3.348 – Caja negra

    Fragmento de la última conversación mantenida entre Miriam F. y Carlos M., registrado en la caja negra de su relación, hallada entre los fragmentos humeantes aún de su convivencia.
Necesito un poco de aire. Dejar de vernos, unos días sólo. No puedo respirar, entro en casa y tengo que abrir las ventanas porque siento que me ahogo… (Ininteligible) No es que ya no te quiera, yo te quiero. Te quiero, pero a lo mejor no de la forma que tú necesitas. (Ruidos, palabras inconexas) Si tú no me dices lo que te pasa cómo quieres que yo lo sepa. Qué soy yo. ¿Adivina? (Ininteligible) ¿Pero tú estás enamorado de mí? Que me quieres ya lo sé, al perro lo quieres también, yo no te estoy preguntando eso, te estoy preguntando si estás enamorado. (Ininteligible) No está funcionando el… (Ininteligible) A mí eso ya no me sirve, Carlos. No me sirve. Llevamos diez años así, diciendo el lunes cambia todo, y el lunes sigue siendo todo la misma mierda de siempre. (Se escuchan gritos y alguna observación confusa, seguida de llantos) Y qué es el amor, ¿tú lo sabes? Porque yo no lo sé. Yo no lo sé. Ni creo que tú lo sepas tampoco. (Suena un teléfono, sollozos) ¿Cuánto hace que no follamos? Digo entre nosotros. ¿Un año? (Ininteligible) Qué tiene que ver Rafa con esto. Deja a Rafa fuera, han pasado ya seis años, ¿tienes que sacarlo a Rafa a pasear cada vez que discutimos? (Llantos y gritos. Ininteligible) Hay otra persona en el radar. (Ininteligible) Qué se espera de mí, qué… (Ininteligible) Sigue. Sigue. Ahora estás hablando claro. (Ininteligible) Y qué hago yo ahora. Di. Qué coño hago yo ahora. (Gritos y llantos, seguidos de un fuerte estruendo. Silencio.)

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

3.347 – Un cuento

    Al fin se representaría la obra y le dieron el papel que deseaba; el papel de Aurelia la Loca. Era breve, pero maravilloso y ella podía sacarle todo el partido que fuera preciso. ¡Vaya que sí lo haría! Ahí estaba su oportunidad, la que tanto había soñado; una loca graciosa, simpática y romántica; le quedaba como hecho a su medida. Memorizaría su parlamento hasta el máximo, para que brotaran las palabras ágiles, sin el más leve titubeo, ni la menor vacilación. ¿Lo demás? Sonrió en su interior; sabía que lo podía hacer. ¡Y cómo lo podía hacer! Sobre todo “las dementes” le salían como a nadie, eran su punto fuerte y la admiración de sus maestros de arte dramático, hipnotizaba al espectador, llevándolo hasta donde ella quería. ¡El triunfo estaba en sus manos! ¡Realizaría sus sueños! Sentía impulsos de brincar, de gritar, de reír; pero tenía que controlarse, no era cosa de dejar traslucir sus emociones, como cualquier novata. Pero estaba radiante. Dio las buenas noches al director, sonrió a sus compañeros; la felicidad erguía su cuerpo y se le escapaba por los ojos y por los labios. Se dirigió a la puerta de salida; intentó varias veces abrirla, pero fue en vano, se encontraba cerrada con llave. Se volvió, dio algunos pasos y… sus cabellos se erizaron y con los ojos fuera de las órbitas, cayó desplomada. El cuarto estaba vacío.

Ana María Espinoza Monteverde

3.346 – Arañas y mariposas, 8

    Era muy hermosa, pero sólo le interesaban las flores. Harta de rechazar admiradores, se casó. Enviudó joven, y volvió a casarse. Cuando envejeció, casada por cuarta vez, descubrió que tenía arrugas y que ya no le molestaban los hombres. Entonces dejó de matarlos. El guano era, al fin y al cabo, mejor abono.

Espido Freire
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

3.344 – Bianchina

    Por Bianchina, tuve acceso sin tardar a ese Paraíso que todo hombre merece al menos una vez en su vida. De inmediato conocí el insomnio. Ese insomnio del que se quejan los enfermos, los viejos y los olvidados. Horas maravillosas de la noche, robadas al sueño, ese sepulturero aprovechador de claros de luna. Por Bianchina descubrí montones de cosas. Los beneficios de la impaciencia. La largura de los minutos. El perfume de una cabellera de niña tendida sobre la hierba en las horas del crepúsculo. El efecto milagroso de un nombre repetido al infinito. Bianchina, Bianchina, Bianchina… Las largas conversaciones tranquilizadoras con alguien que ya no está allí… A Bianchina le gustan los cuentos con locura. Descubrí con éxtasis que la vida es más real cuando se la cuenta que cuando se la sufre. Entonces yo contaba, contaba… Bianchina me escuchaba asombrada. Terminada mi historia, tenía que recomenzarla. Sin cambiar ni la más mínima palabra. Y el asombro de Bianchina seguía siendo el mismo. Comprendí, oscuramente todavía, que el amor que se siente hacia una mujer está en proporción directa con la cualidad de su asombro hacia nosotros. Y si la admiración mata al amor, porque viene del entendimiento, el asombro lo exacerba porque viene del alma.

Federico Fellini
(Citado por José Luis de Villalonga)

3.343 – La guerra de los sueños

    Con los ojos cerrados daba la impresión de ser un muerto en su nave infinita, pero había algo en su faz que invitaba al diálogo: «Qué haces» —me atreví a preguntarle. Y fue grande mi sorpresa cuando, con un tono afanoso en la voz, me dijo: «Estoy construyendo un sueño: el Rey soñará conmigo, y quiero que me encuentre en un sueño digno de él». Y me gustó, debo reconocerlo, la lealtad de aquel soldado.
Días más tarde lo hallé taciturno y pobre: «¿Has caído —inquirí— en desgracia con tu soberano?». «Oh, no —respondió—, el Rey fue generoso, y ambos soñamos una espada de plata, un yelmo de cristal y un halcón silencioso. Después —continuó— el Rey soñó un país sin fronteras, y yo era parte de su sueño, su mano derecha, su cólera y su venganza. Mas el enemigo de mi Señor, aquel que espía sus noches y codicia sus despojos, conocedor de todo esto, soñó también conmigo, y torció mi fortuna. Hoy, el Rey exige validos insomnes y guerreros desvelados, y ahora mis visiones son parte del exilio, un desierto que empieza en la noche y no sabe de amaneceres».

Rafael Pérez Estrada
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

3.342 – Una tragedia

    PLANTEAMIENTO
Antes de firmar el contrato de alquiler, el propietario informó a Sancho de que en el piso vivía un fantasma.
—Es un poco travieso, pero no es malo —aclaró, para tranquilizarlo.
Sancho estampó su firma riendo para sus adentros, sin entender cómo un señor tan serio podía creer en esas tonterías.
NUDO
Dejó de reír al poco de instalarse, cuando empezaron a ocurrir cosas raras. Las luces tenían voluntad propia. Los objetos cambiaban de sitio en cuanto uno se daba la vuelta. Las puertas se abrían y se cerraban sin que nadie las tocara. Y para colmo, una mañana al despertarse Sancho vio horrorizado cómo sus zapatillas salían andando solas de la habitación. Incapaz de soportar la situación por más tiempo, decidió cambiarse de casa.
Esa misma noche, en la cama, le sucedió algo asombroso. Sintió que se pegaba a su piel una piel invisible, más suave y más fragante que la de sus amores más memorables. Dulcemente asaltado por aquel cuerpo de éter, envuelto en sus caricias sin carne, se abandonó a unos espasmos eléctricos, abismales, mucho más intensos que cualquier placer que hubiera experimentado hasta entonces. Así descubrió dos cosas: que el fantasma era mujer y que ya no quería mudarse.
DESENLACE
Han pasado cinco años. Cinco años de una felicidad perfecta, que recientemente el propietario ha puesto en peligro con un anuncio fatídico: el contrato de alquiler vence en un mes y no piensa renovarlo.
—Quiero dejarle el piso a mi hijo, que ya tiene edad para independizarse —ha dicho, sin presentir el verdadero peso de sus palabras.
Sancho lleva tres semanas siguiendo al hijo del propietario. Sabe a qué hora sale de casa por la mañana, qué ruta sigue, dónde trabaja.
Sabe también que por las tardes se desvía un poco de su camino para pasar por el parque del Retiro, a esas horas ya casi desierto y sumido en la penumbra.

Rubén Abella
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

3.341 – El truco

   «… Y efectivamente, le cortaré la cabeza, señoras y señores».
El prestidigitador hizo una reverencia y el público estalló en carcajadas.
Salió un niño a la arena. Posiblemente el más feo, el peor vestido, el más desamparado de todos los niños que asistían a la función del circo.
El prestidigitador enseñaba la dentadura alrededor de la pista y el niño sostenía una sonrisa casi inmóvil, moviendo la cabeza, levemente inclinada. El prestidigitador le cogió por los cabellos, con la mano izquierda y con la derecha alzó un cuchillo.
—¡Qué horror!
La exclamación solitaria era enérgica y sincera, pero las carcajadas la borraron sin transición.
—Señoras y señores, esto es sumamente sencillo. Ustedes creerán ver lo que no vean…, mi habilidad es mucha, no en balde mi abuelo era verdugo, mi padre…, los tambores… maestros.
Comenzó el redoble, el prestidigitador dio un tajo y la cabeza del niño rodó por el suelo. La recogió en una espuerta y con la otra mano arrastró el cuerpo hacia el interior.
El público se sintió horrorizado durante unos instantes, pero después estalló en una ovación y en una salva de aplausos, mientras unos peones cubrían de arena el reguero de sangre que salía del cuello cercenado.

Antonio Fernández Molina
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

3.340 – Sabiduría

    Aquél fue el día más importante de mi vida. Tenía tres años. Estuve perdido durante cinco horas que fueron como cinco siglos.
Cuando me encontraron era un niño feliz que conocía todos los secretos del mundo, de sus hablas y de sus gentes.
Nunca pude recordar el destino de mis pasos inocentes en aquel tiempo extraviado.
Ahora que soy viejo tan sólo reconozco algo parecido al aleteo de un pájaro con el que volaba en la orfandad de un desierto brillante.
Pero hace mucho que los sueños me sustituyen la memoria.

Luis Mateo Díez
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012