3.484 – El pelado
Por fin ha nacido la criatura. Ese ser de menos de tres kilos la tiraniza. No comprende su afán de fruncir la cara morada para destaparse la nariz. La maneja con el llanto, el sueño cambiado y los cólicos intestinales. El odio y el miedo, sus dos grandes compañeros, la invaden, la marean. Creía que, expulsándolo, mermarían la angustia y el peso entre las piernas. Cambió por el ardor del tajo recosido, los entuertos y la casi muerte, con las piernas colgadas como cristos. Y ahora él, ahí, para siempre, metido en su intimidad y a su merced. Demasiado. Los dos, atados al mundo por casualidad y expulsados por el ogro del palacio. Solos de toda soledad. Con ese desamor cuando se miran. Le pasa un dedo por el cráneo lampiño, aún abierto.
Cristina Elda Nieto
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010
3.483 – La solidaridad está de moda
Aunque trabajan a pocos metros nunca han cruzado palabra. Un mundo las separa. Pilar, dueña de una boutique, siempre viste de marca y cualquiera de sus complementos conlleva un nombre con muchos ceros. En el caso de María, hablar de trabajo parece ofensivo. Ataviada con vestido azul, pañuelo rojo, y deportivas, mendiga ayuda.
Desde que el lunes Pilar reparó en María vive mortificada. Ayer, intentando calmar su conciencia se acercó, le entregó una bolsa y, sin intercambiar palabra, se marchó. Hoy cada vez que Pilar ve a María con su nuevo pañuelo azul sonríe orgullosa. ¡Ahora sí va conjuntada!
Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ediciones de Baile del Sol. 2016
3.482 – Eructando
Alguien dijo que todos estamos de antemano condenados a muerte y que la vida no es más que una espera del momento ignorado de la ejecución. Todas las noches duermo ojo avizor, porque he visto muchas películas y sé cómo suceden estas cosas… por lo menos en América. De repente se abre la puerta de la celda y aparecen los guardias, un capellán, el director de la cárcel… Te ofrecen antes un buen menú, y yo lo tengo ya pensado. Agua mineral sin gas, desde luego. No me veo eructando en la cabina de cristal, ante los ojos de los curiosos, mientras me colocan esos aparatos para la descarga eléctrica; o esperando a que salga el gas…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.481 – Los espejos
Estaba soñando que la perseguían, como cada noche de esa semana y, como cada vez, se dio cuenta de que era una pesadilla. Así que repitió el método que la había regresado tantas veces al alivio de la vigilia: mirarse en un espejo y pronunciar su nombre. Despertó pero no reconoció las sábanas ni las paredes, ni al hombre que dormía a su lado. Algo había salido mal, había que volver a dormir; regresar y abrir otra puerta. Después de encontrar otro espejo y repetir las letras de su nombre, y otro espejo, y otro, y otro más, y de despertar siempre en una cama que no era la suya, entre paredes y unos brazos jóvenes y musculosos, se resignó a vagar entre los inextricables muros del sueño.
Katalina Ramírez
3.480 – Ajustando cuentas
A mi marido me lo trajo una tormenta. Y no es un decir, me lo entregó envuelto en lluvia. Estaba de romería con mis amigas, las pocas que quedamos, cuando empezó a caer un chaparrón de los que empapan el ánimo. Salimos corriendo mientras nos tapábamos con las sillas plegables. Y al pasar por el abrevadero viejo lo vi allí tirado. Hice como si no lo hubiera visto, seguí mi camino con ellas. Cuando llegamos a casa, esperé prudentemente a que cada una llegara a la suya. Me puse la gabardina y salí a buscarlo. Estaba empapadito. No hablaba. Me lo llevé a casa, lo bañé, le di de comer, y hasta hoy. Lo llamo Paco, y él a mí, vida mía. No sabe de dónde viene, y ni falta que me hace. A ellas les he dicho que lo conocí en el Carrefour de la capital y que se quedó prendado de mí. Yo no sé si me creen, pero tampoco me importa. Que se alegran, me dicen. Ya, les digo yo. Ahora a la romería voy de su brazo. Y si llueve, nos quedamos en casa, recuperando lo que la vida me debe.
Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014
3.479 – Despertares
3.478 – Ella leía (a)morosamente
3.477 – La verdad
Se despertó de madrugada y permaneció encogido entre las sábanas, sin decidirse a poner la radio por miedo a despertar a su mujer. Finalmente, los nervios le empujaron a la de la cocina, donde sintonizó un programa de noticias por el que se enteró de que un tornado había causado grandes destrozos en Miami. No se dijo que él estuviera implicado, pero tampoco lo contrario, así que regresó a la cama algo nervioso y concilió un sueño breve, lleno de grumos, antes de que sonara el despertador. Durante el desayuno, su mujer le preguntó si volvía a dolerle la espalda o tenía alguna preocupación. El negó con la cabeza mientras escuchaba la primera tertulia de la mañana por si salía su nombre a relucir.
Ya en la oficina, leyó atentamente el periódico disimulado entre las piernas, sin verse citado en ningún sitio. No obstante, a las once fue al cuarto de baño y con el móvil que le habían regalado el día del Padre telefoneó a la secretaria de Gómez de Liaño para preguntar si el juez estaba interesado en interrogarle. Le dijeron que no. «¿Puedo salir de España entonces?», insistió al tiempo que cortaban bruscamente la comunicación al otro lado. Regresó al despacho con gesto huidizo y confesó a su compañero de mesa que tenía miedo de que su nombre figurara entre los 200 expedientes de la supuesta amnistía fiscal. «Pero ¿cuánto dinero ganas?» «No sé, entre mi mujer y yo no llega a tres millones y medio al año.» Su compañero le mandó a la mierda y eso fue todo.
Por la tarde, al volver a casa, preguntó si había llegado alguna modificación del juzgado de guardia o si alguien les había amenazado por teléfono, pero no, todo estaba en orden. Antes de acostarse, mientras se cepillaba los dientes, se contempló en el espejo enfrentándose al fin a la verdad. «Dios mío -se dijo-, no soy nadie.»
Juan José Millás
Más por menos. Antología de microrelatos hispánicos actuales. Sial ediciones-2011
3.476 – La señal convenida
Al caer la noche, el comando especial de asalto desciende de las montañas hasta el valle, con objeto de atacar por sorpresa una posición enemiga. Fuertemente pertrechados, los soldados se abren paso en la espesura, precedidos a cierta distancia por el cabo Birdy, un experto en imitar el sonido de las aves, encargado de establecer una posición avanzada de vigía. Después de comprobar que hay vía libre para el ataque, el cabo Birdy cierra las manos en torno a su boca, tensa los labios y emite el gemido profundo y lastimero de la hembra de búho en celo. Es la señal convenida. Pero entonces, desde lo alto de una rama, un búho macho, atraído por el llanto de la hembra, responde al reclamo sexual con vigoroso entusiasmo. El cabo Birdy se queda perplejo y los soldados detienen su avance, confusos ante la duplicidad de mensajes cuyo significado global les genera un mar de dudas. Pasan las horas, poco a poco transcurre la madrugada. El manto oscuro de la noche va cambiando de color, a medida que aparecen por doquier las primeras gotas de rocío. Al alba, que llega envuelta en brumas, los miembros del comando, tiernamente agazapados en la hierba, aún esperan instrucciones. Mientras el búho y el cabo Birdy no acaban nunca de hablar de sus cosas.




