3.554 – El despistado (dos)

  La ciudad, con esa lividez de los lugares sombríos y helados, refleja el color gris oscuro del cielo. El frío se remansa en este hotel donde predomina el mármol. Atardecía, salí a dar un paseo por esas calles desconocidas, y tuve los encuentros que tanto me han conmovido. Primero, el hombre de pelo y bigote blancos, con gabardina de corte arcaico, que ascendía por la rampa de un garaje. Era igual que el pobre Efrén, podía ser el mismo Efrén, estuve a punto de exclamar ¡Efrén!, si no hubiese acompañado su sepelio hace apenas un mes. Luego, junto a un parque, la figura de una vieja sentada, inmóvil, hizo que me estremeciese otra vez, pues en su actitud, en la manera de cruzar sus manos, ofrecía la estampa de mi tía Lola, y cuando estuve junto a ella su rostro me presentó la imagen exacta de la fallecida. Este segundo encuentro me desazonó mucho, pero todavía debía cruzarme con un hombre calvo, de grandes gafas, pajarita, andares lentos, que me devolvió la figura y el rostro del difunto Melquíades. Regresé a este hotel decorado con austeridad que parece inhumana. No he querido cenar y escribo estas notas en mi diario mientras la oscuridad iguala ya cielo y tierra y las luces de los edificios tienen un aire mortecino, a la medida de mi melancolía.

José Mariá Merino
Más por menos. Sial Ediciones.2011

3.553 – La componente trágica de la música radica muchas veces en su periferia

  Los pentagramas de Scriabin producen siempre en los primeros compases una densa expectación cargada de presagios, que, con el desarrollo ulterior de la obra, puede llegar a convertirse en zozobra.
Esta ansiedad previa suele dar lugar a dos tipos de desazón. Una es anal: buena parte del público se mueve y restriega en sus asientos. La otra es oral: las bocas se secan, bullen las lenguas, y los labios se mueven en succionante añoranza del pecho materno.
Para calmar esta última hay quienes utilizan el conocido recurso del caramelo. Había ese día allí una de esas personas, y ya iba por el tercero. Abrió el bolso, clic; rebuscó en su interior, crost graffatat zruasst. Al fin encontró el paquete de caramelos; extrajo uno, creeffst climfliss, y comenzó a desenvolverlo pausadamente, carrassffufsitss errelestffrashh…
A su lado, un espectador desistió de apantallarse las orejas con las manos tratando de seguir la música; no había manera de oír más que el despliegue del papel de celofán del caramelo. Miró hacia el asiento de su vecina con intenso odio.
Se trataba de una enflaquecida señora entrada en años. Él, sin embargo, era un simple obrero, de aquellos que han oído que la cultura es revolucionaria en sí misma y se afanan en pos de ella, malgastando tiempo y dinero para, finalmente, no enterarse prácticamente de casi nada.
La señora ni entendía ni atendía. Había oído que la cultura daba un cierto prestigio y hacía tiempo que iba por allí dos veces por semana a aburrirse resignadamente.
Él reparó en las joyas de ella. Su marido las habría adquirido —sin lugar a dudas— tras la aviesa acumulación de plusvalías absolutas y puede que incluso de relativas. Erraba en su análisis; las joyas eran pura quincalla, y la señora una modesta funcionaria que trataba de imitar a las señoras de su barrio, que imitan a las de los barrios residenciales, que, a su vez, imitan a las marquesas. Si él, como se ve, confundía análisis con olfato, éste no le engañaba: pese a lo patético de sus hechuras se trataba de una señora de acendrado reaccionarismo.
El odio inicial era un sentimiento cálido comparado con el frío de la mirada subsiguiente, la temible mirada que antecede al crimen inexorable. Nadie que haya recibido una mirada así ha podido luego contar cómo es exactamente.
Pasó el brazo por el respaldo del asiento de la pobre mujer, cuya cabeza apenas sobresalía. Sus tremendos dedos de enérgico obrero pinzaron el cuello en un único apretón. La cabeza de ella quedó abatida sobre el pecho, en posición nada desusada: es mucha la gente que se duerme en los conciertos.

Alberto Escudero
Más por menos. Sial Ediciones.2011

3.557 – Final feliz

  Inventé la mujer perfecta y me enamoré perdidamente de ella. También en la obra le concebí un romance de final feliz con el protagonista, un hombre pelirrojo y carismático que la hacía reír como loca. Ebrio de celos, antes de entregar el borrador a mi editor, en una noche reescribí el final en que ella, muerta de hastío, lo envenena y regresa conmigo.
El drama de mi novela póstuma estriba en que antes de salir a la luz pública, morí misteriosamente envenenado. Ahora mi viuda cobra las regalías que gasta a raudales con su instructor de aerobics, un joven pelirrojo y divertido.

Daniel Sandoval Barba

3.551 – Cerezas

 Le pide un cartucho de cerezas, granates como besos. Y ella, con la visión de la fruta acurrucada en la cárcel de sus dedos grandes, oye por dentro claramente un clic. Un cortocircuito que le hace parpadear seguido, y abrir de nuevo el abanico. Algo más, señora, le dice él. Y a ella, que quisiera decirle qué más querría, solo le sale por la boca, un par de limones y la cuenta.
En la penumbra fresca del hostal, imagina que son ahora dos puñados de cerezas sus pechos, apresados entre esas manos morenas; que es cautiva, ella entera, de los brazos y piernas del frutero. Y el techo se le cubre de frutos encarnados que maduran, que revientan a un tiempo, que la inundan sin prisa con su jugo. Rojo que le va y le vuelve de dentro a fuera.
Cuando llega el fin del soliloquio de sus dedos, con los mismos abre la ventana. Él está enfrente, ante la puerta de su tienda, mirándola, jugando en su boca con lo que, está segura, es un hueso de cereza.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

3.550 – El despistado (uno)

 El avión ha aterrizado, han parado los motores, ya se apagó la señal que obligaba a usar el cinturón. Sin embargo, nadie se levanta. No comprendo cómo los demás no tienen ganas de abandonar este sitio después de haber experimentado el horroroso vuelo, los ruidos extraños, la explosión, el humo espeso, el terrible zarandeo. Me levanto yo, abro el maletero, saco mi cartera, mi abrigo. Acabo de descubrir que todos me están mirando. De repente me señalan y se echan a reír con una carcajada extraña, una carcajada que parece llena de dolor, y aquí estoy yo con la cartera en una mano y el abrigo en la otra, sin enterarme de lo que sucede.

José Mariá Merino
Más por menos. Sial Ediciones.2011

3.547 – De condenados y penas. 1

 La amistad entre el recluso y el gendarme creció como una yerba silvestre, sin que ninguno hiciera el menor esfuerzo por estimularla. Se hizo grande abriéndose paso entre la hosquedad y el maltrato y sobrevivió a los temporales de odio incontenible que muchas veces los empujaban al uno contra el otro. Los remansos de paz y las conversaciones entrecortadas estimularon una relación casi infantil, animada por bromas y el tallado de troncos que cortaban del bosque de la prisión, e inventaron algunos juegos de azar y llegaron a intercambiar recuerdos de viejas añoranzas y de amores muertos. Pero el recluso nunca dijo una sola palabra de las razones por las cuales él estaba ahí, en esa cárcel llena de mosquitos y cercada por ríos de peces carnívoros y alambres de púas. Tan sólo el gendarme llegó a contarle varias veces que por caer en desgracia frente a un jefe abusivo me mandaron a hacer servicio en este lugar. Y sentían que aquel afecto les traía un poco de alivio a esa vida de aislamiento y de miseria. Hasta que el recluso le dijo al gendarme: si no te lo he dicho antes, te lo digo ahora, y no me preguntes nada ni creas que estoy loco, pero si eres mi amigo te pido que me dispares los tiros que se te antojen, con tal de que te asegures de que me he quedado bien muerto. Y lo animó incluso a que simularan una fuga, para que así te sea más fácil. Pero el gendarme se negó sin alternativa alguna, y entonces el recluso le acusó de cobarde, de verdugo frustrado, de hijo de puta y le escupió la cara, y el gendarme le respondió con un culatazo de su fusil, y la amistad entre los dos hombres se partió como de un hachazo, y les brotó para siempre un rencor imborrable, borrascoso, denso como el calor sofocante de esa maldita estancia.

Jorge Díaz Herrera
Más por menos. Sial Ediciones.2011

3.546 – [1]

  Me interesa mucho la botánica. Puede decirse que soy un autodidacta: tengo el cuarto lleno de hojas de diferentes formas y colores, de distinta dentición y ramificaciones. Las hojas son tantas que ya han comenzado a trepar las paredes, lamiéndoles la cal. Hermosas hojas lanceoladas que apuntan hacia el suelo, hojas escotadas, partidas; hojas aciculares, como agujas de cristal. Si camino el suelo cruje, por las que han caído y están secas. Todos los días rompo algunas, pero esto no constituye un problema: por las calles se encuentran millones, antes que los autos las destrocen o que los estudiantes las utilicen como proyectiles contra los soldados. El otro día presencié un combate entre los estudiantes y los soldados. Después un policía me llevó a prestar declaración: quería que testimoniara cómo una hoja de plátano lanzada por un joven fue a darle en la cara a un cabo y al rozarle un ojo, lagrimeó un poco. El joven fue reprimido violentamente por los demás soldados, quienes lo echaron sobre el suelo y lo rociaron con gasolina. Después de mojado, cada soldado se acercaba a echar un fósforo. Ardió durante unos minutos. Después se hizo cenizas. De todos modos el cabo tenía el ojo rojo, por lo cual el juez estaba muy preocupado. «A alguien hay que castigar por esto» —decía—. «Esto no puede quedar impune. ¿Qué dirá su señoría, el presidente, si no castigo a nadie?» Yo me negué a declarar, pretextando resfrío: conozco varios testigos que después de declarar han sido encarcelados, ante la ausencia del culpable. Nadie se anima a dejar una ofensa a la autoridad impune. Lo único que lamento es que uno de estos días tendré que desprenderme de mi colección de hojas. Así me lo aconsejó un abogado amigo mío, entendido en la materia. Desde que los estudiantes han adquirido la peligrosísima costumbre de enfrentar a los soldados con hojas caídas de los árboles, éstas han pasado a ser consideradas por el gobierno como armas ofensivas contra la seguridad del estado. Aunque mi conducta es irreprochable, mejor me deshago de ellas: todos los días hay allanamientos y no quisiera imaginar mi destino si las encuentran en mi cuarto. Ya no se puede estar seguro en ningún lado.

Cristina Peri Rossi
Más por menos. Sial Ediciones.2011