El árbol que hay a la entrada de casa no para de soplar sus hojas al viento. El muy tonto. Si sigue así no tardará en quedarse sin nada con lo que cubrirse.
Si yo fuese él, me enroscaría en mí mismo convirtiéndome en una caracola. Para conseguirlo, uno tiene que plegar las piernas, meter la cabeza entre ellas y abrazarse muy fuerte durante unos segundos. En el cole hacemos la caracola de vez en cuando y a todos nos resulta la mar de fácil, por lo que no entiendo cómo el árbol no sabe hacerla. Parece que esté tonto.
Aquí, dentro de casa, apenas siento el frío que a través del cristal noto que hace afuera. Seguro que el árbol lo está pasando fatal.
Aquí lo que hay es mucho ruido porque mamá lleva toda la tarde en un llanto. Empezó a llorar hace más o menos una hora, cuando papá le alzó la mano y le gritó que era una puta, y desde entonces no ha parado. Luego, entre gritos, papá le ha dado un empujón y la ha tirado al suelo, con lo que mamá se ha puesto a llorar aún con más fuerza. Y así sigue.
El ruido es tan insoportable, que papá ha tenido que irse de casa dando un portazo y renegando entre lágrimas. Entonces ha sido cuando yo me he venido corriendo a la ventana a ver dónde iba papá y, al pegar la nariz al frío cristal, he visto cómo el árbol le soplaba sus hojas al viento.
Voy a fijarme detenidamente a ver si lo veo tiritar, al muy tonto.
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1.998 – Primer amor
Había en mi barrio una chica manca a la que sus padres habían regalado un brazo de madera con el que solía jugar como si fuera una muñeca. Le daba de comer y luego lo ponía a dormir sobre una especie de cuna alargada y estrecha en la que la mano hacía las veces de cabeza. Se trataba sin duda de un juego algo macabro al que nos llegamos a acostumbrar, sin embargo, con una naturalidad sorprendente. Pasado el tiempo, todos contribuíamos al cuidado de aquel miembro y a veces gozábamos del privilegio de que la manca nos lo prestara un día o dos. Cuando me tocaba a mí, lo metía en casa a escondidas y dormía abrazado a él: aquella chica me gustaba muchísimo y tuve mis primeras experiencias sexuales con su brazo, más cariñoso que los de carne y hueso que amé después.
(Por si el lector no lo ha advertido, estoy hablando de un barrio muy pobre, en el que ni siquiera había bicicletas. Teníamos, en cambio, varios cojos que nos prestaban sus muletas para hacer los recados.)
Con el tiempo me hice novio de aquella chica y un día, sin haber llegado a pedir su mano, logré que me regalara su brazo. Mi madre, quizá por celos, no se llevaba bien con él y tenía que esconderlo debajo de la cama. Pero por la noche lo rescataba y dormíamos juntos, yo acariciado por su mano torpemente articulada y él protegido por mi cuerpo. Más tarde le puse una manga de seda, muy excitante, que logré coserle con grapas al muñón. Excuso decir que mi interés por la manca decrecía a medida que me enamoraba de su brazo. Finalmente rompimos y ella me exigió que le devolviera las cartas y todos sus regalos, incluida la extremidad. No me pude negar, pues era la costumbre, y desde entonces, aunque he tenido aventuras con otras prótesis, con ninguna he sido tan feliz. El primer amor es el primer amor.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
1.991 – La última carta
Antes de subir al cadalso, le preguntaron al desgraciado si deseaba escribir algún mensaje, alguna carta. Contestó afirmativamente y le trajeron a su celda papel, pluma y tintero. Se sentó en el taburete, apoyó los brazos en la tosca mesa y, pluma en ristre, quedó mirando fijamente a un punto determinado de una de las mugrientas paredes de la celda. Los guardianes, impacientes, carraspearon… El condenado, absorto, no parecía estar muy inspirado. Mordisqueaba la pluma… De repente, empezó a escribir algo, pero pronto lo dejó. «Lo siento», dijo al alzarse del taburete, a manera de excusa por haberles hecho perder el tiempo. Sin mediar palabra, el grupo compuesto por el condenado, los guardianes y el capellán iniciaron la marcha, por el largo corredor, hacia el patíbulo que se alzaba en el patio central. Un carcelero se quedó junto a la celda y no pudo reprimir su curiosidad. Echó un vistazo a las líneas escritas por el reo. «Muy señor mío: En contestación a su atta. del…». Y nada más. Dedujo que el reo no había podido recordar la fecha.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
1.984 – Cajitas
Construyo cajitas de madera para enterrar los sueños rotos. Todos aquellos que quieren olvidar definitivamente lo que pudo haber sido y no fue, contratan mis servicios, me presento entonces en el lugar que me citan con una de mis cajitas, son todas iguales,de madera de pino sin pintar, sus medidas también son siempre las mismas 7 x 7 centímetros, me gusta el número siete, todo el mundo lo asocia con la sabiduría.
Una vez en el lugar de enterramiento, coloco la cajita abierta en el suelo y mi cliente relata en voz alta el sueño roto que quiere enterrar, para que éste pueda introducirse por entero en la cajita, luego le pongo la tapa, lo sello con siete clavos y la entierro. A partir de este momento mis clientes se sienten más aliviados, más ligeros sin el lastre del pesado recuerdo, hasta el punto que una vez un señor de Valladolid tras el rito de enterramiento echó a volar como un feliz pajarillo hacia su casa.
Julia Otxoa
Retrato de familia con fantasma. Ed. Menoscuarto,2013
1.977 – Apocalipsis
El informativo del mediodía arrancó con la noticia del fin del mundo. Tras la sintonía de cabecera y los créditos de rigor, la presentadora anunció que la apertura del último de los siete sellos del Libro, a cargo del cordero elegido para dicha misión, había provocado en el cielo un silencio como de media hora, durante el cual fueron entregadas a los siete ángeles sus correspondientes trompetas, que auguraban el desastre total. En un despliegue de medios a la altura de las circunstancias, que incluyó conexiones en directo con diversos puntos del planeta, el fatídico suceso fue objeto de un seguimiento descomunal, sin precedentes, que batió todos los récords de audiencia registrados hasta entonces, y en el que no faltaron los llamamientos a la calma por parte de las autoridades, ni las valoraciones de renombrados especialistas en el tema. Hubo incluso ocasión de pulsar la opinión de los ciudadanos, merced a improvisadas entrevistas con gente de la calle. Tan amplia fue la cobertura dispensada a la catástrofe, que el informativo del mediodía (el último, a todos los efectos) tuvo un marcado carácter monográfico.
Pedro Herrero
http://www.humormio.blogspot.com.es/2014/04/apocalipsis.html
1.970 – El niño grande
La risa un poco ronca y una barba que siempre pincha. Su madre solo le deja salir las tardes de tormenta, cuando el riachuelo espontáneo que se forma en la calle le permite flotar sus barquitos de papel. -¡Mirad! –increpa a la cuadrilla que regresa del trabajo-. Hoy sí que va deprisa el mío, os voy a ganar… ¡Os voy a ganar! Lo que él no comprende es que aquéllos, sus amigos de siempre, hace más de treinta años que ya no juegan a los barcos.
Montaña Campón Pérez
Cadena SER – Relatos en cadena – Ganador 21/06/2012
http://www.escueladeescritores.com/relatos-en-cadena-2012
http://entretiensld.blogspot.com.es/2013/08/montana-campon-espagne.html
1.963 – Carencia: f. Falta o privación de algo
Un edificio a medio construir, un puzle inacabado, la manga vacía de la gabardina de un manco, el torso de Belvedere. Ese extraño embelesamiento. O aquella necesidad de buscar siempre alguien inseparable: en el colegio, en el instituto, en la universidad. Y después Valeria y la manera desesperada de entrar en ella. Apenas un sucedáneo. La condición de hijo único, pensabas. Pero un día, inesperadamente, aparece la foto de colores desvaídos, con el año de tu nacimiento en el reverso. La foto de tres, tal vez tomada por tu padre. La foto en que tu madre, con una expresión que no le recuerdas, posa, feliz, con dos bebés en el regazo. Dos bebés iguales, exactamente iguales.
Iván Teruel
Un jurado formado por las escritoras Ana María Shua y Gemma Pellicer, y por el profesor y crítico literario Enrique Turpin ha decidido otorgarle el premio anual que concede la Microbiblioteca de Barberà del Vallès (Barcelona) a Iván Teruel.
1.956 – Al español…
1.949 – Música de jauría
Todo el tiempo aullidos.
Aullidos de amantes destronados. Aullidos de tenores desesperados por querer que los sordos oigan y aplaudan. Aullidos del viento en las hendijas de paredes de cartón. Aullidos del que increpa al sol porque no es cierto que él alumbre para todos. Aullidos de los perros que perdieron el regazo del último baldío. Aullidos del odio en el amor y del amor en el odio. Aullidos cuando el cielo se desploma en forma de bomba. Aullidos del que soñó con la muerte y al despertar e ir al espejo, el espejo no lo vio. Aullidos de ambulancias aun en esas perfumadas noches de primavera. Aullidos del microcuentista que se extravió en los laberintos de la poesía. Aullidos del martillazo en el dedo y del aceite en el fuego. Aullidos de Dios en el octavo día. Aullidos de por no saber dónde estamos, ni qué fuimos a buscar tan lejos, ni por qué volvemos siempre al lugar de la ausencia. Aullidos del hambre que está solo y sin mesa. Aullidos de lujuria de los trenes nocturnos que se desvían de los rieles y persiguen a las vacas solitarias.
Todo el tiempo aullidos.
¿Cómo desoír entonces la música de la época?
En cuanto a mí, ya estoy aprendiendo a gruñir.
Eugenio Mandrini
Las otras criaturas (Menoscuarto, 2013)
1.942 – La cultura del terror/1
La Sociedad Antropológica de París los clasificaba como a insectos: el color de la piel de los indios huitotos correspondía a los números 29 y 30 de su escala cromática.
La Peruvian Amazon Company los cazaba como a fieras: los indios huitotos eran la mano de obra esclava que daba caucho al mercado mundial. Cuando los indios huían de las plantaciones y la empresa los atrapaba, los envolvía en una bandera del Perú empapada en querosén y los quemaba vivos.
Michael Taussig ha estudiado la cultura del terror que la civilización capitalista aplicaba en la selva amazónica a principios del siglo veinte. La tortura no era un método para arrancar información, sino una ceremonia de confirmación del poder. En un largo y solemne ritual, a los indios rebeldes les cortaban la lengua y después los torturaban para obligarlos a hablar.
