En 1939, Hitler invadió Polonia porque Polonia iba a invadir Alemania.
Mientras un millón y medio de soldados alemanes se derramaban sobre el mapa polaco, y una lluvia de bombas caía desde los aviones, Hitler exponía su doctrina de las guerras preventivas: más vale prevenir que curar, yo mato antes de que me maten.
Hitler hizo escuela. Desde entonces, todas las guerras digestivas, países que comen países, dicen ser guerras preventivas.
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2.745 – Hipótesis de Borel
Después de incontables generaciones de monos golpeando teclas al azar durante miles de años, uno de ellos consigue por fin escribir El rey Lear. Hace tanto tiempo, sin embargo, que el idioma inglés fue completamente olvidado, que los sucesores del experimento no encuentran lógica alguna en aquel mazo de papeles y lo arrojan sin vacilar a la trituradora.
Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011
2.738 – Dos de noviembre
2.731 – Maternidad *
Una noche lo vi. Amorfo, traslúcido, babeante, del tamaño de un perro. No tenía patas. Se arrastraba por las baldosas del cuarto de baño igual que una gigantesca lombriz o, mejor, como un espécimen colosal de ameba. Traté de ahuyentarlo con el palo de la fregona, pero éste se hundía en su carne fofa y transparente, sin que mis golpes parecieran hacerle el menor efecto. Madre me oyó gritar. Entró de repente con una garrafa amarilla en la mano y dijo: «Sólo los mata la lejía». Cuando lo roció con ella, el ser cambió de color y empezó a retorcerse violentamente. A duras penas logró elevar su cuerpo bamboleante hasta el borde de la taza del retrete e introducirse de nuevo por él. Madre tiró de la cadena. En ese momento, mientras recibía sus miradas de reproche, comprendí por qué siempre insistía tanto en que dejáramos la tapa del váter bajada.
Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011
* A Fernando Iwasaki
2.724 – 139
Dícese que el demonio suele adoptar la forma de un macho cabrío o de un gran perro negro. Dícese también que un fuerte olor a azufre suele preceder a su aparición. Dícese que aún en su forma humana suele gastar larga cola y pezuñas hendidas. Estas y otras especies tranquilizadoras suelen difundir los habitantes de la Tierra, mirándose los pies con gran alivio.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
2.717 – Día de la luz
Ocurrió en África, en Ifé, ciudad sagrada del reino de los yorubas, quizás un día como hoy, o quién sabe cuando.
Un viejo, ya muy enfermo, reunió a sus tres hijos y les anunció:
—Mis cosas más queridas serán de quién pueda llenar completamente esta sala.
Y esperó afuera, sentado, mientras caía la noche.
Uno de los hijos trajo toda la paja que pudo reunir, pero la sala quedó llena hasta la mitad.
Otro trajo toda la arena que pudo juntar, pero la mitad de la sala quedó vacía.
El tercer hijo encendió una vela.
Y la sala se llenó.
Eduardo Galeano
Los hijos de los días. Ed. Siglo XXI. 2012
2.710 – Pe Uve Pe
Un señor que tiene un zorro rojo sobre el labio superior compra medio kilo de carne ahumada y dos paquetes de papel higiénico. «Son dos con cuarenta» informa la hermosa cajera al pelirrojo. Una señora con contundentes anillos de carne vibrando bajo una selvática y holgada vestimenta compra tres cartones de vino rosado y una bolsa de polvos para lavar la ropa blanca. «Son dos con cuarenta» repite la cajera. Dos jóvenes enamorados suspenden sus carantoñas y depositan para el cobro seis bolsas de patatas de diferentes sabores y dos latas de refrescos sin azúcar. «Son dos con cuarenta». Un ciclista compra un cepillo de dientes. «Son dos con cuarenta». Vuelve a entrar y compra dos bicicletas y una caja de herramientas muy plateadas, exhibiendo su virginidad. «Son dos con cuarenta». Los clientes se agolpan en aquella caja. La encargada avisa al gerente a través de la megafonía. Él es el único con autorización para tocar las máquinas. Antes, escucha una última exhibición: un lápiz: «Son dos con cuarenta»; seis quesos de cabra y una caja de cerveza alemana: «Son dos con cuarenta». El gerente mete sus dedos bajo el moño de la cajera, da un golpe seco en su espalda y consigue desatascarle la voz, con lo que los precios del establecimiento vuelven a regularse según las leyes del mercado.
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes.e.d.a. libros.2008
2.403 – Mater
Érase una vez una mujer que quería tener un hijo. Pero el tiempo pasaba y no conseguía su propósito. Cuando cumplió los cuarenta, fue al bosque y buscó la mejor hechicera. Le contó su deseo y le pidió consejo. ¿Qué debo hacer? La hechicera sonrió y le dio toda la información pertinente. Cuando se marchó, la mujer parecía indignada.
Nada de lo que habían hablado tenía demasiada lógica. Sobre todo lo de los fluídos. ¿Era necesario que le vaciaran en su interior tal cantidad de líquidos viscosos? Seguro que hay otras maneras, lo mejor será pedir una segunda opinión.
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. e.d.a. libros. 2008
2.396 – Sótanos
En algún momento de nuestras vidas todos bajamos al sótano a buscar algo que abandonamos ahí hace mucho tiempo. No sabemos cuánto tiempo, y ya no importa, que para eso sirven los sótanos. Los vamos llenando (a los sótanos) de objetos que dejan de pertenecemos, que dejan de servir. Objetos que, si uno lo observa bien, fueron amados alguna vez, buscados a veces con ansias, traídos a casa tal como llega la felicidad con el domingo. Pero luego esos objetos (una mesita de noche, una bolsa de ropa, una lámpara, un collar) son reemplazados por otros objetos que a su vez serán reemplazados (mañana, pasado mañana) por otros objetos más, que serán tan amados y tan olvidados como los primeros. Pero en algún momento de nuestras vidas, así como se vuelven a recordar calles o países, bajamos al sótano a buscar algo que abandonamos ahí hace mucho tiempo. Y andamos levantando cajas amontonadas, bolsas negras, sillas o mesitas de noche, lámparas, colchones agujereados, siempre a la busca de algo que nos supone la felicidad, o que es la felicidad, pero que cada vez está más lejos (una caja y otra caja más) de nuestras manos y, llegada la noche, también, de nuestras vidas.
Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010
2.389 – La cita
El dormitorio era rojo y el aire espeso, vegetal, como de selva amazónica. Penélope dejó resbalar el quimono hasta el suelo y se tumbó de costado en la cama.
-¿No te desnudas? -preguntó en tono meloso, dando palmaditas en el colchón.
No era bellísima. Lo que sí tenía, le pareció a Damocles, era unos ojos de gata y una piel tostada que, unidos a su exuberante juventud, se bastaban y se sobraban para avivarle el deseo a cualquiera.
Damocles se quitó la chaqueta y, al ir a colgarla en la silla, se fijó en una fotografía enmarcada que había sobre la cómoda. Mostraba a Penélope riendo junto a otra mujer. Nada especial, salvo que la otra mujer era Noelia. Su hija Noelia. Cogió la fotografía y, alzando las cejas, se la enseñó a Penélope.
-Es mi amiga Sheyla. Trabaja en el club Tropical, en la carretera de La Coruña. ¿Te gusta?
-Mucho -dijo Damocles, apoyándose en la cómoda para no desplomarse, y pensó con desmayo que hay puertas en la vida que no se deben abrir jamás.


