3.328 – Viaje sin retorno

   Un señor con barba gris se ha sentado a mi lado. Es el único que no lleva corbata y maletín en este tren de alta velocidad. No sé por qué, me da por imaginar que es un científico que ha inventado el radiocontrol de voluntades ajenas. O un adivino que está leyendo mis pensamientos. O peor aún: un asesino cuyas víctimas son jóvenes incautas que viajan solas como yo. Mi corazón se acelera y cojo el bolso para cambiarme de asiento. «¿Adónde vas, hija?», me frena agarrándome de la mano. «Ya verás qué bien estarás en la clínica junto al mar». Y sus ojos se llenan de lágrimas. Viejo idiota. En la próxima parada saltaré al andén.

Beatriz Alonso Aranzábal

3.327 – Me he puesto a gritar…

 Me he puesto a gritar en mitad de la calle. Algún transeúnte, después de alarmarse, puso cara de sorpresa y siguió caminando. La rutina urbana de las doce del mediodía continúa inalterable: el barrendero barre, el perro mea, el coche acelera, el policía patrulla… A nadie le importa que a mí no me importe nadie; en eso debe consistir la indiferencia que se cuela por los subterráneos y se pega a la suela de nuestros zapatos con la insistencia de un chicle mascado. Tengo que irme antes de que alguien considere mi protesta un desorden público, tan subversivo como el mal aliento, como el sabor a nicotina o como bostezar en un concierto. Si mañana otro hace lo mismo que yo, si yo mañana hago lo mismo que otro, si unos cuantos gritamos y al menos dimite el gobierno que se apropió indebidamente de la castidad de un lirio, habrá comenzado una revolución insignificante, las únicas que merecen triunfar.

Mario Pérez Antolín
La más cruel de las certezas. Ed. Baile del Sol, 2013

3.326 – Inolvidable huésped

    La mujer hermosa llega, sin saberlo, hasta un hotel plagado de monstruos. El lugar se ve muy diferente al sitio acogedor que mostraban las borrosas fotografías del folleto. Sospecha que sucede algo raro cuando nota que el único ser viviente que le da la bienvenida es un gato tuerto que la observa desde un viejo sofá orejero. Mientras espera ser atendida, recorre la recepción con su mirada. Piensa que la decoración es absurda, que los azulejos de un muro no combinan con los de la pared contigua, que son extraños esos murales de palmeras y ríos que cubren las columnas, y que, en cambio, son geniales esos cuadros con imágenes de montaña incrustados casi a martillazos en las paredes. En el aire, percibe un olor desconocido, una mezcla entre humo de chimenea y moqueta húmeda.
Siente miedo, pero piensa que ya es demasiado tarde para marcharse, que a esa hora sería difícil conseguir otro hospedaje. Además, la estadía fue pagada con anticipación, y no está dispuesta a perder su dinero.
Entonces, vuelve a tocar la campanilla del mostrador. Pero nadie aparece. Los monstruos se han escondido detrás del mobiliario o las cortinas, a excepción de algunos pocos que gozan del don de la invisibilidad (y tienen la ventaja de poder acercarse). La observan en absoluto silencio, absortos ante la belleza de esa mujer tan delicada e interesante. Temen asustarla y que decida abandonar el lugar repentinamente. Por eso, le ruegan al brujo anciano que esgrima uno de sus trucos para hacerlos parecer seres humanos normales y corrientes, al menos por esa noche. El viejo los satisface.
Cuando los hombres hacen su entrada en la recepción, ella sonríe y se tranquiliza. Su estadía transcurrirá sin sobresaltos y la joven regresará a su casa a la mañana siguiente. En poco tiempo, ella habrá olvidado aquel sitio tan peculiar. En cambio, los monstruos sufrirán por su partida eternamente. Y jamás podrán volver a dormir.

Martín Gardella

3.323 – Desbocados

   Una sobre otra, las bocas se confunden: abrazan los bordes, los rebosan, derriban el horizonte encendido de sus líneas. Rompen olas sobre las playas de la lengua, se sumergen entre la sed y el océano profundo que las bebe. Los labios encarnan, uno en el otro, prueban la mezcla de sal y de secretos, ríen, acarician la piel adormecida: se desprenden.
Lentamente vuelven a ser boca.

Mónica Sánchez Escuer

3.322 – Inversamente proporcional

  Un señor utiliza sus energías en coleccionar objetos. Otro decide eliminar los que tiene. Cuando no le quedan objetos materiales, comienza a eliminar movimientos, ideas, recuerdos, sentimientos, que considera innecesarios. Llega a una inamovilidad completa. El coleccionista los recoge para colocarlos en un gran armario entre sus otros objetos.

Alexandro Jodorowsky

3.321 – El indudable dramatismo de la lluvia

    En los entierros de la ficción siempre llueve. Llueve en los callejones sórdidos, donde los borrachos dirimen sus diferencias a botellazos. Llueve indefectiblemente tras las violaciones, mientras la víctima alcanza con dificultad el portal de su casa y se encoge llorosa en el segundo peldaño de la escalera. Llueve cuando los personajes se entristecen y miran por las ventanas de sus áticos, añorando algo o a alguien. Cuando no reciben la ansiada llamada, cuando la distancia se hace insalvable. Llueve, por supuesto, en el abrazo doliente de una madre a su hijo, cuando carga con su cuerpo pequeño por el centro exacto de la calle, y llueve sin remisión en el momento definitivo de la muerte.
Si los meteorólogos lo advirtieran, quizá basarían sus predicciones en el ánimo de las personas. Laura ha sido abandonada por su novio y duda si interrumpir el embarazo de su tercer hijo, por lo que se aproxima un frente nuboso a última hora de la tarde. A Martín le han echado hoy del trabajo. Mezcla Tanqueray con cerveza en la barra de un bar de mala muerte (¿acaso la hay de algún otro tipo?), mientras selecciona escrupulosamente las palabras con las que se lo contará a su mujer, de modo que las precipitaciones alcanzarán hoy los seiscientos metros cúbicos en su calle. Manuel está a punto de averiguar que su madre, a la que creía haber perdido cuando sólo era un niño, está recluida en una institución psiquiátrica de la que no podrá salir jamás, por lo que Protección Civil recomienda a la población que no salga de su domicilio ante el riesgo de que la intensidad de las lluvias desborde ríos y pantanos.
Llueve sobre los diagnósticos desfavorables, sobre las despedidas, sobre los abandonos y los descubrimientos trágicos. Llueve sobre las estaciones y los cementerios, sobre las ausencias transitorias y las definitivas. Llueve sobre rupturas y reconciliaciones, sobre la soledad y el miedo; llueve sobre el dolor de las madres, que es tres veces dolor. Llueve, digámoslo ya, por no llorar.
Llueve también ahora que termino estas líneas, y me pregunto qué inevitable tragedia estará a punto de sobrevenir.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

3.320 – Búffalo Bill

    Le llamaban todos «Búffalo Bill«, por su vestimenta y por su manera de comportarse. Cogió su revólver y disparó al exterior subido a lo alto del muro que circunda el sanatorio psiquiátrico y que da a un huerto. «Un búfalo menos», dijo enfundando el revólver, y soplando antes para dispersar el humo producido. Fuera, en el exterior, un campesino quedó tendido en el suelo, mientras una mujer lanzaba gritos desgarradores arrodillada a su vera. «Búffalo Bill» contempló el espectáculo y no se inmutó. Minutos más tarde se retiraba. De esta manera no pudo observar cómo el campesino y la mujer se ponían en pie. La pareja estaba ya acostumbrada a estas «actuaciones de Búffalo Bill». Pertenecían al personal del sanatorio y cobraban un plus que la familia del enajenado pagaba religiosamente.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.319 – A la primera provocación

    El inconsciente surge a la primera provocación ¿y qué puede hacer una? Sino rabiar de celos disimuladamente y admitir que sus celos son irracionales y no pronunciar reproche, censurando cualquier gesticulación delatante, y frustrarse porque comprende que no merece el desquite,  puesto que el inconsciente ajeno es ajeno pues, incapaz de sutilezas ni consideraciones al amor propio que no sea el propio. Y entonces desviar su ira hacia el objeto/sujeto de sus celos, y concentrarse mucho para que sufra de combustión espontánea o tropiece dentro de un nido de hormigas carnívoras, y en caso de que fallare la concentración, preguntarse ¿qué clase de mecanismo fisiológico de autoconservación son los celos? ¿qué hubieran hecho mis abuelas ancestrales en este caso? Y lamentar que una carezca de caverna y mazo; y envidiar a las mujeres de arrabal que han preservado su derecho a desgreñar, rasguñar y maldecir; y recordar que una es muy decente y reprimir los instintos hasta que le duela a una la barriga o hasta que la plática de alguien le distraiga; e inhalar profundo y exhalar y girar los hombros y relajar el cuello, y hacerle una bromita ingenua al que mostró sin querer sus deseos ocultos «jajaja ya mostraste tus deseos ocultos jajaja qué risa», y pensar para una misma «pero ya vendrá el turno de que surja mi inconsciente a la primera provocación y reza porque no esté sujetando una plancha o la sartén».

Yunuén Rodríguez
http://yunrodriguez.blogspot.com.es/