Me senté en el umbral de mi puerta a esperar que pasara el cadáver de mi enemigo. Pasó y me dijo «hasta mañana». Con tal de no darme paz, sigue penando entre los vivos.
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3.468 – El secreto
Era una jovencita aún y todos elogiaban su encanto, su inocencia, sus grandes bucles sobre los hombros cuando, por las tardes, cantaba ante el piano que tocaba la madre, emocionada al oír su voz.
Transcurría así la vida tranquila en aquella casa pero cierto día apareció un desconocido y se quedó a vivir allí. Era alto y hermoso, bueno e inteligente y la muchacha desde un principio le admiró. A veces él le apretaba la mano y su mirada ahondaba misteriosamente en sus ojos azules. Desde que él había llegado todo se hacía más claro, más noble, sumía a la mente en cierta intranquilidad pero también en una inefable tibieza al corazón. Volaban los días, pasó un año y llegó el último instante: él se fue y ella conoció el tiempo de la tristeza y del sufrimiento, pero no quiso preguntar a nadie si volvería.
Un día, inesperadamente el huésped regresó y se acercó a sus labios y murmuró: «No temas, querida, soy invisible para los demás» y las bocas se unieron con pasión. Desde entonces estuvo cerca de ella: le veía en el fondo de una habitación, en el corredor, al pie de una escalera, la seguía por la calle, se sentía abrazada con fuerza y ella se entregaba a su abrazo. La más extraña felicidad la acompañaba a todas horas: en el jardín, junto al piano, notaba que sus manos la acariciaban; de noche, despertaba y le encontraba a su lado, desabrochándole, despacio, los botones del camisón.
Todos decían que su mirar velado y los colores de sus mejillas arreboladas podían ser de fiebre pero ella pensaba que nadie habría de saber la vehemencia con que se entregaban al amor.
Juan Eduardo Zúñiga
3.467 – La presa
Al principio siempre se lo toman a broma, y cuando ven que va en serio, ya no pueden hacer nada. Mi madre los trata muy bien y, mientras beben, les habla con mucho cariño. Nosotros, debajo de la mesa, no aguantamos la risa cuando se empiezan a quedar como tontos. Y les pellizcamos las piernas al ver que ya no pueden moverlas. Me gustan esos días, son divertidos. Me chiflan sus caras cuando despiertan, y quemar la ropa. Pero, sobre todo, que mamá nos guarde a los más pequeños las orejas, y que las fría mucho para que crujan.
Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014
3.466 – El bebé del éter
Presenteme en Belén, se teme el penetre que el mequetrefe emprende desde el este:
-¡Defenderé el bebé! -espeté enfervorecida.
De repente en este frente emerge el célebre Xerxes, ese pelele repelente, que me desteje:
-Resérvese, enhebre el eje. Serénese. Entrégueme el bebé, enteréme del event en el pesebre. Celebre.
-Deje de pretender -expresé-. Veré. Enséñeme el pene, ese que pende del pendex.*
Xerxes teme que pese, teme que enrede, emprende:
-Sé decente, tente de frente, ten fe. Ten sed. Neguéme: pretende que esté pepe, ¡qué nene!
-Espere -reflejele-, entérese que el ser endeble en ceguese el deber.
-¡El deber en el retrete! ¡Entrégueme el bebé! Espere que se entere Meneses…
-Meneses repéleme. Péguele, envenénele, deféquele, cercénele. El que se mete en el frente del bebé debe ser esplendente.
* Exigencia para detectar al invasor, dado que ningún cristiano de entonces estaba circuncidado.
Luisa Valenzuela
3.465 – Carta al enólogo
He probado el muy estructurado, el afrutado, el que tiene cuerpo; me he saciado con la frescura y la elegancia, con la redondez y el carácter; me he regodeado con la boca y con lo aterciopelado. Estoy completamente borracha y quiero seguir probando. Dígame usted: ¿existirá el que me cuadre o el problema está en mi paladar?
Mónica Lavín
3.464 – Justicia en Santa Reparata
3.463 – Canónicos I
Aquel tímido intercambio de miradas sobre sus cuerpos desnudos, fue incorporando abundantes besos, después caricias, hasta convertirse en una pasión desenfrenada que liberaban de manera casi salvaje, varias veces por día. Lograron así olvidarse de la manzana prohibida, que permaneció intacta en el Árbol del Conocimiento. Dicen que, de igual manera, Dios los expulsó del Paraíso. Pero ellos ni se dieron cuenta.
Martín Gardella
3.462 – La pena
El hombre tiene una pena grande, domesticada como un animal, maciza. Es torpe, el pelo le tapa los ojos, y apenas puede mirar hacia adelante. En las noches de invierno se sienta con el hombre junto al fuego. Él la protege, la alienta, no la deja morir porque la pena se le confunde con su vida misma.
Por las mañanas le abre la puerta hacia el mundo y ella corre por calles implacables, de cara al viento, extremada y oscura en un deseo que no sabe su objeto.
María Rosa Lojo
El límite de la palabra. Ed. Menoscuarto – 2007
3.461 – Receta
El prestigioso médico dijo que no había nada que hacer por su padre. Ella estuvo un largo momento presa de la desesperación. Luego fue a ver a su amigo el farmacéutico. Juntos eligieron las pastillas: rosas para el amanecer, azules para la hora del crepúsculo.
El padre experimentó una extraordinaria mejoría. Y estableció con su hija una delicada trama entre el amanecer y el crepúsculo hasta su última hora, que no tardó en llegar.
Nélida Cañas
El límite de la palabra. Ed. Menoscuarto – 2007
3.460 – Habla Aldonza
Señora mía Dulcinea, os digo que no. Jamás, ni siquiera en sueños, osaría ocupar el lugar de Su Señoría. El lugar reservado para la egregia dama del Toboso por el caballero a quien llaman Don Quijote. Una pobre aldeana ¿se atrevería a competir con dama tan encumbrada? Lo que el caballero dice es cosa de sueños, imaginaciones de un seso trastornado por lo que llaman poesía. Mi mundo, señora, es mucho más humilde; bien sé que las damas y caballeros lo desprecian. En este mundo mío me tocó entretener a mi vecino, el hidalgo Alonso Quijano, quien en las noches solía allegarse a mi lecho para hacer conmigo su voluntad, como los hombres suelen. De esos amores —si amores fueron— nació mi niño, a quien trato de criar en el amor de su madre y el temor de Dios. ¿Advierte vuesa merced cuán diferentes son nuestras circunstancias? Yo nada sé de mundos de caballerías. He sido la barragana de un hidalgo; nunca fui la figura espléndida de un sueño. Ahora don Alonso usa otro nombre, el nombre que a sus imaginaciones conviene. Quién sabe si no me desea todavía, en sus noches célibes y desaforadas, cuando el alba le quita los deseos de soñar.

