1.479 – El falso Maestro

alonso-Ibarrola2 Dirigióse el falso Maestro, seguido de algunos incautos discípulos, al pueblo más próximo. Una vez en la panadería, el falso Maestro pidió una barrita de pan… » ¡ Paga!», ordenó perentorio al discípulo más próximo a él. Este pagó sin rechistar. Una vez en la calle, una turba comenzó a seguirles. «¡Maestro!» –exclamó con voz triunfante un paralítico de aspecto andrajoso y desnutrido—. » iUna palabra, una sola palabra y..!». El falso Maestro no pronunció palabra alguna y apartó hacia un lado al inoportuno. La turba se sintió defraudada y empezó a lanzar piedras y guijarros al falso Maestro y sus discípulos, que con las túnicas levantadas hasta las rodillas corrieron cuesta abajo, alejándose del pueblo… Jadeantes y sedientos llegaron hasta un pozo donde una campesina de sano aspecto y atractivo rostro llenaba su cántaro de agua fresca… «¡Dame de beber!» –exclamó el falso Maestro–. Como quiera que la campesina se resistiera, el falso Maestro le arrebató el cántaro por la fuerza al mismo tiempo que ordenaba: «¡Ultrajadla, violadla!». Una vez cumplida su misión, el falso Maestro y los discípulos llegaron a orillas de un lago. Propinaron una tremenda paliza a un pescador que se negó a prestarles su embarcación y montaron en ella. Una vez mar adentro se desató una terrible tormenta. «¡Maestro, sálvanos, que perecemos!», gritaron los discípulos ante las encrespadas olas, los vaivenes y bandazos de la embarcación… «iY quién os ha dicho que yo sea el Maestro?», gritó el individuo con voz de trueno. Minutos más tarde zozobró la embarcación y perecieron todos sus ocupantes ahogados. Uno de los discípulos tuvo fuerzas, ánimo y valor, antes de ahogarse, para exclamar: «¡Ánimo, Maestro, unos pasitos…!».

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

1.478 – La tatarabuela Felicia

Armando José Sequera La tatarabuela Felicia fue la mujer más mujer de la familia.
Era muy inteligente y bella según los cuentos del tío Ramón Enrique y un retrato que cuelga en la sala.
Un día, en medio de una de las tantas guerras y revoluciones que hubo en el país en los últimos años del siglo XIX, unos soldados pasaron por la casa de la familia y, como los hombres no quisieron incorporarse a su ejército, decidieron matarlos.
Antes de hacerlo, los soldados les dijeron a las mujeres de la casa que podían irse con lo que llevaran encima, que con ellas no se meterían.
Por idea de la tatarabuela Felicia, cada mujer salió cargando a su marido, a su hermano, a su padre o a su hijo y entonces los soldados se quitaron las gorras, se rascaron las cabezas y se fueron para siempre con las caras rojas y los corazones chiquiticos.

Armando José Sequera
La otra mirada.Antología del microrelato hispánico. Ed. Menoscuarto.2005

1.476 – Numérico

federico fuertes guzman5 Dan las 17 horas en el reloj y corro hacia casa a 14 kilómetros por hora. Llego al portal, subo los 5 tramos de 11 escalones y abro las 4 cerraduras de la puerta. 36 losetas rojas y 2 habitaciones separan el vestíbulo de la cocina, iluminada con una bombilla de 220 voltios. Mi mujer está inclinada con la cara apoyada en la encimera mientras un señor, de pie y pegado a su trasero, le introduce en el cuerpo un apéndice de unos 25 centímetros. Ella dice que quiere + y + y que siga así hasta el 8.
Mi corazón palpita a 120 pulsaciones por minuto, pero sé lo que tengo que hacer. Saco mi pistola y divido las 6 balas del cargador entre las 2 cabezas. 3 para cada una.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. E.D.A. libros,2008

1.475 – El que corre tras el río

rafael perez estr22 Vi a un muchacho que corría a la orilla de un río. Corría siguiendo la dirección de las aguas, y tropezaba frecuentemente con los chopos.
– Adónde vas- me atreví a preguntarle viéndole tan angustiado.
Y él, con voz entrecortada por el llanto, me respondió:
– En busca de mi reflejo, que se lo lleva el río

Rafael Pérez Estrada

1.472 – Abismo

metronomo Ese tic tac que escuchamos hace rato al otro lado de la pared nos resulta ahora especialmente molesto. En otra época nos reíamos, comentábamos su ritmo, sus variaciones, y muchas veces lo emulamos como metrónomo de nuestra propia cadencia. Está claro que los dos lo oímos, callados en la oscuridad, esperando incómodos a que termine y, sin hacer ningún comentario, nos giramos cada uno hacia nuestro lado abriendo un abismo de colchón vacío.

Juan José Quintas Feijoo
Relatos en cadena. Cadena SER . Santillana Ediciones Generales, S.L. 2010

1.471 – Lejanías

jose-maria-merino2 No hay demasiada gente y puedo ver con claridad a la mujer desde el mismo momento en que entra en el vagón. Hay algo raro en sus ropas y en su actitud. Cubre su cabeza con una pañoleta oscura, las puntas atadas en la nuca, y los hombros con una toquilla parda. Salvo por los zapatos deportivos, parecería una campesina de otra época. De uno de sus hombros cuelga una especie de zurrón, y lleva en una mano un vaso de plástico, mientras enarbola en la otra un objeto que no puedo distinguir todavía.
Con voz aguda, trémula, y con aire de súplica, la mujer inicia una larga parrafada, en que sólo se entienden dos palabras, una que se parece a «señores» y otra que habla de alguna parte de la Europa del sur oriental. Algunos pasajeros buscan monedas en los bolsillos y las depositan en el vaso de la mujer. Cuando está más cerca puedo ver que el objeto que presenta es la fotografía de un grupito de personas.
Entonces percibo un movimiento en la mujer que va sentada a mi lado, y me encojo con gesto instintivo, imaginando que ha movido sus brazos para buscar en su bolso alguna limosna con destino a la exótica pedigüeña. Mi vecina lleva un bolso de lona viejo y viste un abrigo bastante raído.
Sin embargo su gesto no indicaba ninguna búsqueda en su bolso, sino un movimiento del cuerpo, el de ponerse en pie. Lo hace, y casi al mismo tiempo empieza a dar voces rabiosas, en un idioma también desconocido, dirigidas a la mujer que viene por el pasillo con su vaso de plástico y su fotografía. La otra se queda quieta, atónita, pero enseguida responde a las imprecaciones de mi vecina con gritos destemplados. Separadas por un pequeño espacio, ambas mujeres se gritan, se recriminan, tal vez se insultan, en esa lengua extranjera, incomprensible.
El metro se ha detenido en una estación y, como si la parada marcase la culminación de una crisis, las mujeres se callan, se miran, y de repente echan ambas a llorar, una frente a la otra, con largos gemidos la mendiga, con hondos sollozos mi vecina, mientras el resto de los pasajeros, sin comprender nada, sentimos pasar a nuestro lado el ángel de la desolación.

José María Merino

1.470 – El ilusionista

ramon g de la serna En el despacho de la Dirección del Circo se presentó una tarde un hombre flacucho, con tipo de cesante y de gato disecado.
El director le preguntó que qué hacía. Él dijo que era ilusionista, y que hacía desaparecer los objetos y las personas.
El gordo director, que jugaba con la moneda de un dije, como si con ella en la mano estuviese pensando una jugada sobre el tapete verde, le dijo riendo:
-¿A que no me hace usted desaparecer a mí?
El ilusionista se desabotonó los puños de la americana y de la camisa, sacó el lápiz largo que era su varita mágica y dando un golpecito en la calva al director le hizo desaparecer. Después se quedó pensativo y resolvió no volverle a hacer aparecer.
Desde entonces es el director del circo el ilusionista.

Ramón Gómez de la Serna
La otra mirada.Antología del microrelato hispánico. Ed. Menoscuarto.2005