto lloraba a todas horas.
Tenían miedo. ¿Cómo les miraría cuando les pudiese reconocer?…
Ramón Gómez de la Serna
Antología del microrelato español.Ed. Cátedra. 2012
3.270 – El perdón
Cuando la muchacha habló de matrimonio, no quisieron escucharla. Opinaban sus padres que «aquello» era una locura. «¿Qué diría la gente?». A la muchacha no le importaba nada la opinión de la gente. Tampoco le importaba vivir como los gitanos, de ciudad en ciudad, porque su marido actuaba en las plazas de toros. Se querían y eso, a su entender, era suficiente. No lo entendieron así sus padres y un día ella desapareció para siempre. Años más tarde, en el lecho de muerte, el padre los perdonó. El matrimonio acudió junto al moribundo. La hija besó con emoción la frente de su padre y luego aupó a su marido —un famoso torero-enano, figura destacada de un espectáculo cómico-taurino— para que hiciera lo propio…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.269 – Lo que más odio…
3.268 – Eres…
3.267 – Herencia
Antes de ponerse el pendiente frotó el metal que rodeaba el zafiro con un bastoncito impregnado en líquido para limpiar plata. Cientos de estratos de tiempo levantaron el vuelo dejando la superficie luminosa y desnuda. Se acercó, curiosa, y la joya le devolvió el rostro adolescente de su abuela probándose el pendiente ante un espejo.
Paz Monserrat Revillo
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
3.266 – La inspiración
Hay que imaginarse el escenario: los días todos iguales del Polo Sur, una atardecida eterna que arropa de desvaído azul un universo frío, plano y desamueblado. En el espacio que nos interesa recortar tal vez se puedan suponer, además de la superficie helada y blanca, tres o cuatro pingüinos a lo lejos, si acaso en un ángulo a la izquierda los deshilachados amagos amarillos de una aurora boreal. Poco más. Y frío, un frío abstracto y desacostumbrado para los termómetros.
Pero en el centro de la escena está el iglú, como una redonda y rotunda provocación. Y en su interior, la historia: despaciosos sucederes presididos por el calor. Los padres se aman desnuditos bajo las blanquísimas pieles de oso, la abuela come a lentos puñados de un pescado blanco salpicado de rojo intenso en las agallas y el hijo entretiene su mirada en el alegre bailoteo de las llamas en el fuego del hogar. Esa contemplación ensimismada le ocupa todas las horas; hay poco colegio por esas latitudes. No se trata de perder el tiempo, aunque lo parezca, como no se pierde el tiempo si se observa toda una tarde el vaivén del mar golpeando en la costa o el resto de la noche el cuerpo desnudo de la mujer que hemos amado. Los ojos del niño han subido y bajado al compás de las llamas durante horas y horas, y ahora tiene como dos brasas las pupilas. Afuera todo lo más quedará un solitario pingüino rezagado, el paisaje aún más plano bajo el peso de difíciles constelaciones. Es entonces cuando el niño casi lo susurra: «Bueno…, y yo ahora me pregunto…: ¿qué es un rincón?».

