Solo en el cuarto de estar, Plácido escucha Habla con Norma, un consultorio radiofónico para atribulados insomnes. A través de las ondas, una mujer al borde del llanto se duele de la infeliz relación que mantiene con su esposo.
-Hace mucho que he dejado de quererlo -dice-. Estoy decidida. En cuanto cuelgue el teléfono, lo abandono.
Plácido piensa con satisfacción en lo bien que les va a él y a Dolores. No hablan mucho, las cosas como son, pero nunca discuten y hacen el amor casi a diario.
Bosteza. Mira el reloj. Apaga la radio. Se levanta del sillón y va hacia el dormitorio. Encuentra a Dolores sentada en el borde de la cama, llorando, con el teléfono aún en la mano.
Etiqueta: Miércoles
2.290 – Iras de Polifemo
Una vez desembarcado en el país de los cíclopes con un cargamento de tinajas con vino para comerciar, Ulises comenzó a detectar posibles compradores. El más prometedor de sus prospectos era el viejo Polifemo, emparentado con el magnate naviero Poseidón (rumoreaban que era su hijo natural).
Polifemo era un borrachín insaciable, bien provisto de oro y piedras preciosas ganadas gracias a su instinto como agente de la Bolsa. Se dio maña el sagaz Ulises para llegar a su mesa, por cierto generosa en manjares, y llevarle como presente una tinaja de vino añejado.
Ebrio hasta los tuétanos, para vanagloriarse, el ingenuo Polifemo le enseñó su depósito de riquezas. La codicia enloqueció al hombre de Ítaca. De vuelta a la mesa, ofrendó otra tinaja a su anfitrión.
Tras una hora, el gigantesco cíclope resoplaba, profundamente dormido en su sitial, sosteniendo en precario equilibrio una copa medio llena con el eficaz brebaje. No vaciló Ulises en vaciar el único ojo del cíclope y huir con su tesoro sin escuchar sus maldiciones.
Después, lejos de aquellas tierras, y como acostumbran los héroes mitológicos, ideó una inverosímil superchería acerca de caníbales criminales, historia que fue recogida por un escritor oportunista y transformada en persistente éxito de ventas.
Diego Muñoz Valenzuela
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015
2.283 – Lo inevitable
Alguien ha empezado a tirar del hilo. Lo sabía. En cuanto alguien viera la hebra se empeñaría en cortarla de raíz, como si fuera imprescindible hacerlo. Ahí está. Así funcionan. Si alguien ve una puerta de armario abierta, la cierra, aunque ni le estorbe. Si tiene unas copas de cristal a mano, las choca para oírlas, y ya. Si le regalan flores, las huele sin pensar hacerlo. Así es. Es algo reflejo, genético y muy humano. Lo mismo, cuando encuentran a un hombre colgado de una viga, gritan como si les fuera la vida en ello. Luego, si se fijan, acaban arrancando esa hilacha de su pantalón.
Miguelángel Flores
Relatos en cadena. Cadena SER. Finalista junio 2014
2.276 – Despertares
Todos a una. Enfrente de la pared mojada.
A ver quién más alto, a ver cuál más largo. Juntos y revueltos.
Las patadas al balón: con mucha enjundia.
Después, sudando a mares y, con el cuerpo chorreando,a comprarse un helado. En pandilla.
El tendero que les persigue porque alguno no ha pagado.
Dejan en el camino risas o la voz varonil de uno que ya ha cambiado el timbre.
Se acercan las chicas. La cuadrilla se gira a explorar escotes profundos y cinturas entalladas.
Él, entre los demás se sabe distinto y aunque disimula, solo tiene ojos para ellos.
Mei Morán
http://meimoran.blogspot.com.es/2014/02/despertares.html
2.269 – Naturaleza de la nube
Para el asceta jansenista Milton Worner, las nubes están ahí esperando el día del juicio terrible. Ellas, liberadas entonces de su servidumbre por el Reino de la Palabra, servirán de soporte a la ascensión de los justos y condenarán los azules de un cielo ya inútil al silencio final.
Al parecer, el poeta italiano Paulo Strozzi, en su juventud, hacía durar el tiempo del amor tanto como tardaba una nube amiga en cruzar el marco visual de su ventana.
En el Museo de lo Milagroso y lo Curioso de Évora, se exhibe, junto a la momia apergaminada y lisa de un infante de Lancaster, un tarro de vidrio que guarda prisionera la rareza de una nube diminuta. Advierte el conservador del Museo que esta pequeña nube llueve desconsoladamente todas las primaveras.
Rafael Pérez Estrada
2.262 – Elecciones insólitas
No está convencido.
No está para nada convencido.
Le han dado a entender que puede elegir entre una banana, un tratado de Gabriel Marcel, tres pares de calcetines de nilón, una cafetera garantida, una rubia de costumbres elásticas, o la jubilación antes de la edad reglamentaria, pero sin embargo no está convencido.
Su reticencia provoca el insomnio de algunos funcionarios, de un cura y de la policía local.
Como no está convencido, han empezado a pensar si no habría que tomar medidas para expulsarlo del país.
Se lo han dado a entender, sin violencia, amablemente.
Entonces ha dicho: «En ese caso, elijo la banana». Desconfían de él, es natural.
Hubiera sido mucho más tranquilizador que eligiese la cafetera, o por lo menos la rubia.
No deja de ser extraño que haya preferido la banana. Se tiene la intención de estudiar nuevamente el caso.
Julio Cortazar
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005
2.255 – Olvido
Lo terrible sucede una mañana de éstas. Usted sale de su casa y olvida la cara en el espejo. Anda todo el día sin saberlo. Es decir, que nadie se lo dice. Nadie le reprocha tanta lisura, esa página neutra en lugar del rostro.
En realidad, usted piensa que nadie lo mira ni lo ha mirado nunca, preocupados como están los demás por sus propias arrugas. Pero no es así. Ellos murmuran. Y el murmullo crece como una música indeseable. En voz baja, con guiños cómplices y esquelas anónimas que cruzan la oficina, conspiran contra usted.
Tampoco sus vecinos o su mujer o sus hijos que señalan el olvido. Nadie parece advertirlo.Tampoco usted, lógicamente, que al mirarse nuevamente en el espejo, recupera su cara perdida
Orlando Van Bredam
2.248 – Fábula de artistas
Lo cierto es que el gato, con mucha paciencia, aprendió a ladrar. Ladraba con fuerza, con eficacia de perro adulto. Tanto ladró que se olvidó de sus maullidos. Entonces, las opiniones se dividieron entre quienes sostenían que se trataba de un gato falso y quienes, por el contrario, aseguraban que era un perro apócrifo. Nadie tenía en cuenta su virtuosismo, el estudiado empeño que exhibía cada vez que quería soltar un ladrido. Lo peor, sobrevino cuando los demás gatos lo tildaron de traidor, cobarde, obsecuente, cipayo, etc. El mismo rechazo obtuvo de los perros, para quienes era un vulgar imitador, un alcahuete, un arribista, un desarraigado, etc.
Con pesadumbre de artista postergado y vagando sin sentido, el gato llegó un día hasta mi casa. Poco nos bastó para comprendernos. Y decidimos vivir juntos, aunque ustedes no lo crean. Le conté mi drama: nadie quiere saber nada con un perro fino, delicado, que sólo emite maullidos de gato.
Orlando van Bredam
La vida te cambia los planes, 1994
2.241 – El duelo
La noticia de que los dos pistoleros ciegos se habían desafiado a muerte vació de gente las calles de la ciudad. No había un alma a la vista, ni siquiera detrás de las ventanas. Pero si hubiera sido necesario, muchos habrían pagado entrada por ver de cerca lo que -sin lugar a dudas- tendría más de espectáculo circense que de mero ajuste de cuentas. Tal era la curiosidad que aquel duelo singular despertaba en todo el mundo. Porque, aunque nadie lo admitiera públicamente (por respeto), la posibilidad de que el enfrentamiento acabara con un solo disparo era más bien remota. De ahí su atractivo.
Pedro Herrero
http://http://www.humormio.blogspot.com.es/2015/01/el-duelo.html
2.234 – En la siesta
Eva juguetea con una uva, capaz de rodar por la oreja y el cuello y el ombligo y la cadera y… chasss, reventarla en el cuerpo, restregando su líquido hasta hacer una nueva piel dulce y pegajosa para que alguien pueda lamerla. O bien, seguir paseando la uva, que baje la pendiente rodando, círculos guiados por la palma de la mano hasta llegar abajo. Ojalá los hombres fueran así, pequeños y dulces, manejables, jugosos…
Eva prosigue su viaje con la uva hasta la cueva de su cuerpo, siente el efecto, relaja las piernas. ¿A quién podrían tentar con una manzana?
Eva piensa en Adán y recoge la uva para llevarla a la boca, entre los dientes nota su resistencia hasta que consigue reventarla. Mastica despacio y, al tragarse la pulpa informe en que se ha convertido, percibe un rumor que le susurra cambios en el paraíso.

